Uno de los mayores dilemas de «hacer diseño» en Brasil tiene que ver con cierta inmadurez de nuestra sociedad para comprender qué es la elegancia. Tal vez la culpa es de los guacamayos, loros, nuestra fauna y flora tropical, tan rica en colores que nos han acostumbrado a vivir con el exceso.
Tendemos constantemente a pensar que menos es poco. Alguien inventó que lo simple es poco. Creo que en el medio del camino se ha perdido el sentido mismo de la palabra simplicidad. Lo simple nunca fue poco, así como lo contrario de simple nunca fue bueno. Lo contrario de simple es «complejo», «complicado», «difícil», «exagerado». Esa tergiversación conceptual explica, entre muchas otras cosas, por qué tenemos que convivir con dispositivos electrónicos tan complejos, que nos hacen pensar que nos hemos vuelto ignorantes.
Mi esposa es profesora de Ingeniería en Sistemas. Fue desarrolladora de la base de datos DB2 en el laboratorio de IBM en Silicon Valley. Hace aAlgún tiempo, antes de comprar un iPhone, se sentía impotente porque no podía dominar un teléfono Motorola equipado con el sistema operativo Android. Google y Motorola tratan de convencerme de que debo leer el manual para aprender a cancelar una llamada hecha por error, ya que el teléfono no tiene tecla para cancelar. No me hagan pensar que soy tonto porque no puedo encontrar cómo detener una alarma que no para de sonar. No me digan que ocho horas es suficiente para una batería de teléfono celular, esa era la autonomía de aquél teléfono. El problema no era ella, el usuario; el problema era el aparato, que estaba mal proyectado para hacer miles de tareas inútiles y mal pensadas y que, como teléfono, era un fracaso. Era un dispositivo diseñado con tal torpeza que me pregunto... ¿quién lo ha probado antes de sacarlo al mercado? Más aún, ¿le habrán dedicado algún tiempo a probarlo? Tal vez no. Este es uno de los problemas actuales: la innovación debe llegar rápidamente a los anaqueles que no llegan a hacer las pruebas, o las hacen técnicos que no piensan como los usuarios. Muchas veces los daños a la marca son irreparables.
Tomemos el caso de Brastemp. Un cliente insatisfecho con el producto le hizo un gran daño a la imagen de la marca en las redes sociales. De hecho yo tengo una horno de microondas Brastemp que cuenta con 200 funciones inútiles. Entre ellas, una gran tecla para la función «A mi manera». Los legos en tecnología al ver esa tecla mágica seguramente pensarán: «¡Listo! Ahora, hicieron algo pensando en simplificarme la vida». Error: otra mentira de marketing. Casi nadie sabe que los hornos de microondas no tienen niveles de potencia intermedios. Solamente tienen un dispositivo que activa o desactiva la emisión de ondas. En pocas palabras: no importa qué botón aprietes en el hermoso panel frontal, el horno hará dos cosas: encenderse y apagarse. El nivel de potencia «50» se refiere a que estará encendido el cincuenta por ciento del tiempo y apagado el otro cincuenta por ciento, mientras tu comida gira en el interior. Esto refuerza mi teoría de que los mejores hornos a microondas fueron los primeros, que tenían solo dos botones de rotación. Uno de alta/baja potencia, y otro para el tiempo de cocción. Eso es todo. Simple y rápido. Ya no compro más Brastemp.
Hablando de simple... Pregunto a los diseñadores gráficos especializados en identidad corporativa ¿cuántas veces se toparon con la frase «Me parece muy simple» al presentar a un cliente una propuesta de identidad elegante y concisa? «Está faltando algo, hay mucho espacio en blanco, ¿para qué tanto margen en el texto? ¿Y si le ponemos una marca de agua? El logo es muy pequeño...», y más cosas por el estilo. ¿Será culpa del loro o del guacamayo?, ¡estos bichos con plumaje te tantos colores! Bueno, aquí hagamos un punto aparte. El «diseñador» que diseñó estos animales parece haber tenido un sentido perfecto de la armonía, el equilibrio y el ritmo de los colores. ¡El tipo es un profesional! Y luego, ¿el tucán? Cada color perfectamente aplicado y definido. Es la obra de un maestro. Pues bien, tal vez el problema está en la formación de quien interpreta ese repertorio.
El tropicalismo puede ser una fuente de inspiración para cualquiera. Algunos tienen la formación y la sensibilidad para interpretar el fenómeno y crear algo elegante, mientras que otros, menos entrenados o educados visualmente, generan con el tiempo la barbarie y la aberración. A menudo digo que cuando entro en el centro de mi ciudad, Porto Alegre, me cruzo con especies raras de guacamayos y loros. Al despertar por la mañana, abren sus armarios y tienen a su disposición toda la gama de colores de los plumajes de esas hermosas aves, pero la mayoría, sin embargo, carece de elegancia para combinarlos con equilibrio y armonía. Potenciado por toda la sociedad, este fenómeno puede ser el responsable de esa necesidad exageración y de que no se comprenda la belleza de lo simple.
En otro barrio de mi ciudad, exactamente el opuesto en relación con el perfil socio-económico, encontramos otra especie no menos rara de pájaros: los «pavos» y «pavas» urbanos. Cambian las etiquetas y los tonos de color del plumaje, pero el resultado es el mismo: adornos exagerados y parafernalia colorida, tantos dorados y plateados que se me antoja pensar que estoy frente a guerreros urbanos modernos. Cadenas y collares enormes, bolsas gigantes, anteojos llenos de firuletes, tacones enormes, varias piezas superpuestas, y lo peor, todo eso junto en un «conjunto», como dicen los consultores de moda.
Como nuestros loros y guacamayos del centro, estos pavos y pavas urbanas no fueron entrenados para ser elegantes. O más precisamente, no fueron entrenados para ver con ojos elegantes. La elegancia está en la esencia, en lo mínimo, en lo justo, en lo coherente, en la claridad , la objetividad, la relevancia, la pertinencia, en la delicadeza, en lo sutil, lo sugestivo; en fin, en la simplicidad.
Tengo la certeza de que no estamos listos para ser simples como sociedad. Tenemos un largo camino por recorrer. Tenemos que entender que más importante que lo que debe estar presente, es lo que debe estar ausente. Es tan importante lo que debemos hacer y como lo que no debemos hacer. ¡Es así de simple! Así como lo que hace a una letra legible no es sólo negro que la compone, sino también el blanco a su alrededor, en diseño, más importante que lo que hay que destacar es lo que se debe omitir. Es la búsqueda del impacto máximo con el mínimo esfuerzo. Y lograr ese objetivo es mucho más difícil cubrir el centro de la cuestión con exageraciones. ¡Ser complejo es más fácil!
Ejercitemos la elegancia. No más exceso de ornamentación, funcionalidades inútiles e información irrelevante. Los clientes necesitan saber que el acto de eliminar cosas es más difícil que el de agregar. Eliminar los excesos y dejar sólo lo esencial. Eso es difícil, y esa es precisamente la diferencia entre la complejidad y elegancia.
Publicado el 03/01/2012

