«El infierno de los vivos no es algo que será es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio».
Italo Calvino, Las ciudades invisibles.
En un reciente encuentro sobre «La función social del diseño», el Prof. Raúl Belluccia sometió a debate una postura que a mi criterio no fue debidamente puesta en crisis por los otros participantes.1 Aunque sostengo diferencias también con las otras opiniones, me centraré en ésta por considerarla el único argumento completo sobre la cuestión que se expuso en la reunión.2 La posición de Belluccia podría resumirse aproximadamente así:
Si bien todo acto de diseño tiene una repercusión social, el diseño carece de una finalidad social propia. En tanto es una respuesta técnica a la demanda del mercado, no es dueño de los mensajes que produce sino que estos pertenecen al comitente. Por lo tanto el problema es político, no «diseñístico»: en la medida en que no haya un interés social en «las buenas causas» el diseño no tiene oportunidad de abordarlas, ya que sería imposible que los diseñadores acuerden per se qué causas son buenas y cuales no. Así las cosas, queda librado a cada sujeto aceptar o no el encargo según sus convicciones personales y los reclamos de su estómago y lidiar individualmente con las eventuales contradicciones que esto le depare.
Postular que no existe vestigio alguno de razonabilidad en este argumento, sería caer en la misma debilidad que le objetamos: el partir de posturas taxativas que conducen a un maniqueísmo3 excluyente de cualquier complejidad estructural. Aceptemos entonces, como petición de principio, que existe algún momento de verdad en esta idea, pero procedamos a sumarle algunas complejidades.
Referirse a «el diseño» como si se tratase de una unidad monolítica, es tan reduccionista y equívoco como la postura de quienes pretenden que «el mercado» es una totalidad homogénea constituida de modo conspirativo. Puede entonces, que el argumento funcione para lo que el propio Belluccia (junto seguramente con muchos otros) entiende por diseño; definición posiblemente válida pero no la única.4 Habría entonces que, antes de cargar de asertos el predicado, ponernos todos de acuerdo sobre el sujeto y esto, sospecho, está lejos de suceder. El diseño es un conglomerado ideológico, técnico, cultural y económico que acepta (o resiste) más de una definición.
Conviene no confundir lógica social de la profesión con causas sociales (sean del signo ideológico que fueren). Carecemos aquí del espacio para profundizar en el tema, pero si la cuestión va a debatirse seriamente es necesario diferenciar algunos términos como fines, valores, moral, ética, deontología, axiología y teleología, que no significan todos lo mismo.5 Forzar la cuestión a una dilematización entre Exxon o las Madres de Plaza de Mayo es minimizarla, como lo son también optar entre «diseñar o hacerse cartonero» y «hacer trabajos divertidos o los encargos aburridos del mercado».6 Pensar estas cuestiones desde un presunto «adentro» o «afuera», en una suerte de apocalípticos o integrados es una simplificación: el campo social es un territorio más complejo que una cancha de tenis con los mercaderes de un lado y los «buenos ciudadanos» del otro.
En el mismo orden de cosas del punto uno, pongamos en cuestión la idea de respuesta técnica. Sin entrar en los debates sobre la construcción de sentido (algunos muy serios, otros pseudos-intelectuales), digamos que esta concepción pasiva o a lo sumo traductoral del acto de diseñar es al menos cuestionable. Ante la idea de respuesta (considerada como abanico de opciones a una pregunta unidireccional, o como adaptación «neutral» de un contenido a una forma), considero la noción de propuesta como central a la función del diseño; entendiendo como propuesta no una manifestación egocéntrica sino la reformulación de la pregunta del otro por medio del diálogo. Esta reformulación no es a mi juicio opcional, sino una obligación profesional de quien es contratado por su presunta posesión de un saber y le otorga una participación activa en la definición de los mensajes más allá de la «propiedad» de los mismos (asunto también muy discutible por cierto).
