DHUB (itativo)

Texto crítico sobre el Disseny Hub Barcelona, conocido también por su acrónimo DHUB, e impulsado por el Instituto de Cultura de Barcelona para «promover el conocimiento, la comprensión y el buen uso del mundo del diseño».

Victoria Combalía Dexeus Barcelona
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Proveniente de la informática, el anglicismo Hub identifica los espacios  «concentradores» o «centros de distribución», como pueden ser los grandes aeropuertos o estaciones de transferencia que reciben flujos de transporte e información de diversa escala, y diferentes lugares del mundo.

El poco claro y, para muchos, injustificable traslado de este concepto a la experiencia barcelonesa de los museos de diseño —un proyecto inspirado en la inextinguible influencia del arquitecto Oriol Bohigas— es el argumento central de este texto que, además, expresa gran parte de la lógica urbana y cultural de las metrópolis contemporáneas.  

Conozco a Oriol Bohigas desde hace más de veinte años y he tenido múltiples ocasiones de escuchar, en situaciones tanto oficiales como privadas, sus famosas boutades. A veces son para «épater le bourgeois», a veces dan en el clavo y a veces son tonterías que él proclama con total tranquilidad, imperturbable. Sus aportaciones a la política cultural de Barcelona dan un balance bicolor y siempre discutible: muchas cosas buenas, como hacer suya la proclama d'Eugeni d'Ors de «més biblioteques!» o sus estudios sobre la historia de la arquitectura en Catalunya, y muchas cosas fallidas, como el proyecto faraónico del MNAC (Museu Nacional d'Art de Catalunya). Siendo miembro (o «miembra», pues ya verán que todo llegará) de su equipo asesor entre 1992 y 1994, descubrí que no escuchaba a nadie. El proyecto de remodelación del MNAC ya estaba encargado a Gae Aulenti y ya iba por los 6.000 millones de pesetas gastados. Terminó costando alrededor de 20.000 millones y con una presentación tan miserable del arte románico (con muros suspendidos sobre el sufrido visitante, pasillos angostos, los ábsides a la vista como si de una obra de arte povera se tratara y piezas colocadas a nivel de perro o de niño gateando) que ahora, tan solo diez años después, van a cambiarlo. Todo esto pagado por el contribuyente.

En un artículo del 10 de diciembre de 2008, Oriol nos llama a todos aquellos que hemos firmado el manifiesto en contra del desmantelamiento del Museo Textil y de la Indumentaria de la calle Montcada «unos conservadores pintorescos» y añade que «suspiramos […] por la pérdida de los pequeños museos creados por el fraccionamiento franquista». Perdonen mi atrevimiento para contradecir a nuestro Rey Sol local pero sencillamente es el colmo. En primer lugar porque el Museo Textil se nutre básicamente de la Colección Rocamora y con el cierre de su anterior emplazamiento se incumple un contrato firmado entre el generoso donante y el Ayuntamiento. En segundo lugar porque no estamos en contra de ningún museo del Diseño sino de cómo y cuándo se hacen las cosas en el consistorio; ¿por qué, por ejemplo, cada vez que se proyecta algo nuevo se aprovecha para desmantelar una institución existente? En este caso, el museo que todos llamábamos «de la Moda» era un punto de referencia de la calle Montcada, era un lugar lleno de encanto y sus instalaciones eran fácilmente mejorables con el mismo presupuesto que ahora el Ayuntamiento se ha gastado en tan sólo una exposición temporal. La política museística de Bohigas, de la cual es heredera la actual, siempre privilegió los museos faraónicos. Quería que el MNAC fuera el Metropolitan de Nueva York y ahora querría que el del Diseño fuera el Victoria and Albert de Londres; olvida que nuestras colecciones no son las mismas y que nadie en Nueva York piensa cerrar la Frick Collection, ni en Londres la Wallace Collection, ni en París el Musée Moreau o el Musée Rodin, ejemplos todos ellos de museos pequeños. Para resumir, el Ayuntamiento ha cerrado el museo de la moda para ubicarlo en el futuro Museo del Diseño, que estará emplazado en la plaza de las Glorias con un proyecto arquitectónico del propio Oriol Bohigas. Entretanto, y para salir del paso o para dar un sueldo a cuatro amigos, se han inventado una parida mental llamada «DHUB».

