John A. Rey Galindo

Re-pensar el concepto de artificialidad

La noción de artificialidad ha sido un factor esencial en el impacto negativo que han tenido las creaciones del hombre en la naturaleza.

Bajo la idea de que el diseño debe asumir un papel responsable en relación al impacto que su labor tiene en el estado de la realidad, se propone con este breve texto, poner sobre la mesa el planteamiento de reconsiderar el concepto de artificialidad, partiendo de reconocer nuestra concepción como una de las razones fundamentales por las cuales el medio ambiente se encuentra en situación de riesgo. Entender lo artificial como un universo no solo independiente, sino contrario a lo natural, ha abierto una brecha conceptual que permitió que ignoremos las marcas negativas que deja lo desarrollado por el hombre en los sistemas naturales.

Aún cuando se reconoce que el sustento de lo que denominamos artificial está en la naturaleza, su desarrollo ha hallado cierto grado de independencia y se han trazado unas rutas en las que la referencia a lo natural ya no es clara. Como afirma Herbert Simon, «los objetos artificiales pueden imitar las apariencias de los objetos naturales sin tener, en uno o varios aspectos, la realidad de éstos».1 Bajo esa idea, a pesar de que resulta imposible desconocer que ciertos aspectos de los objetos se encuentran totalmente ligados con la naturaleza, su función y su uso han adquirido un grado de emancipación, pues su objetivo ya no se reconoce en esa dimensión natural. Es decir que el «para qué», tiene razones que escapan de las referencias que se toman de la naturaleza.

Con la creación de la artificialidad y a partir de la construcción del lenguaje, el hombre ha edificado también un mundo conceptual, el elemento más claro de independencia en relación a la naturaleza; un conjunto de estructuras simbólicas sobre las cuales ha encausado su comportamiento, y sus actos. Los fenómenos naturales e incluso los mismos objetos en sus características particulares, han encontrado fundamentos en el marco semántico que ha construido el hombre. Así pues, nace un mundo de signos, de significados, de valores. En este sentido la cultura se establece como la máxima expresión de lo artificial y se estructura de manera independiente. No porque no haya relación alguna con lo natural —existe efectivamente dicha relación a pesar de que esta mediada por los signos y valores—, sino porque en la construcción cultural se genera una realidad que podemos entender como realidad interpretada.

Para dar un ejemplo, la luna para los mayas era la diosa Ixchel, matrona de la preñez e inventora del arte de tejer, con quien los humanos tenían poco contacto y quien era esposa de Itzamná, el gran señor de los cielos, representado como el sol en algunas ocasiones. Esto evidentemente escapa de la mera percepción física de la naturaleza y se entrega a una realidad diferente, a un escenario artificial que parte de un sistema simbólico que construyó esta civilización y sobre la que ordenó los roles de sus integrantes y el funcionamiento de sus relaciones.

Basta con ver los objetos cotidianos. En ellos vamos a encontrar la manera en la que se arma la realidad para los sujetos que las concibieron y para quienes las adquirieron. Sus características tienen una relación directa con el marco semántico del grupo social; lo que no sólo le otorga ciertas particularidades, sino que le da un lugar en el imaginario, dejándolo como estructura material de un conjunto de signos y como elemento de representación de ciertas ideas, en la esfera conceptual.

Así pues, encontramos que nuestro mundo artificial es resultado de la transformación del mundo natural que nos rodea, al que sometemos a una interpretación, a partir de un sin número de inquietudes que nos asaltan. En este sentido, como diseñadores, debemos reconocer que nuestro marco de estudio no es la artificialidad per se, sino una artificialidad dependiente de un marco natural y cultural.

El diseño en las realidades

Mucho se podrá decir del rol, y con él de la importancia de la disciplina del diseño para los individuos y para la sociedad misma. Sin embargo, podemos encontrar que uno de sus grandes aportes, es su capacidad de establecer una conexión entre lo que entendemos del entorno material que nos rodea y los individuos. Bajo esa idea, su labor permite establecer lazos entre lo que se va comprendiendo en el terreno de la transformación del mundo (hallazgos tecnológicos) y aquellos para quienes dichos hallazgos pueden contribuir a mejorar sus condiciones de vida (comunidades). Es decir que el diseño es un socializador de conocimiento aplicado a través del cual se busca el bienestar de las personas.

Ahora bien, para llevar a cabo semejante empresa, es de vital importancia tener una claridad conceptual de las bases sobre las que se sustentan los planteamientos del diseñador. En éste sentido considero esencial la reconsideración del concepto de artificialidad.

En primera instancia, no es posible concebir lo artificial sin lo natural, pues definitivamente uno depende del otro, no sólo en términos de significación —comprender lo natural solo es posible si existe su contraparte—, sino que lo creado por el hombre depende en esencia del sustrato material que nos entrega la naturaleza. Bajo esa idea no podemos olvidarnos que existe una sola realidad, aún cuando esté matizada por nuestra intervención. El gran conflicto de hacer divisiones como las establecidas entre lo artificial y lo natural, tomándolas casi como dos realidades diferentes, es la posibilidad de ignorar que entre ellas hay un juego de relaciones, de dependencias y con ellas, de repercusiones.

