André Ricard

Elogio a la creatividad

Quizás la creatividad sea la respuesta al porqué de la vida.

La creatividad es la respuesta que el ingenio y la inteligencia humana oponen a la fatalidad. En una sociedad consumista, anegada por un constante aluvión de novedades —a veces de lo más absurdas e innecesarias—, cuesta recordar que esa habilidad creativa ha sido decisiva, y aún lo es, para el devenir de nuestra especie. Hoy, un náufrago perdido en una isla desierta, lo primero que hará para lograr sobrevivir, será «diseñar». Es decir, ingeniarse para, con la ayuda de su mente, de sus manos y los materiales que encuentre, crear aquellas cosas que le permitan subsistir en ese contexto inhóspito. Ese nuevo Robinsón del siglo XXI retornaría de pronto a la condición primitiva para reencontrar ese gesto creativo salvador que poseemos.

Desde los albores de la humanidad, esta habilidad creativa ha permitido al Hombre sobrevivir y progresar en un entorno hostil para el que no estaba fisiológicamente preparado. En la naturaleza solo han subsistido aquellas especies que disponen en su fisiología de las dotes necesarias para enfren­tarse con éxito a la lucha por la vida. En algunas especies, las razones por las que pueden hacer frente a esa lucha se hacen evidentes en su anatomía o su conducta. Será un caparazón duro o hiriente que protege su cuerpo, o su capacidad de camuflaje o su sola corpulencia. Su protección es meramente «pasiva». En otras, en cambio, son sus habilidades físicas de velocidad, agilidad o reflejos las que las salvaguardan. En otras, la fuerza y el armamento que poseen le darán una actitud ofensiva con la que hacer frente y defenderse. Para ciertas especies es el hábitat peculiar en el que viven o su alimenta­ción muy peculiar lo que les permite mantenerse al margen de la pugna con las demás. En otras, en fin, será su enorme capacidad reproductora la que permite una persistencia de la especie.

Salta a la vista que el Hombre carece de cualquiera de estas facultades. Su piel es frágil, no le protege ni abriga, su fuerza y su armamento ofensivo (uñas, dientes y fuerza) mediocres. Vive y se alimenta en un medio natural en el que compite con otras especies mejor preparadas. Su capacidad reproductora es lenta y poco productiva. Nada hay, en apariencia, que explique como ha podido sobrevivir durante miles de siglos una especie tan mal dotada por la naturaleza.

Las razones por las que, a pesar de todo, ha logrado sobrevivir, son de otra índole. No se hacen aparentes en su anatomía sino que se hallan a otro nivel. En esa capacidad de observación y reflexión que le llevo a deducir que un guijarro desportillado, que casualmente le hería, podía también servir para cortar aquello que sus uñas y sus dientes no lograban rasgar. Aprendió a reproducir y mejorar ese canto afilado hasta crear el filo cortante. Primer gesto creativo iniciático; un primer paso que abría enormes perspectivas. Siguiendo este proceso el Hombre primitivo va comprendiendo lo que ocurre a su alrededor y llega a desarro­llar todo un amplio surtido de herramientas y utensilios. Unos objetos que tuvieron el honor de ser útiles y el orgullo de servir. Creó todo un equipamiento extra-corporal que completaba las carencias de su fisiología y le permitían existir, haciendo frente a las adversidades de su entorno. Ha sido esta capacidad de crear en cada momento las «prótesis» que precisaba, lo que le permitió al Hombre arraigar como especie. Debe su propio existir a su creatividad.

Esa «gimnasia intelectual» que el Hombre puso en marcha para subsistir, le ha permitido también estructurar su propia mente. Los antropólogos cuestionan hasta qué punto la habilidad manual ha ayudado a la mente a racionalizarse o si, por el contrario, ha sido la razón la que ha perfeccionado la habilidad de esas manos. Lo cierto es que el gesto creativo ha instrumentado la mente y la ha predispuesto para muchos otros ejercicios intelectuales.

