Carla Santana

Posada, más allá de La Catrina

A cien años de su muerte, José Guadalupe Posada nos dejo un legado muy extenso, que no solo se limita a sus caricaturas y calaveras: fue un precursor del diseño gráfico y editorial mexicano.

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Posada Beyond La Catrina

José Guadalupe Posada Aguilar nació a las 10 de la noche del 2 de febrero de 1852, en los números 47 y 49 de la antigua calle de los Ángeles de la ciudad de Aguascalientes —actualmente lleva el nombre de Posada—. El sexto hijo de Germán Posada Cerna y Petra Aguilar Portillo. Creció en un ambiente semi-rural y humilde, repartiendo su tiempo entre juegos infantiles y ayudando a su padre en la panadería y a un tío que era alfarero, en cuyo taller tendría contacto con el manejo de las formas y despertaría su interés por el dibujo. Su hermano Cirilo, que era 13 años mayor que él y el único con formación escolar, maestro de una escuela primaria, lo motivó para que aprendiera a leer y escribir, hacer cuentas y a estudiar el catecismo.1 Cirilo lo llevó a la Academia municipal de dibujo, su estancia en ésta fue corta, no se sabe lo que ahí aprendería; tal vez normas académicas, o se limitaría a copiar las estampas para soltar la mano. Dada la situación económica de su familia, cabría suponer que lo que Posada buscaba no eran las bases para una formación artística, sino las de un oficio que apoyara al presupuesto familiar. A los 15 años José Guadalupe ejercía el oficio de pintor.

Lo que sí se puede afirmar es que: Posada es el más grande grabador mexicano de todos los tiempos. Su amplia producción gráfica (veinte mil grabados) y su extraordinaria calidad, lo elevan al rango de la primera figura latinoamericana de alcance universal.

A los dieciséis años, en 1868, ingresó al taller del maestro José Trinidad Pedroza que era en aquella época uno de los mejores de la República. Ahí se formó como ilustrador, dominando el quehacer de litógrafo. Muy pronto Posada creó su propio lenguaje y estilo apoyado en la realidad, no para imitarla sino para captar su esencia y transformarla en obra de arte. Su lenguaje posee un vínculo estrecho con el pueblo y su obra nace de la imaginería popular. En ella tienen origen elementos plásticos como los ahorcamientos, crímenes, fusilamientos o seres contrahechos… todos sus conceptos nacen de los acontecimientos cotidianos, los retoma, los lleva a sus placas e, incluso, hace que la obra supere su acontecimiento mismo dándole una dimensión de alto contenido expresivo.

A los diecinueve años, en 1871, Posada realiza su primera obra conocida: una serie de litografías con once asuntos de política local, para el periódico El Jicote de Pedroza. Dichas imágenes fueron todo un acontecimiento en Aguascalientes por su excepcional calidad y convirtieron a Posada «en el mejor caricaturista conocido hasta entonces en Aguascalientes.» Estos primeros trabajos lo anunciaban ya como habilísimo dibujante, litografías que fueron las únicas estampas en las que trabajó con temas y personajes de la tierra que lo vio nacer y en la que pasó los primeros años de su vida.

El 15 de mayo de 1872 se traslada con Trinidad Pedroza a León, estableciendo ambos un taller en la calle del Indio Triste que Pedroza le vende hacia 1876 . El orientó su producción en esa ciudad al amplio abanico de tareas comerciales para cubrir las necesidades de la vida diaria: caligrafía, estampas de santos, ilustraciones para libros, para cajetillas de puros, cigarros, cerillos, etiquetas para vinos y licores, felicitaciones de cumpleaños, viñetas, avisos de convivios, festividades patrióticas, graduaciones, bodas, sepelios y otros, cubriendo el gusto y necesidades de los industriales de la ciudad de León y de poblaciones aledañas. Fue en León, Guanajuato, donde Posada consolidó sus conocimientos y afianzó su trayectoria como ilustrador.

