Diseño y dinero

¿Para qué se estudia la carrera de diseño? ¿Por lucro o altruismo? Lo que nos pasa con el dinero subyace a la respuesta de estas preguntas.

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A raíz de la publicación de mi artículo «Todas esas cosas que no son diseño» en FOROALFA, sostuve un breve intercambio de opiniones por correo con una diseñadora industrial colombiana, para quien lo que escribí en el texto me posicionaba como promotor del «diseño cortesano», concepto que usa Ramiro Espinoza para referirse a quienes, habiendo abandonado el altruismo, diseñan «como si fueran técnicos» vehiculizando «expectativas ajenas, renunciando a toda sublimación, cercenando su Eros creativo […] un sujeto alienado, que no tendrá conciencia de su rol en la sociedad y que, por lo tanto, será incapaz de reformularlo».

No puedo estar más de acuerdo con el proceso descrito en el artículo de Espinosa respecto a las evoluciones y finalidades del diseño, pero naturalmente discrepo por completo de las consecuencias y las definiciones derivadas de dicha visión, las que por cierto traen consigo no sólo las palabras —que describen una situación que para Espinoza y para la diseñadora que opinó sobre mi texto no podía ser más indeseable (diseñadores sólo diseñando por dinero)—, si no además una creencia acerca de lo que es la técnica, la dependencia, la creatividad y el rol económico del diseño.

Me decía la diseñadora que en el fondo le causaba tristeza que hubiese diseñadores que sólo trabajaran su profesión por el dinero, y esta apreciación que no puedo eludir ni devaluar, creo que es un ejemplo muy claro de la profunda crisis de las vocaciones profesionales y en paralelo de las promesas sociales relacionadas con la educación, dilema que no es privativo del diseño.

Para muchos la vocación, o el llamado a ejercer una determinada disciplina, está disociada de la recompensa económica como patrón de medida del éxito. Idea similar uno suele hallarla en los discursos algo místicos y voluntaristas de gente que ha tenido considerable éxito (todos hemos oído el discurso de Steve Jobs en Stanford, o en una escala más modesta y local el puteo del alma que hace Federico Luppi en la película de Aristaráin, «Lugares Comunes»1 encarnando a Fernando, quien le dice a su propio hijo que lo ha traicionado por no haber seguido su vocación: «lo que le gusta», lo que lo «conmueve» y el hijo le responde que su trabajo «le entretiene y lo hace bien» que le está dando «un futuro» a los hijos y a su mujer —hay que verla—) y también de gente que muy posiblemente ama su trabajo sin haber tenido el mismo éxito de Jobs.

Concuerdo que los mayores aportes que una persona puede hacer a su profesión son independientes de la recompensa económica. De hecho la autorrealización, en su más amplia acepción, permite involucrar toda clase de recompensas: reconocimiento de los pares (que no siempre redunda en riqueza material), comodidad existencial (sentirse a gusto en la situación cualquiera esta sea), sentido del deber cumplido, etc. Pero al mismo tiempo, el sentirse bien con uno mismo implica dosis de libertad que —en la sociedad de mercado que vio nacer al diseño y de la que éste se nutre permanentemente— están relacionadas con el poder adquisitivo, la gestión del dinero y la habilidad financiera en todo nivel: desde hacer maravillas con un bajo presupuesto, hasta saber invertir los excedentes de una exitosa operación comercial.

Todo lo que se ha dicho está muy bien, además no se ha hablado de formar comunidades autoabastecidas basadas en el trueque, o de volar el sistema económico para «liberar» a nadie, como postula Fight Club2.

Pero debemos reconocer que estamos hablando de una sociedad en que el aprendizaje de una profesión deriva de una necesidad social o de una falla de mercado que requiere personas capacitadas y con las competencias adecuadas para resolver dichas necesidades o fallas.

Además debemos considerar que en este mismo escenario impartir la educación es también un legítimo negocio, y como todo negocio se sustenta sobre promesas de satisfacción del consumidor a cambio de dinero.

Por cierto las escuelas de diseño explotan ambos argumentos para atraer matrícula (ojo que no hablo de alumnos, ni estudiantes): por un lado cumplir sueños, seguir la vocación, explotar los talentos y luego ser útil al país, a la empresa, al futuro, etc. Así, si bien en las promociones de educación profesional nunca se habla de asegurar trabajo, campo ocupacional ni opciones de desarrollo que no sean académicas (salvo contadas excepciones), creo que es justo que la educación del diseño se haga cargo de la complejidad involucrada en compatibilizar vocaciones, talentos reales, desarrollo de habilidades técnicas y sociales con demandas reales; ya sean explícitas de la industria y el comercio, o de necesidades concretas de la población sin acceso al apoyo del estado.

