Cierra los ojos y piensa en un domingo de hace veinte o treinta años…
Quizá no comieras pollo asado, pero si paseabas por Valencia notabas como el aire estaba impregnado de ese olor. Había multitud de puestos por todas partes, como las castañas asadas o las luces en Navidad. Los sentidos asocian significados inconscientemente que permanecen en el recuerdo. Pero no en las calles. Al menos, no como antes. Y es que, aunque ahora los domingos huelan a todo tipo de comida para llevar, a mí me siguen oliendo a pollo asado.
Esa complicidad evocadora es la que necesita cualquier producto o marca. Y ese es el trabajo del comunicador. Los diseñadores somos comunicadores dedicados a conseguir que la identidad de una empresa, o su producto, entre en la mente del consumidor y se quede allí; se convierta en parte de sus recuerdos por ser capaz de conectar, evocar o motivar.
Cada vez que un producto sale al mercado, se asume que ha pasado por un proceso de investigación y desarrollo. Que ha sido testado y que cuenta con un valor inherente que lo diferenciará del resto de sus competidores. Da igual que hablemos de una mesa, que de una etiqueta para una botella de agua. El valor como a los soldados, se le supone.
Ese valor también se le supone al empresario. Es el que arriesga el capital y, por tanto, es el primero que tiene que tener la seguridad de que el producto o servicio que ofrecerá cuenta con munición suficiente para defender su cuota de mercado y, si es posible, conquistar alguna nueva posición.
Una idea (producto o servicio) no va al frente indefensa, ni pretende que la caballería —entiéndase aquí la acepción original— se enfrente a una división de blindados de última generación. Esto es, no se puede ir al mercado con una idea que no aporte un valor diferenciador, ni mucho menos se ganará nunca la batalla tratando de copiar los movimientos del enemigo, porque éste siempre irá por delante.
No se trata de cambiar por cambiar, sino de dotar de valores adicionales capaces de conquistar.
Que una silla sea funcional y ergonómica es lo menos que se puede pedir, pero ya no es suficiente. Ahora, esa silla debe adaptarse a los gustos cambiantes de la sociedad y, para ello, hay que empezar a preguntarse qué es lo que busca el consumidor y no qué es lo que hace la competencia.
La reconversión industrial no es un proceso de 24 horas. Cuesta años. Amortizar las inversiones en maquinaria y sistemas de producción, también. Lo mismo que cambiar la mentalidad de la sociedad y de los empresarios. Lo que pasa es que la sociedad española ya ha empezado ese cambio, mientras que su tejido industrial todavía no.
Hace diez años, empecé a interesarme por la incorporación de materiales sostenibles o la reutilización de productos industriales para desarrollar ideas, porque creo que cualquier producto o acción debe tener un alma.
Es una sensación agradable dotar de conciencia a un objeto o a un gesto. Tan agradable como que el consumidor tenga la capacidad de expresar su afinidad al poseer o actuar. Por que todo significa, incluso la indiferencia. Y, probablemente, lo hago por la misma razón que mis domingos huelen a pollo asado.
Se habla mucho del diseño, pero esta disciplina creativa aún no ha asumido el papel que le corresponde en la sociedad industrial. Y no lo digo yo. Lo decía —lo dice— André Ricard en una columna de opinión que certeramente tituló «De lo festivo a lo productivo». Decía el maestro que lo que se le pide tanto a una silla como a un exprimidor es que «nos facilite y simplifique la vida aportándonos comodidad»1. Y puede que eso sea suficiente para muchos diseñadores. No para mí. Creo firmemente que el diseño tiene que asumir el papel que le corresponde en la sociedad, y ese rol va más allá de su utilidad primaria. El diseño tiene que aportar valores añadidos. Tiene que mejorar lo preexistente. Y eso nos incluye también a nosotros.
Es importante educar a la sociedad —educarnos— en la utilización de recursos y materias primas renovables y con un bajo impacto medioambiental. Es necesario fomentar el crecimiento sostenible. Reorientar la filosofía de usar y tirar hacia la de reutilización. Y todo eso lo podemos hacer nosotros: los diseñadores.
Quizá, así, también tus domingos huelan a pollo asado.
Al decir que el diseño "tiene que mejorar lo preexistente", ¿en función de qué intereses considera que debe hacerlo? ¿Los de su cliente, que es el que paga la factura? ¿los del consumidor interesado en el producto? ¿los del resto del público que no tiene interés en el producto? Cabe la pregunta porque estos intereses generalmente están encontrados.
El diseño, por lo tanto, es el conciliador de intereses, a través del equilibrio. Mejorar en cualquiera de estas direcciones (fabricante o consumidor) será positivo si la mejora no implica por otro lado un perjuicio.
Para aportar ideas al lector, ¿podría mencionar algunos casos reales concretos en los que, aplicando sus convicciones y persuadiendo al cliente, haya logrado mejorar un producto industrial, incorporando materiales sostenibles? De ser posible, incluya imágenes ilustrativas.
Aquí presento tres ejemplos de mi autoría, el primero para Iser energías renovables y los otros para Grupo Lapalana.


Publicado el 15/07/2009

Ya no se puede hablar de diseño sin que este aporte valores añadidos. otra cosa es engañar al usuario y al cliente. y engañarnos a nosotros, porque somos responsables del hoy y el mañana. No es baladí que nuestra esencia profesional sea dar respuestas para mejorar... y no se puede mejorar con respuestas que sólo desvíen la atención sobre el problema a solventar. Gracias por este artículo.

Ana al igual que tu, pienso que aun no se le da la importancia que se merece el diseño, todo el mundo habla de diseño, pero cuando le preguntamos a alguien que es diseño, las personas no saben que responder, por la simple razón que el termino diseño se puso de moda y por eso todos lo usan sin saber que significa o cual es la percepción que tenemos los diseñadores sobre este termino, ya que pienso que nadie le puede poner el punto final a esta definición. Por esta razón al idear un diseño, debe ir mas allá de solo cumplir una función,debe ser atrayente para el diseñador como para el cliente.

El diseño esta en un proceso de renovacion,la sociedad esta totalmente ligada a procesos de desarrollo y es muy cierto Ana ,si se habla mucho de diseño pero no se asume el papel que le corresponde dentro de una sociedad que cada vez es mas exigente , pues veo que los diseñadores estan tan encerrados y con la mentalidad de ser cada vez mas competitivos en el mercado, pero no se dan cuenta que lo mas importante es dotar de valores adicionales capaces de conquistar.De ahy se demuestran que tipo de habilidades tiene cada persona y donde se ve exactamente la exclusividad de sus propuestas .

Ana, me identifico con tu artículo y considero importante que los diseños dejen de ser objetos que solo suplen necesidades y adquieran un valor simbólico más fuerte, entender los diseños como parte de nosotros y encontrar en ellos elementos que nos hagan «amarlos». En este momento realizo un proyecto con el fin de desarrollar utensilios comestibles, que dejen de ser objetos desestimados y a través del uso del alimento como utensilio, reducir el uso de materiales contaminantes y exaltarlos para darle sentido al plato y veo que la columna de André Ricard (luego de leerla) ratifica ese propósito.

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