El potencial intelectivo que el Hombre desarrolló, de entrada con fines eminentemente prácticos, siguió creciendo de forma exponencial hasta desbordar ese marco primitivo. Esa capacidad de reflexionar y conjeturar que lo llevo a crear, no es una potencialidad unidimen­sional, que sólo había de servirle para elaborar objetos o discernir conductas. Es una capacidad abierta y versátil que, una vez activada, no podía limitarse a la tarea inicial de velar por la supervivencia. Una vez asegurada la acuciante necesidad de subsistir, esa capacidad de razonar para inferir lo que ocurre, estaba disponible para otros meneste­res, más allá de los problemas meramente prácticos. Ese mismo mecanismo reflexivo le ha llevado a interrogarse sobre sí mismo, llegando a tomar conciencia de su propia existencia como ser efímero, capaz de gozar y sufrir, amar y odiar.

Para los seres irracionales, vivir no tiene otro objetivo que atender el presente inmediato. Vivir es un mero acto vegetativo que se rige por los dictados del innato programa genético. Esa pauta impresa en los cromosomas no facilita al ser irracional más que una muy limitada gama de instintos, orientados a la supervivencia. El mundo orgánico, animal o vegetal, vive así en la ignorancia de que existe el futuro. No sólo no puede influir en su destino, sino que no es consciente de que tiene un destino. Viven en un estado de constante presente. De lo ocurrido ayer sólo retienen algún reflejo condicionado.

El Hombre, en cambio, descubre la auténtica dimensión de la vida. Sabe de su propia degradación y de su anunciada muerte. Una revelación en sí desoladora. Es el gran secreto que el ser humano ha descubierto. Una caja de Pandora que, una vez abierta, cambia totalmente el sentido de la existencia. Con su razón y su intuición busca entonces una explicación o una esperanza, en último extremo una forma de olvidar. Desde hace milenios, buena parte de la capacidad intelectual e intuitiva del hombre no sólo se dedica a velar por el progreso material, sino que intenta hallar una explicación a su inexorable destino.

El Hombre es un ser capaz de comprender que existe y quiere saber el porqué de la aparente sinrazón de lo fútil y efímera que es la vida. Las religiones y la ciencia buscan, por caminos distintos, una explicación o unos paliativos a esta realidad humana y sólo hallan más preguntas. La sabiduría nos lleva a aceptar nuestro destino. La evasión, en sus múltiples formas, es finalmente el último refugio que hallamos para olvidarlo.

En la creatividad hallamos ambas cosas: evasión y sublimación. El ingente esfuerzo de concentración que se necesita para desenvolverse con soltura en ese espacio mental en que las ideas fraguan, exige que nos distanciemos de nuestra fatal realidad, rebasándola hasta situar nuestra mente a un nivel virtual. Una órbita en la que la dimensión de nuestra propia vida, con todo lo que pueda tener de desesperado, se olvida o relativiza ante la obra que estamos creando. Con nuestra sola capacidad imaginativa, logramos alejar­nos de la realidad existente y elevarnos hasta unos niveles en que ésta ya no nos acosa. Libres del sometimiento a lo conocido, inmersos en los torbellinos imaginativos que pide y permite la actividad creadora, el mundo se aleja de nosotros y nuestras angustias existenciales pierden su tremendismo. Los valores son otros. La creatividad no es sólo una forma de evasión. Al igual que en la procreación, al crear damos vida a un ente que hasta entonces no existía. Esa obra creada encierra una idea, un concepto abstracto, que será imperecedero a partir de entonces, pervivirá más allá de quien lo haya creado; deviene un viático que puede explicar el significado de la existencia. A través de aquella obra el porqué de una vida se explica. Cada obra deja una huella del transito fugaz de alguien. Una obra que, por muy humilde que sea, se integra en el tejido mismo del universo; un tejido entramado de infinitas aportaciones humanas que han hecho posible el advenimiento del Hombre. A través de la creatividad se supera a sí mismo. En los momentos de éxtasis creativo puede por fin, mirar cara a cara a su destino y asumirlo. Cuándo creamos somos como dioses. Quizás la creatividad sea así la respuesta al porqué de la vida. Sólo, por ejercerla valía la pena haber vivido. Esa es su grandeza.

Author
André Ricard Barcelona

Published on 03/11/2016

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