Responsabilizar a los individuos en cuestiones que son de orden estructural no es la consecuencia natural de aplicar lógica formal a un par de proposiciones: es un hecho profundamente ideológico (y curiosamente posmoderno para una postura tan moderna). En palabras de Ulrich Beck, «se exige responsabilidad biográfica a situaciones sistémicas».7 Y se reproduce así un esquema funcional al status quo que refuerza el individualismo de una profesión incapaz de consolidarse como cuerpo. Es asimismo ideológico disociarse de la comunidad en que se actúa. Esta posición del profesional autoexcluido (hacia arriba) de un cuerpo social que no está a la altura de sus méritos morales tiene –se quiera o no– peso político y termina por encontrarse con la de aquellos que se jactan de «no trabajar para el mercado» mientras son subvencionados por los presuntamente genuflexos, venales, o estúpidos que sí lo hacemos.
El problema es político Y «diseñístico». Una corporación de varios miles de graduados y estudiantes es –lo sepa o no– un actor político. No por casualidad preocupaba tanto a hombres como Durkheim o Tocqueville8 el rol de las asociaciones profesionales en la construcción de la sociedad civil. Convendrá preguntarse cuánto de estas posiciones individualistas ha pesado para que la profesión haya sido incapaz en más de tres décadas de constituir una asociación profesional sólida.9
Supongamos por un momento que un amplio sector de los diseñadores entienda que el ethos del diseño es «apenas» el propio diseño. ¿Proponer políticas de diseño en un país que carece de ellas es acaso una tarea individual? ¿Controlar la calidad de diseño que los organismos públicos encargan con dinero de los contribuyentes puede hacerse de modo individual? ¿Desarrollar normas y políticas de calidad en los procesos de diseño y su gestión, acordes a las de las industrias más avanzadas es una responsabilidad individual? ¿Generar conciencia pública sobre el valor agregado del diseño en la economía, la influencia de su calidad en la cultura o la difusión de sus mejores prácticas es un ámbito individual? Excepto que supongamos que conviene dejar todo esto en manos de los ingenieros y los abogados, pareciera que hay mucho por hacer antes de escribir el código de ética.10 Obviamente la condición de diseñador no exige ser revolucionario, pero implica la pertenencia a un grupo profesional cuya lógica excede lo individual, aún en el disenso.
Entre los extremos simplificadores de Marlboro o Greenpeace (y sin extenderme sobre el error idealizante con que se juzga a ciertas organizaciones como la última), existe el infinito del diseño cotidiano en un país donde no hay dos tornillos de la misma medida y no sobra diseño sino que falta por todas partes.11
Ahora vayamos más allá. Imaginemos que en la pluralidad de nuestro espectro profesional haya otro sector de colegas que considere adecuado cumplir funciones de carácter cívico o solidario. Anteponer la imposibilidad de pensar uniformemente sobre los objetivos obvia la democrática posibilidad de discutirlos y en última instancia resolverlos mayoritariamente. La cuestión de la polución visual urbana (que no es un problema de profilaxis sino de apropiación de lo privado por sobre lo público), ¿puede encararse de modo individual? Sigamos imaginando: veinte mil asociados con una cuota accesible. ¿Cuántos estudiantes pueden perfeccionarse en el exterior con el compromiso de convertirse en mejores docentes? ¿Cuántos becarios para organizaciones de bien público pagándoles mejor de lo que obtendrían en el mercado? ¿Cuánto respaldo financiero para proyectos de interés social?12
Hace algunas semanas, tras dictar una conferencia en una facultad, preguntamos a los asistentes (alumnos de unos veinte años en promedio) si creían que había futuro para ellos. Una chica que parecía aún más joven de lo que era respondió: «Creo que tengo futuro si yo me lo hago, porque no puedo depender de nadie más». Sentí tristeza por ella, ya que construir un futuro en soledad me pareció una enorme responsabilidad para cargar a esa edad (y posiblemente a cualquier otra). Sin nostalgia alguna de militancias setentistas, recordé que por entonces yo pensaba que podría construirlo con otros. Lo sigo creyendo.
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