Mario Balcázar

Cuando la calificación no importa

Estrategias para incentivar a los estudiantes para lograr mejores resultados, en lugar de limitarse a conseguir la mera aprobación.

En la universidad —sea pública o privada— hay todo tipo de maestros. Todos hemos tenido alguno con poca experiencia en su materia, algún flojo que nunca leía los largos ensayos que nos daba para redactar y algún otro que daba clase porque no era lo suficientemente bueno para ejercer. También hemos tenido maestros que se apasionaban con su materia y que incluso iban más allá del salón de clases, que lograban transmitir a sus alumnos su pasión por el diseño, y para quienes el sueldo no resultaba el factor primordial para ejercer la docencia. Todos estos maestros excelentes, buenos, regulares y malos confluyen en los mismos salones y se cruzan por los pasillos comentando una misma preocupación: ¿cómo calificar adecuadamente a los alumnos?

Muchos sistemas de enseñanza —como el de México— se basan en una escala donde a cualquier trabajo, entrega, prueba o proyecto, corresponde una calificación. Resulta un sistema lógico, porque permite medir el esfuerzo, conocimiento, dedicación, técnica y cualquier otro componente, que mantiene un status quo y un ritmo para medir el crecimiento del alumno.

Para ser totalmente sincero, siempre me ha causado un poco de incomodidad poner calificaciones. Conforme voy llenando las listas pienso en mis alumnos: quién realizó un mayor esfuerzo, otro que dio un gran brinco, el más avanzado que no entregó revisiones y siguen las confusiones: alumnos brillantes cuyos trabajos mediocres resultan mejores que otros que hicieron un gran esfuerzo por alcanzar el nivel. Mientras unos alumnos reniegan de tener que compartir el mismo título con otros no tan capaces como ellos, al enfrentarse a sus primeros trabajos muchos recién egresados dicen: «eso no me lo enseñaron en la escuela», y se quejan en los foros sobre la falta que hace una docencia ejecutiva, que te prepare para el mundo real.

¿Es posible enseñar para el mundo real adentro de las aulas?

Normalmente los maestros que ejercemos el diseño pensamos siempre en técnicas y métodos novedosos para reducir esta brecha entre el mundo académico y el profesional. El símil más frecuente es que el maestro actúe como cliente y el alumno como proveedor de un servicio de diseño, que recibirá como pago la moneda corriente institucional: una calificación. Se le exige al proveedor una vestimenta y lenguaje propios, una presentación profesional y en los más osados, proyecciones de ventas y planes financieros para la ejecución del diseño. Hay quienes, deseando llevar la experiencia al máximo, le exigen al alumno una facturación mínima durante el curso, junto con toda la carga administrativa que conlleva cómo darse de alta ante Hacienda y generar un sistema de facturación. En otros casos, se invita a profesionales del medio o colegas ajenos a la clase para fundamentar una calificación sin desviaciones de tipo personal.

Todas estas experiencias definitivamente dejan ver un poco de la realidad profesional en el ejercicio del diseño, aunque también muchas veces solemos pasar por alto algunos aspectos implícitos en los que estos dos mundos convergen, que no son explotados en su debida dimensión. Veamos algunos ejemplos:

  • Existen buenos y malos maestros, clientes buenos y malos, jefes buenos y malos. En los tres casos habrá con quienes se logre congeniar desde el primer momento, a quienes se odie, a quienes haya que ganarse buscando estrategias de acercamiento, a quienes nunca se logre darle el gusto. Con algunos será posible llevar una buena relación profesional y otros podrán ser muy injustos.
  • Quizá en la universidad un error no producirá pérdidas de dinero importantes —como cuando se envía a producción una revista para un tiraje de cien mil ejemplares—, pero no ser específico y puntual en las indicaciones al operador de la imprenta digital podría acarrear reimpresiones que representen representen para el estudiante una pérdida igual de dolorosa.
  • Una entrega fuera de tiempo puede tener como consecuencia la pérdida de un proyecto o de toda la cuenta. En el aula puede suceder lo mismo: se le puede negar al estudiante la recepción del trabajo con la respectiva calificación nula.
  • Cuando se trata de trabajar en equipo siempre puede haber un alumno que acapare, uno que prefiera seguir órdenes, otro que se lleve todo el crédito y otro que se escude en los otros para hacerse el loco y trabajar lo menos posible. Igual puede suceder en el mundo profesional.
  • En un salón hay estudiantes que se levantan tarde, desayunan y comen lo que mamá les prepara, van al gimnasio o a pasear a su perro y luego hacen la tarea para entregarla. Estos conviven con otros que tienen que trabajar duro por la mañana para pagar sus estudios, van a la escuela por las tardes y en las noches se desvelan para hacer las tareas. En un trabajo real también hay de los que, tras 8 horas de trabajo, hacen la misma rutina del gimnasio y el perro y de los que se acaban todo el sueldo en mantener a la familia, médicos o gastos de la casa.

