Discontinuidad del espacio basura

Crítica al enfoque ahistórico que asume el arquitecto holandés Rem Koolhaas en su libro «Espacio basura» publicado en 2007.

Retrato de Ingrid Alicia Fugellie Gezan Ingrid Alicia Fugellie Gezan Ciudad de México

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Ilustración principal del artículo Discontinuidad del espacio basura
Rem Koolhaas. Biblioteca Central de Seattle (2004)

Un exceso de tele-realidad nos ha convertido en guardias aficionados que observan un universo basura... Rem Koolhaas​​

Lo que Rem Koolhaas (Rotterdam, 1944) llama «basura» −refiriéndose a la información que se nos transmite a través de los medios de comunicación, y a los espacios que caracterizan la estructura laberíntica de la vida social contemporánea− difiere y se parece en más de un sentido a la «basura» que los dispositivos del poder hegemónico han mostrado en sus múltiples disfraces como «real» y «necesaria» a sus respectivas sociedades a lo largo del tiempo. Tecnologías de la información y concentración globalizada de la riqueza –inseparables en la etapa actual del capitalismo−, constituyen en su centralidad la clave y el motor fundamental de la complejización en la trama existencial del presente. También, de los rodeos y simulacros que organiza para el control ideológico.

Una mirada al acontecer histórico nos muestra que dichas tecnologías han existido desde siempre, indefectiblemente vinculadas a hegemonías en los órdenes político, económico y cultural. Pensemos, por ejemplo, en el discurso del sermón en el templo, dispositivo que la Iglesia Católica ha utilizado a través de su capital dominio ideológico, religioso, estético y comportamental, entre otros, desde la Edad Media, y hasta bien avanzada la modernidad en Occidente, como argumento orientado a instituir lo que debe o no ser considerado legítimo, bueno y/o verdadero. La «palabra acreditada» del sacerdote asume una autoridad que crece a medida que lo hace su carácter de dogma conducente a la salvación. Edictos, imaginería religiosa, rituales celebratorios, amenazas y persecuciones, medios todos al servicio de la administración de un «territorio basura», en términos de Koolhas: un conjunto de elementos inservibles al bienestar «real» de las sociedades, porque está fundamentado en la mentira, la simulación, el caos, los intereses mezquinos y las promesas que no se cumplen. Se trataría entonces de prácticas éticamente despreciables y carentes de sentido humanitario; de filtros que transforman los datos fehacientes del mundo en «detritus»; un simulacro que la fe puesta en un mundo mejor impide ser descifrado, dada la poderosa e invisible red de falsedades que caracteriza su naturaleza oculta.

Pero si nuestro enfrentamiento a la realidad se redujera a una mera recepción pasiva del dogma; si las capacidades analíticas y críticas que nos diferencian del resto de los seres vivos no contuvieran en potencia la posibilidad de desmontar las argucias del poder; si nuestro papel consiste exclusivamente en operar como simples observadores o «guardias aficionados» de un universo que para Koolhaas es «basura», entonces, ante la contundencia de estos supuestos no hay salida al final del túnel, todo está dicho, lo que resta para nuestro débil entendimiento sería esperar la llegada del apocalipsis.

Nuestras capacidades reflexivas y creadoras sucumben, en la visión del autor, ante la omnipotencia de una tele-realidad que nos penetra de tal manera que la transformación del mundo se vuelve imposible. Cito a Rem Koolhaas:

«El color en el espacio virtual es luminoso y, por lo tanto, irresistible. Un exceso de tele-realidad nos ha convertido en guardias aficionados que observan un «universo basura...»1

Lo interesante aquí es que eso que llamamos mundo no solo se transforma todo el tiempo (a menudo de manera imperceptible), sino que también lo hace en términos estructurales y sistémicos (aunque para ello se requiera de tiempo, condiciones objetivas y vigor pulsional). Cambia el mundo muchas veces a pesar de que la orientación asumida por esta transformación no solo sea indeseable para el grueso de la humanidad, sino que le conduzca a estados de crisis en extremo dificultosos y aparentemente desprovistos de salida, ligados además a un poder que aparece como inexpugnable.2

Rem Koolhaas. De Rotterdam, «ciudad vertical» (1997-2013).

Sin embargo existen posibilidades reales de inventiva en zonas aleatorias −en este caso respecto a la tele-realidad que el sistema nos ofrece−. Dichos espacios residuales, ese excedente que se resiste a cumplir papeles asignados dejando territorios liberados para el desarrollo de estrategias alternas, esos intersticios que se abren a la invención desafiando el estatus quo y la programación de la consciencia, la sombra que arroja el brillo de sus imágenes3 y que contiene verdades no descifrables a simple vista —porque contrariamente a lo que se intenta imponer como verdad no se producen «naturalmente»—, todas esas fisuras y condicionantes representan terrenos propiciatorios del cambio histórico para una sociedad deseante en contextos de dolor, infelicidad y miseria.

Incluso el «espacio basura» –como lo llama Koolhaas− constituye un lugar heterogéneo (como todo espacio vital), un territorio poblado de irregularidades, fracturas y contrastes, de modo que una parte importante de sus componentes y condiciones de posibilidad también representan universos capaces de abonar al bienestar y enriquecimiento no solo material de los pueblos. Los desechos orgánicos mismos −como resultado de la acción humana destinada a eliminar lo que carece de utilidad inmediata para la vida− representa, en sentido amplio, tanto un dispositivo como una labor necesaria: nuestra realidad material consume tan solo una porción del mundo que produce; hay residuos que resulta necesario eliminar por cuanto su permanencia en el cosmos amenaza con destruir fuentes inapelables de supervivencia para la especie. Se trata entonces de un fenómeno de trascendencia vital, un espacio dotado de potencial valor humano, una acción de reserva inevitable.

Rem Koolhaas y Ole Scheeren. Televisión Central de China (2002-2008).

Desde mi punto de vista, el enfoque de Rem Koolhaas deviene ahistórico. Su falta de perspectiva para analizar y, sobre todo,

  • al enunciar el fenómeno como un problema exclusivo del momento, y no dependiente de fuerzas estructurales asociadas al poder;
  • su crítica omni abarcatoria de una realidad que también lo constituye como sujeto activo en calidad de productor y creador material;
  • el poder negativo irreductible que asigna a tecnologías y estéticas de uso y vigencia contemporánea, minimizando el sentido que en todo momento instauran, las capacidades crítico reflexivas inherentes a la condición humana y las tradiciones que preservan las sociedades en su tránsito por la historia;
  • el tono nihilista con que enuncia la decadencia total de una etapa en la que él mismo se desarrolla y de la cual obtiene privilegios (insospechables para un inmenso sector de artistas, diseñadores y creadores de cultura, no se diga para el grueso de la humanidad trabajadora);

son elementos todos que vuelven en extremo frágil su postura, y que lejos de constituir argumentos eficaces para la transformación deseada en términos de un mundo mejor, se vuelven observaciones de carácter subsidiario, e incluso operan como argumentos a favor del sistema que los ha hecho parte integral de su incuestionable y persistente ambición de perpetuidad.

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  1. Rem Koolhaas, Espacio basura, Gustavo Gili, Barcelona, 2008, pág.60.
  2. Al respecto, consultar Hannah Arendt, Sobre la revolución, Alianza Editorial, Madrid, 2016.
  3. Revisar Mario Perniola, El arte y su sombra, Cátedra, Madrid, 2002.
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Ingrid Alicia Fugellie Gezan

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