Erick Bojorque Pazmiño

La antropología y las expresiones creativas

La antropología como expresión del conocimiento puede ser corrompida si el analista es corrupto en sí mismo.

Existe una realidad que es la antropología como ciencia y otra que son las expresiones creativas identificadas como los elementos culturales de una sociedad. No podríamos prescindir del ser humano convertido en la razón misma de la antropología y en la unidad básica de una condición social que se expresa. La persona, el individuo social, es en realidad el principal protagonista de toda escena y situación de vida y de cada ciencia, teniendo la antropología una particular salvedad que la distancian beneficiosamente de las demás condiciones. Esa salvedad es el hecho de que, en esencia, la antropología estudia la condición humana, estudia al hombre mismo, se estudia a sí misma, lo cuál la privilegia; pues: ¿acaso existe otra manera de comprender el mundo, la vida, si no es comprendiéndose a uno mismo? No puede existir expresión creativa si no existe en principio alguien que la encuentra, alguien que ha hecho su propio estudio antropológico.

«Deseos de conocer lo desconocido, de controlar lo incontrolable y de traer orden al caos tienen su expresión entre todas las gentes».

(Kottak: 4)

Entre la humanidad entera. Las preguntas claves, las preguntas falaces y aquellas terribles sobre la existencia nacen del deseo. No podríamos establecer una fuerza mayor para mover las riendas del aparataje humano, ni podríamos encontrar razón en ello, pues el pensamiento venido de imaginarios, de ideas, de ilusiones, no logra asidero si el deseo no insiste en conseguir su manifestación. El deseo es, por antonomasia, el audaz enemigo que quiere lo imposible y el imponderable argumento de la acción personal y por tanto del colectivo. Sin el deseo, la maquinaria, el dispositivo, la positividad, no logran adelantar su marcha. Existe deseo en el niño que busca con afán seguridad y existe deseo en la tribu ancestral que requería respuestas a su condición de vida. Ese impulso que galopa en el interior de cada ser humano, en el corazón de su comunidad, es el impulso que agiliza para bien o para mal, sin que ninguno sea en esencia dañino ni beneficioso, la apuesta por el vivir, por el sobrevivir, por el ser.

Como somos la viva manifestación del deseo, entonces el hambre por conocer se mantiene en estado de permanente latencia, como la noche espera el atardecer o como la melodía a su creador, pues la novia que es el suceso espera a su príncipe azul el conocer sin la certeza de que llegare a aparecer. En el fondo mismo de la nadidad, en la profundidad del vacío, sabemos que el conocimiento es inherente a nuestra realidad ignota, a nuestra esencia perdida, y por ello lo buscamos con la desesperación del padre amoroso a por su hijo robado; robado, pues estuvo en nosotros y en algún momento, en algún esquema nos deshicimos de él o él se deshizo de nosotros, obligándonos a llenar ese hueco, ese vacío con la corrupción de lo sobrepuesto, de lo impropio hasta el punto de percibirse en el devenir que «no hay nada natural en el ser humano» (Cao: 233). Ese mismo deseo multiplicado por la familia, por la comuna, por el conglomerado, se manifiesta a raudales en ansias míticas, ancestrales, esotéricas, académicas, creando un propio argot, un propio lenguaje, un propio esquema de funcionamiento «que hace referencia a la coherencia simbólica del conjunto de las prácticas de un grupo particular» (Cao: 234). Nace así lo desconocido, aquello obvio y no visto, aquello imperturbable, dormido y hermoso, rozagante y aromático, que ha de ser tomado, asido y conquistado por el ansia de tenerlo: el conocer.