El 20 de septiembre de 1875, en León, contrajo matrimonio con María de Jesús Vela, una joven de 16 años, unión de la cual no hubo descendencia. En 1883 nació su único hijo, Juan Sabino; quien murió a la edad de 16 años (aclarar de quién es este hijo dado que se asegura que no tuvo descendencia con la esposa). No se sabe a ciencia cierta los motivos que impulsaron a Posada a trasladarse al Distrito Federal. Quizás la pérdida de familiares y de su taller por la catastrófica inundación el 17 de junio de 1888; posiblemente el deseo de probar fortuna.

La influencia dominante en él fue la de los ilustradores, románticos nacionales y extranjeros. En el taller se reproducían ilustraciones de libros importados de Francia, vehículo de la corriente romántica que invadía los campos de creación intelectual de todos los países.

Infinidad de periódicos solicitaban a Posada su colaboración, y el éxito de su trabajo demandaba cada día una labor más cuantiosa. Su espléndido dominio del oficio, puesto al servicio de su genio, le permitió alcanzar un lenguaje directo y vital, superando la trivialidad de muchos temas y alejándose de lo pintoresco y vulgar. Trabajó ilustrando numerosos periódicos: El Jicote, El Teatro, La Gaceta Callejera, El Boletín, Gil Blas Cómico, El Popular, El Amigo del Pueblo, La Patria Ilustrada. El Diablito Rojo, La Patria Festiva, Revista de México, La Risa de El Popular, Entreacto, El Chisme, La Casera, El Diablazo, La Guacamaya, San Lunes, Aladino, El Padre Padilla, Almanaque de Doña Caralampia Mondongo, El Paladín, Almanaque del Padre Cobos, La Patria, Fray Gerundio, El Fandango, y muchos otros.


Periódico «El Popular», 25 de enero de 1897, Posada participó ilustrando con imágenes este y muchos otros periódicos de la época.

Ya en la Ciudad de México alrededor de 1889—1990, Antonio Vanegas Arroyo contrata a Posada, ambos se identificaron tanto con su público como con el pueblo. Posada ilustró durante 22 años alrededor de 300 cuadernillos para esta editorial. En esa época, un peón de cualquier trabajo ganaba un peso diario. La gente del pueblo no podía gastar toda su jornada en un libro, pero si adquirir un cuadernillo con cubierta de Posada por unos centavos. Los dos pilares en aquel entonces del diseño editorial y el grabado en esa editorial fueron Manuel Manilla y Posada, quienes ilustraron cancioneros, cuentos, sainetes, pastorelas, adivinanzas, epistolarios, colecciones de versos, manuales de cocina, muestrarios para bordados y tejidos, silabarios, oráculos, novenarios, manuales de prestidigitación.


Cuadernillo de Muestras para Bordado, Cuaderno N° 2, ilustrado por Posada cuando trabajó en la Editorial Vanegas Arroyo.

Al estudiar los orígenes de la iconografía de Posada se perciben sus conocimientos y la formación visual basada en la observación de los hechos populares de su época y en la «alta cultura» accesible entonces, por transmisión oral y escrita de ideas y técnicas o el trato cotidiano con amigos y compañeros de trabajo ilustrados. El siglo XIX es el siglo de oro del arte popular. Al liquidarse las ideas absolutistas del poder divino de los gobernadores, nacieron las libertades de pensamiento, políticas, sociales, religiosas, que suscitaron la libertad de expresión y de creación. Los artistas representaron sin censura sus conceptos plásticos, emancipándose de las rígidas tradiciones impuestas por el despotismo del Estado y la Iglesia. Posada además trabajó conceptos populares importantes en esa época: los cancioneros o corridos, así como los cuentos clásicos infantiles.

