Alejandro Ortíz

Signar, resignar y persignar

Los signos en la vida cotidiana y las creencias de las personas.

En el mundo de los signos y las significaciones hay miembros de una misma familia que, aunque están emparentados, son muy diferentes. En términos genéricos, un signo es «algo» que «significa algo» para «alguien». Según el enfoque hay diversas definiciones. Por ejemplo, para los lingüistas un signo es un constructo que se forma de un concepto y de una imagen fonética. Por lo menos así lo representa Saussure (1857-1913). Por su parte, Peirce (1839-1914) le agrega un componente a la mezcla: el referente. Así, el asunto tiene más sentido, porque hay un piso en el cual pararse. Como sea, cualquier «cosa», tangible o no, puede alcanzar el estatus de «signo» en tanto haya «alguien» que lo use para construir un concepto.

Pero no nos resignemos a entender al signo como la super-estructura de lo abstracto. En la vida cotidiana de millones de personas, hay familias sígnicas que se utilizan para expresar, mediante gestos físicos, sus creencias más íntimas.


Portada de un catecismo empleado por los conquistadores españoles para adoctrinar a los indígenas de la Nueva España

Tal es el caso de aquél ademán corporal que usan algunas personas en su religiosidad, conocido como «persignarse». Ritual practicado no solo por católicos, sino por algunas variantes más del cristianismo prosélito, como parte de algunos ritos y rituales propios de sus respectivos credos, incluso algunos chamanes y una gran diversidad de manifestaciones de sincretismo religioso, a lo ancho del mundo y a lo largo de la historia.

El acto sígnico de persignarse, por sí mismo, es una invocación directa a la divinidad, una especie de saludo (o despedida) puesto en términos de cortesía, aunque también supone a veces una suerte de manifestación usada para neutralizar alguna expresión maligna, como en el caso de un exorcismo, o para enfatizar un acto de bendición o la petición de sanación de otra persona. En tal caso, el acto se denomina «santiguarse», que no es, sino la forma corta de la «persignación». Esta suerte de versión rápida hace, en el caso de los cristianos (no en todas sus denominaciones, por ejemplo, los cristianos protestantes evitan en lo posible el uso de este tipo de signos de lenguaje corporal), alusión directa a los tres componentes de la triada divina: Padre, Hijo y Espíritu Santo (in nomine Patris, et Fili, et Spiritus Sancti). Se trata de un mini-ritual que se lleva a cabo con el tocamiento de tres partes corporales específicas (frente, pecho y hombros, dibujando mentalmente una cruz). Tanto la versión larga como la versión corta provienen del Evangelio de Juan, donde se hace referencia a esta fórmula.

Como se puede apreciar, los signos flotan como entes fantasmales en nuestro mundo físico. Los usamos como vehículos para expresarnos, manifestarnos, comprender y emitir mensajes, cuya eficacia comunicativa, en algunos casos, es un poco difícil de medir. Pero eso ya es otra historia.

Author
Alejandro Ortíz Puebla

Published on 21/08/2013

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