Desde hace algunos años se viene identificando y reconociendo cómo nuestra artificialidad tiene un impacto negativo, significativo en las condiciones de ese mundo natural que hasta hace un tiempo parecía independiente de nosotros. Desafortunadamente, tal parece que incluso la naturaleza ahora depende de lo que podamos hacer para revertir la situación. Ha sido tal el impacto de nuestros métodos para explotar los recursos, que el planeta requiere que nuestra especie tome medidas al respecto. A lo largo de la historia, la naturaleza se mostró como un gran sistema auto-regulado que funcionaba en un equilibrio sorprendente; no obstante, las emisiones de gases nocivos, la tala de árboles, la producción de materiales no biodegradables, entre muchas otras situaciones, han hecho que en la actualidad nos encontremos en una emergencia particularmente grave, no solo por el estado de la afección de la naturaleza, sino porque el daño —que ha alcanzado dimensiones sorprendentes— no puede ser corregido de manera rápida y sencilla. Todo lo anterior alimentado por una estructura socioeconómica voraz —que ha hecho extremadamente difícil el tomar medidas correctivas significativas—, deja un panorama desalentador e invita a una reflexión profunda alrededor del fenómeno que estamos viviendo.

Lo anterior nos permite plantear que el definir al diseño como una disciplina de lo artificial, cuya función es la de establecer y proyectar un mundo de acuerdo a las necesidades del hombre, tiene implícito un riesgo extraordinario, que consiste en quitarle responsabilidad frente al contexto natural. La situación medio ambiental de nuestros días es un tema crítico pues, inevitablemente, de ello depende nuestro bienestar. Y aunque lo artificial se ha constituido como el marco sobre el cual la humanidad ha organizado su vida, resulta claro que, si la naturaleza desaparece, se queda sin estructura.

«Aunque lo natural pueda ser transformado en artificial a través de la acción humana, Simon reconoce que “el mundo en que vivimos es en mayor medida producto del trabajo del hombre o artificial, que un mundo natural”. Lo natural, en términos ontológicos, no es intercambiable con lo artificial». Victor Margolin2

Bajo esa idea, aunque es innegable que el diseño pertenece a la realidad material y cultural propia de lo artificial, podría concebirse ya no como una disciplina de lo artificial, sino como una disciplina encargada de proyectar el equilibrio entre lo artificial y lo natural, teniendo como premisa el bienestar de los individuos y de las distintas especies que habitan planeta.

¿Una ruptura de los límites?

Con el paso del tiempo el hombre ha encontrado maneras de transformar los recursos que la naturaleza provee. Diversas herramientas y procesos han surgido para someter la materia según los requerimientos. Sin embargo, estamos ante una circunstancia revolucionaria. Nunca en la historia de la humanidad se había tenido la posibilidad de modificar a la naturaleza en un sentido tan radical como hoy. Los avances en la ingeniería a nivel molecular y genético, han abierto por primera vez la opción de determinar qué características posee la naturaleza. La afirmación de Simon que establecía a la ciencia natural como “descriptiva”, en tanto que se ocupa de cómo son las cosas; mientras que definió la ciencia de lo artificial como “normativa”, en tanto se refiere a las metas y las preguntas humanas respecto de cómo deberían ser las cosas.3 Bajo esta perspectiva pierde toda validez. Pasamos entonces de aprovechar de un conjunto de propiedades que presentan los materiales a la circunstancia en la que es factible determinar dichas propiedades.

Lo anterior tiene un peso extraordinario en la vida de los individuos, pues no solo puede impactarlos a través de la modificación del medio en el que vivimos, sino que, como se viene reconociendo, la misma condición natural del hombre es susceptible de ser determinada. Este hecho es desconcertante, podemos plantear que es factible abolir definitivamente lo que conocemos como natural, pues ahora es posible que incluso manipulemos esa misma naturaleza y, por ser resultado de un proceso llevado a cabo por el hombre, se convierta en otro tipo de artificialidad.

Este delicado tema de tan profundas implicaciones, nos debe motivar a poner todo en una balanza, y hacernos la pregunta de ¿hasta qué punto es necesaria la artificialidad? Nuestro afán por estructurar nuestra manera no natural de vivir ha generado tal impacto en el mundo, que la opción de eliminarlo es totalmente tangible. Tal tema requiere de un análisis absolutamente sensato, pues como se viene mencionando, se han encontrado herramientas que pueden cambiar de manera radical las realidades tanto naturales como artificiales en las que nos hemos estado moviendo.

Ahora bien, siendo el diseño una actividad proyectiva, en la que buscamos establecer las características que poseerá nuestro realidad futura, debemos reconocer la responsabilidad que tenemos frente a las condiciones de vida de los sujetos, entendiendo que los alcances del diseño, por las características que posee, pueden afectar significativamente la manera en cómo viven y se relacionan los sujetos. A partir de ese punto, cada una de nuestras decisiones debe estar mediada por un pensamiento más que creativo, por una manera de concebir el mundo desde lo ético, procurando hacer del entorno material un proveedor de experiencias encaminadas al bienestar de los individuos.

Author
John A. Rey Galindo Bogotá

 

  1. SIMON Herbert. (1996). Las Ciencias de lo Artificial. Granada. Ed. Comares.
  2. MARGOLIN Victor. (2002). Las Políticas de lo Artificial. México. Ed. Designio.
  3. SIMON Herbert. Op. cit.

Published on 20/06/2012

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