Una opción no desestima la otra. Pero así como creo que la enseñanza humanista en su definición más genérica es necesaria para cualquier tipo de educación, el foco desmedido que ésta ha recibido en la enseñanza de nuestra disciplina ha generado un doble problema a quienes ejercemos la profesión: la necesidad de una conversión (que es casi una apostasía a los credos académicos de antigua raigambre) del mundo ideal de la academia al crudo mundo del trabajo, y la imagen instalada de que el perfil del diseñador se aproxima más a un anarquista bohemio (por lo general mal preparado para enfrentar al mercado, a los clientes o a cualquier tipo de institución no educativa) que a un asesor estratégico al servicio de las empresas y su país.

Esto demuestra en mi opinión un conflicto muy extraño entre las creencias acerca de lo que representan los conocimientos «humanistas» y artísticos para el diseñador, y lo que en realidad son «el arte y las humanidades», si es que tales cosas son factibles de ser definidas con un objetivo claro para el diseño (si es que a su vez éste es factible de ser definido para el bienestar de quienes lo ejercemos).

¿No será más bien que tenemos que definir la relación de las profesiones (la nuestra en particular) con el dinero?

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  1. Película de 2002, de Alfredo Aristaráin. Escena:
  2. Película de 1999, de David Fincher, sobre la novela de Chuck Palahniuk. Parlamento de la escena citada: «En el mundo que veo, estás al acecho de alces a través de los húmedos bosques que hay alrededor de las ruinas del Rockefeller Center. Estás vestido con ropajes de cuero que te durarán por el resto de tu vida, Te trepas por las gruesas enredaderas que envuelven la torre Sears. Y cuando miras hacia abajo, ves pequeñas figuras machacando maíz y colocando tiras de carne de venado sobre el carril vacío de una autopista abandonada».
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Alvaro Magaña

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Claudia Andrea Aguilera Fernandez
Sep 2012

Te amo.

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Daniel Rocha Góngora
Mar 2012

Yo creo que el vehículo que nos lleva a obtener remuneraciones económicas debe ser siempre aquél en el cual nos sentimos a gusto y más relacionados, el que nos permite expresar nuestras habilidades.

Es parte de ambos, cuando un individuo trabaja lo hace para obtener bienes para uno mismo y su familia, pero también se trata de sentar bases y demostrar que se puede generar un cambio en el medio y que nuestras acciones repercuten de manera positiva en la sociedad.

En todo caso sería una perdida de tiempo especializarse. Cada quién buscaría el mejor medio de obtener dinero y nada más.

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Hugo Acevedo
Mar 2012

Nadie estudia diseño por lucro, sino no estudiarían diseño, los estudiantes de ingenierías en primer año ya se sienten orgullosos de lo ganarán en el futuro, incluso 1° año egreso, un diseñador se jacta de su trabajo en sí, como recompensa moral, social y al propio ego, pero no económica, no saben lo que los espera económicamente. Diseño es como educación de Párvulos, bonito, útil a la sociedad, bla bla bla, tienes muchas empresas pequeñas donde laborar y tener el sueldo PROMEDIO, $300.000-$350.000 (650USD), a menos que trabajes en las grandes. Un vendedor de multitienda gana más en PROMEDIO.

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Ana María Aristizabal
Mar 2012

Álvaro en este momento estoy haciendo mi último año de diseño industrial, y yo considero que en este aspecto no se podría generalizar, ya que cada persona es un mundo diferente y va tras sus propias motivaciones, creo que si en el dinero hubiera basado la elección de mi carrera no habría escogido esta; tal vez mi percepción se debe a que en mi país todavía las personas del común no sabe lo que hace un diseñador industrial y creería que en otras partes también ocurre lo mismo, me gustaría saber si usted considera que en su país esta profesión es reconocida como tal?

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Andres Mena
Ene 2012

Lamentablemente para los diseñadores hoy en día solo nos queda explotar nuestra creatividad y diversidad emocional para nosotros mismos, es decir para la autosatisfacción. Quienes formamos parte del capitalismo tenemos que obedecer a quienes ponen el dinero delante de nuestras narices!!! ((el cliente siempre tiene la razon)) entonces para que ser diseñadores?? pues sencillo, porque nos gusta hacerlo y porque podemos ser «autómatas» de una empresa donde nos pagan, o simplemente volar y hacer cuanto querramos y gratis!!!! por amor al arte y al diseño. De todas formas seremos felices pues diseñamos.

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Ivan Olguin
Sep 2010

Hermano, que la capa de Batman te proteja..

La verdad que el diseño es una cosa que o se hace por gusto o nos gusta hacerla, la verdad si pudiera ( y de paso he podido con bastante frecuencia) diseñaría gratis, como se dice, por amor al arte. Pero es una realidad que la papa es primero, que si de paso el trabajo que amas y la profesión que te da para comer te apasiona, tendrás siempre un lugar en cielo.

0
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Franco Boiero
Ago 2010

Te felicito Álvaro, es una gran nota... Muy jugada, pero cargada de verdades perfectamente sustentadas con claros argumentos.

0
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