Claudia Pérez Ramírez

Orgullo: mal compañero para al crecimiento profesional

Todo proyecto de diseño debe de tener su planeación y respetar el proceso de trabajo para obtener un buen resultado.

Hace poco me tope con una situación de presión en mi trabajo. Debíamos entregar un video corporativo con una duración de más o menos 20 minutos de grabación en apenas una semana. Para poder realizarlo tuvimos que ir a tres empresas diferentes para realizar tomas de cada una de ellas, tuvimos que conseguir a una presentadora y también un set de grabación sobre pantalla green. En la primera reunión con el cliente definimos la forma de trabajo y los permisos de grabación para cada una de las empresas; es decir, empezamos a medir tiempos y establecer un calendario. Todo parecía muy bien, pero ¡oh sorpresa!, el primer día que llegamos a grabar no estaban los permisos correspondientes. Fue en vano, simplemente perdimos un día de trabajo.

Después de algunas quejas y llamados resolvimos el problema y empezamos a realizar las tomas. En tres días tratamos de recolectar todo el material posible para la posproducción, y aún faltaba grabar a la presentadora. El tiempo seguía corriendo. Llegó el sábado y comenzamos con el trabajo de posproducción. Esa tarea quedó en mis manos y las de un compañero freelance que se encargó de las animaciones. Aquí viene lo bueno: parecía que todo iba bien hasta que el cliente envió una persona para que supervisara nuestro trabajo de edición. En un rato ya teníamos a más de cinco personas a nuestro alrededor. Eso me puso muy nerviosa, estaba trabajando contra reloj con 10 ojos controladores sobre mi…

Me decían qué efectos estaban mal y cuáles estaba bien, opinaban sobre los cortes, las transiciones, etc., y lo único que podía hacer era escuchar a todos y a nadie, sentía que entorpecían mi trabajo. Sabía que mi trabajo estaba bien, sabía que la edición era buena. En ese momento escuché una voz interior que me decía: «¡tu eres la experta!, ¡tú eres la que sabe!». Para poder pensar mejor salí un momento a tomar aire. Era mi orgullo el que me estaba controlando, no me dejaba ir más allá de lo que yo pensaba, no aceptaba otras opiniones más que las mías. Pero rápidamente me di cuenta de que lo único importante era sacar el trabajo adelante.

Mi «orgullo profesional» me impedía precisamente «ser profesional». Los cambios que ellos pedían eran justificables. Dado que estábamos trabajando «en equipo», lo más profesional era escuchar al equipo para seguir adelante, y crecer conociendo y analizando sus puntos de vista. Debía escuchar a todos, pero al mismo tiempo debía saber a quién hacerle caso.

El tiempo transcurrió muy deprisa y se hizo lo que se pudo. Hicimos una prueba de proyección, pero ahí surgió otro filtro y nos pidieron detenerla. Después de un tiempo de conversar con los clientes, se les hizo notar que para entregar un trabajo bien terminado era necesario respetar los tiempos de realización, dedicar lo necesario a cada etapa del proceso. En ese momento las personas que estuvieron con nosotros supervisando el video se dieron cuenta que el hacer una producción de video no es como hacer «enchiladas».

Finalmente no se proyecto el video, pero tampoco se dejo de lado. Al contrario, se realizó un nuevo calendario en forma para cada etapa, para su revisión y cambios, con el fin de obtener un buen producto que dejara satisfechos tanto al cliente como a los realizadores. Es difícil decir si lo correcto hubiera sido no aceptar el proyecto. Lo cierto es que durante esta experiencia todos aprendimos a respetar los tiempos que merece cada etapa del proceso de trabajo. En cuanto a mi, aprendí que el orgullo no es un buen compañero para el crecimiento profesional.

Author
Claudia Pérez Ramírez Ciudad de México

Published on 12/02/2013

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