No puede dejarse de lado algunos aspectos que hacen muy difícil lograr que esta experiencia sea comprensible para el alumno:

  • La gran mayoría de los universitarios han sido alumnos toda su vida, no tienen la película completa sobre cómo es realmente el mundo profesional. Lamentablemente cualquier emulación del mundo real sigue siendo para ellos una experiencia escolar. En tanto transcurra dentro del salón del clases, sigue siendo escuela.
  • Por lo mismo, una calificación será siempre una calificación y no un equivalente a moneda de cambio. Con la calificación no se puede hacer nada más que intercambiarla por un título, una satisfacción que llegará en algún momento pero que es imposible adelantar.
  • La presión escolar es casi siempre equiparable a la que vive un profesionista, aunque el segundo ya pasó por la escuela, y una vez allí logra ver las diferencias en una perspectiva. A quien no trabaja le será imposible compararlas.

La experiencia de un ejercicio donde la calificación no importa

Con todo esto en mente, he cambiado algunas de las maneras en las que imparto mis clases. Se trata de clases sobre diseño editorial principalmente, donde las entregas consisten en productos editoriales completos, tales como folletería, libros o revistas.

Un poco harto de recibir trabajos mediocres de alumnos que se conforman con una calificación meramente aprobatoria o suficiente para mantener el promedio, decidí cambiar la dinámica y planificar ejercicios en los que el alumno entregue un producto final de excelencia, sin errores, tal como sucede en el mundo profesional. Para lograrlo, la calificación tuvo que quedar fuera de la ecuación, de modo tal que todo dependa de la voluntad de cada estudiante.

Apliqué por primera vez esta fórmula en un proyecto final: un folleto para promocionar un punto turístico o la gastronomía de un lugar. Cada alumno debía escoger un lugar o platillo, sin saber que se trataba de un proyecto final —la fecha de entrega era justo a la mitad del tiempo, como si se tratara de una entrega parcial—. El cronograma del ejercicio fue el siguiente:

  • Primera entrega. Tuvo un resultado mediocre, en parte porque la presión fue baja y en parte porque los alumnos no sabían que se trataba solo el primer paso para llegar a un producto final. Al devolverles las calificaciones en forma individual, lo que recibieron fue una retroalimentación muy puntual sobre cada proyecto, las cosas que pudieron haber hecho mejor y precisiones de tipo técnico y aplicativo. Se fijó una segunda fecha para la entrega. De un total aproximado de 45 folletos, solamente uno no necesitó reformularse y fue considerado como entrega final.
  • El segundo intento. Pensando que era una segunda oportunidad para mejorar calificaciones, todos rediseñaron sus folletos. A algunos les bastó con hacer modificaciones menores, otros más bien tuvieron más cuidado en el armado del boceto y los menos debieron replantear el diseño y la comunicación en general. El resultado implicó que poco menos de una cuarta parte de los folletos alcanzaran la calidad suficiente para ser considerados como finales. Todos los demás recibieron la encomienda de volver a diseñarlos, corregirlos y arreglarlos para una tercera entrega.
  • Los trabajos finales. La tercera entrega fue la más exitosa de todas. Algunos alumnos comenzaron ya a quejarse sobre los costos que cada reimpresión les acarreaba, pero fue notorio el cambio de actitud, dada la posibilidad de entregar un producto final con mayor calidad. En esta ocasión fue menos de una cuarta parte de los folletos los que requirieron de una cuarta entrega, ya en el entendido que se trataba del proyecto final. Finalmente, contra mi costumbre de no topar con dieces las notas finales, el promedio de calificaciones fue bastante alto, pero con un producto final que lo justificaba.

Conclusión

La calificación jugó un papel secundario en el proyecto, una vez que los alumnos se dieron cuenta del propósito de la entrega. A partir de la primer repetición del trabajo la presión de una calificación aprobatoria fue cambiando hacia el tedio de repetir el mismo trabajo, que a su vez mutó a la presión de entregar productos finales con mayor calidad, con tal de no tener que gastar más y terminar lo antes posible.

Este mismo modelo lo he aplicado en otras materias y los resultados han sido más que buenos. Los alumnos se sienten más orgullosos y seguros de sus trabajos, y al retroalimentar públicamente los productos, se tiende a crear un ámbito más competitivo, subiendo el promedio de creatividad, técnica y ejecución del grupo.

Tal como expuse en el planteamiento inicial, es sumamente difícil emular la realidad profesional en el salón de clases, pero se pueden extraer elementos independientes y hacerlos conscientes en los alumnos con la finalidad de que en el futuro puedan sentirse orgullosos de sus avances.

Author
Mario Balcázar Ciudad de México
Edition
Luciano Cassisi Buenos Aires

Published on 05/06/2013

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