Gretwitta San

Cinco años sin Fontanarrosa

Recuerdos de una vivencia con el inmortal caricaturista argentino.

«No aspiro al Nobel de Literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: “me cagué de risa con tu libro”». Roberto Fontanarrosa

En agosto del 2006 aproveché mi séptima estancia en Rosario, Argentina, para asistir a la Feria del libro en el recinto conocido como El Patio de la Madera. Recorrí los pasillos de la que en aquel entonces era una naciente muestra (un tanto pequeña). Negándome a pensar que era todo lo que tenía para dar, me quedé a la muy anunciada conferencia del caricaturista consentido de Rosario, el negro Fontanarrosa: «Roberto Fontanarrosa dialoga con la gente».

Conocía un poco de la obra que se publicaba en México, en la revista Proceso. De trazo tembloroso y poco figurativo, su estilo me resultaba complejo y atiborrado. Descubrí en esa ocasión que sus cartones hacían las delicias de los argentinos, un poco por la reverencia con la que atiborraban la sala todo tipo de personajes: elegantes ancianas rosarinas, parejas, jóvenes universitarios, y de manera particular, un adolescente de unos 12 años que llevaba su cuaderno para dibujar y todo el tiempo que duró la conferencia se dio a la tarea de retratarlo. Una sala con 500 asistentes, que rebasaron el centenar de sillas que se habían puesto para el acto, esperando con ansia su llegada.

Por fin apareció entre una multitud de reporteros y camarógrafos que lo rodeaban arrebantándole respuestas a sus preguntas. La silla de ruedas en la que estaba sentado era empujada por su asistente. El dibujante, (para entonces sin poder mover las manos, en ese momento ya utilizaba la boca para dibujar, debido a lo avanzado de la esclerosis que lo aquejaba) apareció sonriente y emocionado ante la concurrencia. Con gran tranquilidad, empezó quejándose de uno de los reflectores tan potentes que le iluminanban de golpe el rostro: «parece un tren que viene en mi dirección», fue uno de los primeros comentarios que hicieron saltar la carcajada de la audiencia.

Así empezó una disertación irreverente acerca de los libros, la lectura, la lengua, su trabajo, sus personajes paradigmáticos, «Buggie el aceitoso e Inodoro Pereyra, del cual recojo una breve autobiografía:

«Inodoro y su tata “Pereyra por mi mama, Inodoro por mi tata, que era sanitario”, se presenta a sí mismo este gaucho macho y cabrío: Inodoro Pereyra, el renegau, es tan argentino como el dulce de leche, la birome (bolígrafo) o el colectivo. Y no porque use vincha (diadema), ande bien montao y sea bueno pa' payar (cantar coplas). Esas son solo apariencias y —se sabe— las apariencias engañan. Que lo diga si no la pobre Eulogia Tapia, compañera del Inodoro, a quien el Negro disgraciau del dibujante le hizo engordar 67 kilos en dos cuadritos. Con más caderas pero no menos carácter, se vuelve una mujer estilo neorrealismo italiano: “Endijpué (después) de tantos años, si tengo que elegir otra vez, la elijo a la Eulogia con los ojos cerrados” —dice tierno, el renegau—. “Porque si los abro elijo a otra”».

Con la lectura de las aventuras de Pereyra me he regocijado descubriendo las similitudes que tiene el modo de hablar gaucho, con el de los personajes campiranos mexicanos, de la simplicidad de la vida y de cómo se puede filosofar arrancando una sonrisa. Me confieso poco conocedora de la obra de Fontanarrosa, pero profundamente conmovida por su terquedad creativa, que lo llevó a seguir dibujando pese a su enfermedad neurológica y gracias al gran apego de los lectores que periódicamente seguían sus cartones publicados en el diario Clarín.

El 19 de julio de 2007, finalmente murió el negro, ilustre rosarino, haciéndonos sentir una profunda tristeza por perder al terco cartonista, que se resistió a dejar de expresarse a través del dibujo, en el que miraba de manera crítica su sociedad argentina, tan cercana a la mexicana. De gran aporte a la cultura latinoamericana, no es gratuito que haya sido invitado al Congreso de la Lengua Española, celebrado en Rosario en el 2004, que lo volvió célebre por decir unas cuantas malas palabras. De las recomendaciones de aquel diálogo de la Feria del Libro de la que participé, me queda la siguiente sobre cómo elegir un libro: «que no sea gordo y que tenga letras grandes». Lección elemental pero que a veces se nos olvida a los diseñadores. In memoriam.

Author
Gretwitta San Ciudad de México

Published on 18/10/2012

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