Con el conocimiento el ser humano se encanta y flirtea la arrogancia. Ya todo está bajo control, ya todo está dispuesto para vivir sin la zozobra de lo desconocido. Quiere imaginar que lo adquirido en sapiencia es lo real. Quiere ajustar toda la expresión natural a su descubrimiento y por todos los medios se idea grandes tertulias teóricas para sostener lo incontrolable, sin comprender que no se «pretende generalizar la particularidad, sino particularizar la generalidad» (Sandoval: 69). Goza por un instante de su ensimismamiento. Cree por todos los medios que el «eslabón perdido» está presente y el «mono que habla» que ha surgido. Elucubra y somete todo juicio a una realidad que es aparente. La antropología se vuelve esclava de la perversidad. Ya no es un estudio serio del ser humano sino una pantalla sobre la que se proyectan supuestos, sobre la que se proyectan artificios sin razón. Mira el antropólogo lo desconocido y lo controla con el intelecto minado de falacia ancestral. ¿Cómo podría el investigador ser un observador pertinente, un personaje imparcial y justo si no ha tenido contacto con la verdad, con la esencia, con su propio y auténtico conocimiento, si no ha logrado su propia realización, si no ha decantado sus deseos, si ha dejado la corrupción de lo impuesto?

Un hecho creativo es la viva manifestación del conocimiento logrado tras un evento tal. Existe creatividad en quién soluciona un problema como en el que desplaza un paradigma por otro. Existe creatividad en manifestar lo obvio, en lo que siempre estuvo ahí sin ser notado y que la genialidad puso en evidencia. Existe creatividad siempre en el silencio de pensamientos. Quién bulle de pensamientos no logra el conocimiento, no logra la creatividad. Basta con oír al maestro exhortando a sus discípulos a poner atención a sus palabras para que logren aprender.

«Una sociedad que no tiene un mito para soportarla y darle coherencia se disuelve» (Campbell: 2). El mito, aquella fabulosa narración que explica la realidad, no es más que el conocimiento de algo aprehendido individualmente y llevado al colectivo. Sin él no existe trascendencia para un grupo tal. El mito explica la forma, el modo y la travesía que tuvo el conocimiento en el avatar, el iluminado, el semidiós y la manera en la que se impregnó en él. Ahora se narra, se cuenta, se añade y se tergiversa, pero sostiene la identidad. ¿Cómo podría lograrse la capitulación de un pueblo si no es destruyendo sus saberes? ¿Cómo podría mantenerse un conglomerado humano si no es a través de pseudo-verdades que se transmiten de generación en generación? «La cultura se origina en conceptos inconscientes, mientras que la identidad, necesariamente consciente, hace referencia a la diferenciación cultural, que implica a la vez inclusión y exclusión» (Cao: 235).

Conclusión

Por lo tanto, las expresiones creativas nacen como manifestación del conocimiento encontrado a priori por un investigador preparado, sobre un acontecimiento o suceso más específicamente llamado situación, de donde pudo extraer ciencia, arte, filosofía y mística, los cuatro pilares de la sabiduría; para luego expresarlos, manifestarlos físicamente en sendos artilugios auditivos, táctiles, gustativos, visuales, olfativos, los cuales se convierten en verdaderos significantes de la cultura y en significados de la identidad llevados, en muchos de los casos, a referentes inmateriales o materiales.

El investigador preparado se convierte por derecho propio en el antropólogo de sí mismo, en el ardiente escrutador de la propia verdad, de la esencia y quinta esencia de su propia manifestación, de sus ciclos de vida.

Author
Erick Bojorque Pazmiño Cuenca


Bibliografía

  • Campbell, Joseph. El mensaje de la mitología.
  • Cao Leiva, María Victoria - Cuche, Denys: La noción de la cultura en las ciencias sociales. Buenos Aires: Nueva Visión, 2004.
  • Kottak, Conrad Phillip. Antropología Cultural. McGraw-Hill. PDF.
  • Sandoval Lutrillo, María Antonieta. Tú: moda y belleza más allá del texto, un análisis de recepción. Capítulo 5. Metodología Etnográfica. Tesis Licenciatura. Ciencias de la Comunicación. Departamento de Ciencias de la Comunicación, Escuela de Ciencias Sociales, Universidad de las Américas Puebla (Noviembre).

Published on 04/05/2016

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