Rubén Cherny

El instante creativo 2

Hay un lugar, un espacio, quizás un tiempo, difícil de describir, donde ocurre el proceso creativo. Comienza en un hueco, con algo que se hace con las manos, que buscan la aceptación del ojo, hasta que todo el cuerpo está en el agujero.

«El hecho creativo es la inminencia de algo... que no se produce.» (J.L.Borges)

Contrariamente a la concepción de la «idea pura», virginal e incontaminada, producto de la magia de un supuesto momento de iluminación, el hecho creativo del diseño depende antes que nada de su apuesta al conocimiento específico de la disciplina y a la cultura en sentido universal.

La idea del diseño moderno es la de aquel que se constituye en el rechazo a toda cosa superflua. Una síntesis de la forma, que condensa en el objeto útil la turbadora belleza de las herramientas. El camino más usual hacia esa síntesis es una tarea de pulido progresivo de una idea rectora, como las sucesivas correcciones de un texto al que cuanto más le quitamos, más le damos.

La creatividad requiere de la comprensión profunda del problema antes que del programa, del rigor, de franquear la barrera que separa lo verbal de lo icónico en el encargo del cliente, del trabajo sobre lo omitido más que sobre lo explícito del programa, del conocimiento exhaustivo de la técnica, de resistir a las tentaciones, de la fantasía. En fin, de esa estructura totalizadora del conocimiento en sentido universal, que está más allá de la disciplina y consiste en una búsqueda reflexiva que supone el abandono de los hábitos corrientes, para encontrar una unidad de correspondencias. Cuanto uno más sabe, es más libre.

Pero el conocimiento y la racionalidad objetiva, no estarían completos sin la inclusión, plena y sin culpa, de la subjetividad. La creatividad es un hecho interior que se acerca más a la idea de descubrir, que a la de inventar. Es una mirada hacia adentro para entender los mecanismos propios del pensamiento con que cada uno puede arribar al hecho creativo del diseño, que es no sólo la respuesta técnica a unos requerimientos, sino la comprensión de una posibilidad antropológica, vital, íntima, profunda.

Más allá de lo específico de cada encargo profesional, «la obra» es la construcción de un pensamiento y la continuidad de un pensamiento siempre en construcción. Un modo de ir agregando piezas a una gran estructura anómala, tramos de una búsqueda en la que los proyectos, más que parte de un mismo cuerpo, son fases autónomas de una contínua elaboración. Una experiencia íntima, y a la vez social, que no es otra cosa finalmente, que una indagación de los posibles modos de relación con lo que llamamos el mundo. La arquitectura y el diseño no son sólo la consecución de una producción con vistas a satisfacer una demanda, sino fundamentalmente un modo de conocimiento.

Des-cubrir, quitar un velo, de algo que ya está en la arquitectura. Hay una cortina, y se trata de correrla para que lo que está del otro lado, en la arquitectura misma, pueda hacerse presente. No estoy generalizando, es una experiencia muy específica, concreta y personal: en el acto creativo nos descubrimos a nosotros mismos. Entonces, uno se siente libre y tiene miedo, porque asiste a su propia intimidad preñada de infinitas cosas: padre, madre, barrio, hijos, amores, ilusiones, soledades. Se trata del extraño encuentro entre incógnitas que recíprocamente se develan. Hay una suerte de enfoque extraordinario, un punto de foco para cada proyecto, una intensificación del presente, que nos da la conciencia de estar vivos, realmente vivos aquí y ahora. Es, en el sentido más directo, una experiencia: una sensación física, una inserción en el mundo sensual.

Porque el proyecto no es sólo lo que es. Es también el lugar de la ilusión. Cuando proyectamos, hay algo más allá que nos fascina y, cada vez que creemos alcanzarlo, se nos escapa. Porque el proyecto no es sólo lo que es, sino lo que todavía no es. Lo que puede llegar a ser. Se apoya sobre un hueco, es una inminencia. Es Alicia que sueña con el Rey Rojo que está soñándola. El proyecto es un Aleph.