Un buen grabado requiere, aunque resulte ocioso indicarlo, de gran paciencia y «Don Lupe», como le llamaban sus amigos y colaboradores, contaba con esa virtud para realizar sus placas y darles la expresión y el sentimiento necesarios. Conjuntamente realizó carteles y programas de mano para difundir los espectáculos públicos del México de finales de siglo XIX y principios del XX. Los programas de mano eran repartidos en la calle promoviendo corridas de toros, circo, funciones de cinematógrafo,  teatro o peleas de gallos. Posada trabajó en gran parte para escenarios de barrios, sobre todo para el Teatro «Guillermo Prieto». Era usual que los programas fuesen de dimensiones reducidas, para no incomodar al de al lado; en hojas de papel de china de colores, a los más pequeños y delgados se les conocía con el nombre de «tiras».2

Posada transita a la experimentación formal, social y política de las «calaveras», si la muerte es la gran niveladora, su presentimiento dibujado facilita críticas y panoramas corrosivos a cuenta de una «fraternización en la tumba». De ahí que la herencia mayor de Posada sean las calacas, síntesis final de nuestra propia herencia.

¿Quién es La Catrina?, esta imagen se ha convertido en un ícono picaresco de la muerte por la coquetería y alegría que emana. Creada hace 101 años, durante el Porfiriato, continúa representando con ironía una relevante clase social mexicana; además es parte de la cultura mexicana. La calidad de cada una de las «calaveras» de Don Lupe, es notable, sin embargo, el gusto del pueblo mexicano eligió una que transformó en símbolo nacional: La Calavera Catrina. Nació con el nombre de «Calavera garbancera» haciendo referencia a los garbanceros –gente ordinaria, descortés, maleducada–, generalmente indígenas, que renegaban de sus costumbres, cultura y nacionalidad y que al mismo tiempo vestían e imitaban los hábitos europeos. No tiene ropa, sólo un sombrero de ala con plumas de avestruz al estilo francés. Con esta representación, Posada criticaba a aquéllos que aparentaban un estilo de vida que no les correspondía; sus calaveras, burlonas, sarcásticas y hermosas, atestiguan el carácter de la vida como algo poco digno de tomarse en serio. Universalmente conocidas, son la muestra más acabada de su arte y estilo.


Remate de las calaveras alegres y sandungueras.

El rasgo singular de las imágenes de Posada —único también dentro de los límites del arte popular— no es que sus grabados sean descripciones magistrales del mundo de la gente pobre, de los diferentes tipos populares, de las escenas de la vida cotidiana. Lo extraordinario es aquéllo donde estriba su importancia histórica, socio-cultural y artística: el hecho de que haya manifestado ese mundo marginal tal como lo ven quienes lo integran: hombres en la calle, en la pulquería, la mujer en la cocina, la comadre de los mercados. En aquellos grabados se expresa el pensar y latir del pueblo mexicano.


José Guadalupe Posada a la entrada de su taller en la ciudad de México. ca. 1898-1899.

Como parte del pueblo que era, veía y expresaba solidariamente, fue un grabador típica y cabalmente popular de México, cuya gente fue protagonista, y él, con su arte de juglar le hablaba al pueblo de sus cosas, luchas y necesidades, con su propia imaginería y sentimiento. Creó su obra sin clara ideología política, con espontaneidad e imaginación, y sabiendo, sintiendo, viviendo las luchas de su pueblo, con el cual sigue soñando en la fosa común del Panteón de Dolores.

Posada dejó impresas en publicaciones y hojas sueltas las noticias, la protesta, el amor, la ira y el sarcasmo, es decir, la conciencia de sus contemporáneos y una parte de la historia del arte mexicano, como uno de sus mayores exponentes, y sin la intención de hacerlo. Posada murió el 20 de enero de 1913. El acta de defunción menciona que a las nueve de la mañana José Guadalupe Posada fallecía de «enteritis aguda, consunción», y se le daba boleta para ser enterrado, gratuitamente, en la sexta clase del Panteón de Dolores.

Author
Carla Santana San Luis Potosí
Edition
Luz Del Carmen A. Vilchis Esquivel Ciudad de México
  1. José Guadalupe Posada a 100 años de su partida. México, Índice Editores/ Iconos de Siempre. p. 22
  2. De los Reyes, Aurelio (2010) ¡Tercera llamada, tercera! Programa de espectáculos ilustrados por José Guadalupe Posada. México, Instituto Cultural de Aguascalientes. p. 13

Published on 28/06/2013

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