Julio Broca

La importancia de la insatisfacción en el proceso creativo

Ingenuo el diseñador que espera encontrar un trabajo donde le paguen por hacer crítica. El principal insatisfecho debe ser uno mismo con la propia creación, no el cliente.

Ante la impotencia cotidiana de vivir bajo reglas, discursos falsos y la sensación permanente de estar siendo juzgados, optamos por fugarnos. Ese escape es una negación, un rechazo a lo que nos rodea, es un momento de plena autonomía en el que nos despegamos del suelo y decidimos volar. Aunque ese vuelo sea simplemente un salto momentáneo, lo disfrutamos como un instante eterno. Ese instante, esa fuga que requiere inevitablemente de una acción de autonomía, es también el instante del acto creativo.

Es imposible encontrar a las musas estancados en la satisfacción, en la autocomplacencia, en el reciclaje constante de ideas ajenas —aunque «nada viene de la nada»—. Si bien es cierto que el diseñador está obligado a conocer, a imitar, a reinventar ideas —mímesis lo llaman los filósofos—, también es cierto que solo la insatisfacción constante nos permite cuestionar los límites del propio saber, del propio oficio, del propio orgullo. Por no decir que, de la falta de cultura y el exceso de soberbia, solo pueden emerger estupideces y disparates —muy respetables también—.

La autonomía es, por definición, moverse sin dependencia; un acto de negación del orden establecido —según la perspectiva autonomista de la sociología—, un proceso del que emerge una forma crítica a lo que nos rodea. Ese desear la autonomía, la energía anímica del arte y de las rebeliones —por no decir las revoluciones—, es la energía que impulsa a los marginales del arte que años después son comprendidos a cabalidad como es el caso de los impresionistas, de los dadaístas, de los expresionistas, etc.

Autonomía y creatividad son binomio que asegura la autenticidad. En su fusión nos encontramos nosotros intentando materializar la belleza de la verdad y cuestionar la deformidad de la mentira. Sentirse creativo sin transpirar autonomía es tan absurdo como sentirse autónomo sin transpirar creatividad.

«Primero ser para después crear».

José Martí

Cuando hacemos un análisis reflexivo, autocrítico, nos damos cuenta de en qué pequeña medida nosotros «somos» lo que deseamos ser y en qué gran medida «somos» lo que se nos han impuesto ser. Avanzar a la construcción de nuestros sueños, nuestros anhelos, solo es posible por el ejercicio creativo, desafiante de un mundo, de un sistema y de un yo que parece cerrar las puertas a lo nuevo, a todo aquello que lo contravenga, a todo aquello que se burle del dinero. Pero hoy, ante la miseria del arte, de la política, de la economía, de la ciencia, no hay otro camino que la inventiva y esto se desarrolla siempre a contrapelo del orden establecido.

Pensemos, por ejemplo, en los diseñadores industriales. Podemos dividirlos en dos grandes grupos antagónicos de creativos: unos diseñan en base a las necesidades industriales del sistema de producción y consumo (en este caso la creatividad es eficiencia), el otro grupo que se esfuerza por reciclar la irresponsable producción de basura que la industria genera para sostenerse, logrando que ese intento evidencie el absurdo de ese mismo sistema (en este caso la creatividad es crítica). Otro arquetipo que tenemos son los diseñadores de los políticos que crean campañas que objetivan necesidades muchas veces falsas, que se contraponen a los necios que señalan en las calles esa falsedad —o más bien su verdadero sentido—, ya sea con un sticker anónimo, un stencil o en un vídeo de Youtube. Hablamos de metáforas potentes capaces de detonar de forma crítica la verdad. Nadie paga por esos proyectos que contravienen el orden establecido. Esperar el trabajo ideal para ser crítico es un mal pretexto para no hacer algo con nuestra libertad, con nuestra insatisfacción con un mundo que en algunas partes huele a podrido. La auténtica creatividad no tiene que ver con la ganancia monetaria como fin (aunque nadie vaya a rechazar un buen pago por una buena idea, por supuesto).

El salto al vacío que supone la autonomía comenzó cuando nuestros padres arquearon las cejas incrédulos al escuchar nuestro mejor disparate: «papá quiero estudiar diseño» —te vas a morir de hambre—, y no se nos ocurrió lo espantoso de que tuviesen razón, incluso nos indignó su falta de sensibilidad (yo aprendí a sembrar, por si las dudas).

Los grandes creativos reconocen que sus mejores creaciones provienen de ningún encargo, de ningún cliente, solamente provienen de su búsqueda, de su insatisfacción, su hambre constante de transgredir lo establecido y de agudizar la mirada para ver ahí donde no se puede ver nada. Después, si lo logran, esa nada trae ante nuestros ojos cosas que por el momento nadie comprende o valora y además nadie paga. Esta búsqueda arriesgada no es posible para el que teme al fracaso, o para quien se encuentra paralizado por el temor a decir algo erróneo, que dicho sea de paso, además huye de su propio impulso de ser autónomo.

Resguardar los sueños sacándolos a la luz, alimentar la rebeldía, significa alimentar las fuerzas que mantienen viva la creatividad; que solo puede florecer en la autonomía y la autonomía puede ser nuestra noche solitaria, nuestra tarde «sin quehacer», nuestros momentos de paz, nuestro rechazo a una tarea estúpida. Esos rechazos nuestros son territorios fértiles para fundar nuestro espacio de autonomía personal, un espacio que al compartirlo con otros, va formando un territorio libre, un mundo de arte perseguido por la huella de nuestra insatisfacción.

Author
Julio Broca Puebla
Edition
Erika Valenzuela Ciudad Juárez

Published on 08/05/2014

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