No se sabe muy bien lo que es el «DHUB» pero para llegar a este nombre el Consistorio ha tenido que pagar a dos empresas de naming, lo que les habrá costado sus dineros (o sea, los nuestros). Sin embargo, si Uds. simplemente buscan la palabra «dhub.com» en Google encontrarán a una pequeña empresa inglesa dedicada a «hacer posible las ideas» y a albergar eventos organizados por otros. Antes se le hubiera llamado una agencia cultural y ahora un «hub», es decir, una red de distribución, con un vocablo extraído de la informática y del mundo de la aviación (un HUB es un gran aeropuerto). Pero esta idea tan simple se plasma en un abracadabrante desplegable municipal en el que leemos: «¿Qué no es Disseny Hub Barcelona?» Y seguimos leyendo: «no es un museo, aunque también lo sea. No es un centro de investigación, pero sí que lo es. No es un aula, pero a veces podemos decir que lo es. No es un lugar, pero lo será». Me vienen a la mente tanto Groucho Marx como Wittgenstein, quien estaría encantado con este buen ejemplo de falta de sentido.

O sea que han cerrado un museo, han colocado sus colecciones en una exposición temporal en un lugar remoto y sin una concepción museográfica de interés; se ha inventado una cosa que nadie entiende y que venden con toda la parafernalia del mundo; han convocado un concurso que nadie ha fallado; han programado un museo del diseño en plena crisis económica y todo esto ¿para qué? Me gustaría que nos lo explicaran, no a los firmantes del manifiesto (que no quedamos en modo alguno convencidos cuando se nos convocó a una reunión) sino al ciudadano de a pie. Como decía un famoso crítico italiano, ¿es posible que quien se ocupa de obras de arte, de centros históricos, de la administración del patrimonio cultural, sea tan insensible y privado de gusto? Para administrar la cultura se requiere conocimiento, inteligencia, sensibilidad y sentido común, virtudes prácticamente en vías de extinción en nuestros lares.

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Alejandro Gimenez
Mar 2011

Yo te lo intento explicar, Victoria: Las grandes infraestructuras culturales contemporáneas tienen un papel que va mucho más allá del alojamiento de los fondos de la creacion, eso ya lo sabes tú. Dentro, pasan más cosas. Además, en la metrópolis policéntrica que vivimos, consiguen regenerar tejidos urbanos, dar vida a barrios, generar áreas de nueva centralidad, promover el movimiento y el intercambio de bienes, servicios y conocimiento, produciendo efectos de intensidad urbana sin los cuales estas redes compactas que habitamos desfallecen y mueren.

Oriol Bohigas, más luces que sombras, seamos justos, lo ha sabido hacer bastante bien: con las bibliotecas y los centros cívicos, claro, pero también con los grandes equipamientos culturales de un Raval en el que había hambre, con la recuperación del eje de Montjuic del 29, olvidado contra una montaña militar, con la construcción de las áreas olímipicas en periferias obreras (sí, el deporte es también cultura, arte en ocasiones).

Criticar a los problemas de distribución o iluminación del proyecto de Aulenti en el MNAC —un proyecto dificilísimo en un edificio repulsivo—, o al traslado de la colección del Téxtil (¡qué traición imperdonable a los pobres Rocamora!) es ver la ciudad con mirada muy estrecha.

El DHUB nace con errores. Todos los proyectos, grandes y pequeños los tienen. Para empezar, mira, ya lo digo yo, está mal emplazado. No debería interrumpir una calle del Eixample. Pero eso no lo hace menos importante ni menos necesario. Necesario sobre todo contra quienes, como haces tú, ven «prácticamente en vías de extinción las virtudes del conocimiento, inteligencia, sensibilidad y sentido común en nuestros lares». En lo abierto del programa del DHUB está su enorme potencial, porque llega de la suma de muchas energías y voluntades, inteligencias, sensibilidades, conocimientos y sentidos comunes y sentidos poco corrientes, al lado, por encima y por debajo, en compañía y hasta de espaldas a Oriol Bohigas, al que conocerás hace 20 años, pero lo conocerás poco y mal: rey sol no le pega.

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