Hay un lugar, una zona, un espacio, quizás un tiempo, donde se da el proceso creativo. Es un espacio de la intimidad que es la extensión de una presencia. Lo opuesto a un espacio vacío. Ocurre en el taller, en la casa, en el colectivo, comprando el pan. Al acabar el día, lo que importa es esa cosa a la que uno se ha aproximado o que casi ha perdido. Algo que retomará luego en el sueño, luego al dia siguiente, luego... El lugar es un hueco o mejor dicho comienza en un hueco. Empieza con algo que se hace con las manos, que buscan la aceptación del ojo hasta que todo el cuerpo está en el agujero. Entonces, hay una posibilidad, pequeña, de que eso sea un lugar.

Es difícil percibir esto al principio y aun hoy siento que al comenzar un trabajo, a pesar de los análisis más serios, uno no sabe muy bien qué está haciendo. Pero está alerta contra soluciones fáciles, autoengaños, tentaciones o simplificaciones irresponsables. Se trata, por supuesto, de alcanzar mucha precisión pero eso no quiere decir que sepamos en todo momento qué estamos haciendo. Hay un punto del proceso creativo del proyecto que es siempre no verbal. Quiero decir que no tiene un ordenamiento lingüístico. Tampoco estrictamente lógico. Es un coronamiento. Durante el proceso de avance, es necesario volver a ese punto aun inexistente, para ver si estamos en el camino. A veces esa búsqueda se convierte en obsesión. Es un proceso de corrección constante donde los desvíos indican el camino. El proceso de la escritura es similar: correción de palabras, ideas, ubicación y pulido del texto. Un silencio difícil de alcanzar: como la buena poesía, la buena arquitectura se distingue más por el rumor de sus silencios que por la sonoridad de sus palabras.

Pero el verdadero secreto, el punto de inflexión y de calidad que no siempre alcanzamos, lo que finalmente cuenta, es aquello que no se dice. O mejor dicho, que se dice sin decir. Es por ese espacio fabuloso, por ese blanco que deja lo dicho (lo no dicho) que el receptor de la obra, mas tarde podrá ingresar. Un vacío que permite ser fecundado por el que la recibe: es la posibilidad de incorporación de la vida de las personas.

Solemos pensar que la arquitectura proporciona esa vida o que es tan grande como la vida, pero no es así. No se puede pensar la arquitectura o la ciudad sin pensar la vida de las personas. Su marco individual, la experiencia social urbana de habitar, la experiencia física de circular, las pequeñas cosas cotidianas. Dicho de otro modo, la experiencia de la cultura.

No hay otra matriz interpretante más fuerte que la vida de las personas.

Finalmente, hay una palabra que está en la esencia de la arquitectura pero solemos olvidarla, como olvidamos aquellas cosas que de tan familiares hemos terminado por no ver. Es la palabra amenidad. La verdadera modernidad estuvo siempre ligada a la extensión de los límites. La necesidad de «amenidad» en la arquitectura se vincula a esos límites. Surge de la soledad esencial del hombre arrojado al mundo. Es esa soledad la que lo llevó a levantar una piedra, ponerla en posición y luego poner otra arriba. Si tomamos conciencia de que estamos solos en primera persona del plural, la amenidad, la hospitalidad, la amabilidad, la receptividad son absolutamente naturales y no tienen nada que ver con las formas sólo exteriores de la cortesía burguesa. Porque hay otras formas de la realidad fuera de nuestro orden visible. Simplemente las cosas suceden, en la calle, cuando dos personas se miran. Los chicos lo saben mejor que los mayores, cuando les hablan a las cosas o se enojan y rompen sus juguetes. Las formas de la amenidad son manifestaciones de la intimidad... y también de nuestra subjetividad.

Author
Rubén Cherny Buenos Aires

Published on 29/01/2007

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