Fernando Alemán

¿Me gusta o funciona?

Muchas veces somos gestores de complacencias y no de soluciones. Si funciona para un propósito, ¿qué es lo que hace que me guste? Y si no me gusta, ¿cuáles son los aspectos que hacen que así sea?

«La belleza es la promesa de la felicidad».
Stendhal

Es evidente que nada concerniente a la experiencia sensible continúa ya siendo obvio, ni su relación con el mundo o su derecho a existir. Nuestro interés en esta pequeña investigación tiene que ver con el aspecto pragmático de las estructuras sensibles activado por el medio que las hace posibles, es decir, ¿esto me gusta o funciona para un propósito? Y si funciona para un propósito, ¿qué es lo que hace que me guste? Y si no me gusta, ¿cuáles son esos aspectos que hacen que sea así? El ejercicio resulta interesante como dinámica de auto-conocimiento.

El discurso de la redención estética nos asegura que tarde o temprano todo puede llegar a gustarnos. ¡Intenta verlo como algo hermoso! Se vuelve algo así como un imperativo para quienes contemplan algo que a primera vista les produjo aversión, repulsión o indiferencia, para luego cambiar de opinión. Imagina un mundo donde Britney Spears hace un llamado a sus seguidores a leer a Jorge Luis Borges. Imagina un mundo de cabezas huecas leyendo a Jorge Luis Borges. Imagina un mundo donde hay gente que cree que está pensando cuando en realidad está reordenando sus prejuicios. Cabe mencionar que no hay mucha distancia entre las cosas que me gustan y las que me repugnan: la inteligencia, el orden, la mentira, el sentido del humor, la amargura, la imaginación y la belleza, por ejemplo. El punto es que habitualmente argumento por qué me gustan y por qué no.

Sobre gustos no hay nada escrito: es la sentencia de quienes no redactan. Para gustos los colores: es la sentencia de un ciego que guía a otro, aunque se arriesguen a nombrar a los colores de buenos, malos, perversos, diferentes y peor aún interesantes o bonitos. Epistemológicamente sabemos que para que un conocimiento se haga verdadero requiere de una praxis, un sentido común que lo guíe. El criterio que pretendemos establecer tiene que ver con el aspecto pragmático en el proceso de decidir, poner una determinada ordenación sensible (un libro, un vestido, una pintura, una mujer bonita, tu estado de Facebook) delante de los sentidos de alguien. ¿Será que el rosa es cursi? ¿Y por qué lo es? Perdón, es que no me gusta la apatía, hay que ser responsable. Me recuerda una pregunta bonita que primero odié, porque me metía en problemas y que luego, después de un tiempo de no oírla, me terminó gustando: «¿qué es lo que hace que eso sea una experiencia significativa para los demás?».

Parte del legado del siglo XX, en cuanto a estética se refiere, ha sido este recelo hacia la belleza. Cuando la belleza no era objeto de aborrecimiento, se daba al menos una actitud consecuente: los objetos sensibles o el Arte, por ejemplo (una actividad humana tan importante como cualquier otra) antes que bello se producía repulsivo, me imagino que con esa intención. La búsqueda de la belleza en clave de aspecto personal, en cambio da pie a una importante industria. Tengo conocidos y amigos que proclaman con vehemencia su repulsión por «lo bonito». Una vez una amiga me comentó que difícilmente asociaría la palabra «estética» con «filosofía». La situación me recordó a Herr Goebbels que agarraba un revolver cuando escuchaba la palabra «cultura». Para ella «estética» tiene que ver con saber hacer un manicure. ¿Por qué debemos soportar un mundo tal y cómo es o aligerarlo construyendo paraísos artificiales cuando podemos aliviarlo directamente? Matemos a mi amiga.

Por mi parte, y con toda la malicia del mundo, podría decir que lo bello evidentemente está en la mente del espectador. La belleza es, para las disposiciones sensibles, una opción, no una condición necesaria. Es condición necesaria para la vida que nos gustaría vivir y por ello es que los elegimos como centros de nuestra complacencia.

Author
Fernando Alemán Managua

Published on 31/03/2012

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