Interesante esta frase «Es la búsqueda del impacto máximo con el mínimo esfuerzo.» Creo que para llegar a esa simpleza de la que hablas , debemos recorrer mucho camino antes, porque generalmente quien no sabe de diseño es quien pone todo, porque todo le parece relevante , logrando una propuesta caótica y excesiva . Llegar justamente a la simpleza es muy difícil, ya que se requiere de dominar el lenguaje de la forma, del color , del espacio y muchos bocetos hasta lograr decir mucho con poco.... así que todo este proceso si requiere de un esfuerzo mental y operacional.

No se trata de educar al usuario ni de caer en diseños recargados si no de ver la simplicidad del diseño como una forma estructurada, funcional y limpia, para comunicar, ademas de hacerle ver la funcionalidad del diseño al cliente, tomando en cuenta el contexto en el que nos encontramos, para ello realizamos un estudio del usuario, por medio de ellos sabemos a que nos enfrentamos, en que momento sera utilizado, el impacto en la introducción del diseño y la constancia con la que se impacte, pues no solo crear diseño si no como doy a conocer mi diseño.

Me encantó el articulo y las metáforas que usaste con los loros y Guacamayos. Casualmente me pasó lo que mencionas, le presenté 3 propuestas de logo a un cliente y me dijo que estaba muy 'simple' muy 'vacío' y que quería que le metiera mil cosas que representaban lo que él quería, es un problema lograr complacer a un cliente cuando desconoce el poder de la imagen, cuando no se alcanza a dimensionar lo que un pequeño error de exceso puede causar a su marca/empresa a futuro. Yo también odio esos teléfonos llenos de funciones innecesarias que cuando intentas llamar, la señal no funciona!

Considero que el articulo se enfoca hacia un modelo de pensamiento singular y cerrado . El diseño no es cerrado no podemos estandarizar lo que es elegante o lo que es vulgar mediante ausencia ornamentación, recordemos que los contextos son diferentes y lo que significa en china elegancia puede ser totalmente diferente a lo que significa en occidente , por eso Klaus Kripperndof habla de entendimiento de segundo orden que es lo que interpreta un receptor según su cultura , intereses etc.. recordemos no hay verdades absolutas en el diseño todo depende de un tiempo, espacio , contexto...


Simple es bueno. ¿Barroco no? La cultura latinoamericana en general, no solo la gráfica, ha sido descrita como recargada –de manera positiva– por muchos de sus principales estudiosos. Si lo que hacemos es comunicación, ignorar esa realidad no es muy conveniente aparte de que nuestro público promedio gusta de «adornos exagerados y parafernalia colorida».

Es muy difícil educar a la sociedad por distintos factores, pero no es imposible, muchas gracias por el artículo y creo que en nuestras manos esta provocar y bien lograr este cambio tan necesario en el diseño...

En un proyecto editorial sin buen fin, el cliente me solicito lo siguiente: «...conversando con la persona de Promoción Institucional y la Comisión de Medios lo que realmente están esperando es algo parecido al logo de la Revista (la palabra XXXX) que apareció en el encarte que se publico en el 2009. Sugieren que sea esa palabra XXXX tal y como aparecen alli sumándole el logo actual de la Empresa + el logo aniversario». Aun conciente de que la tropicalidad exige su cuota de abundancia, hay limites.

Una simple palabra, en diseño grafico, no existe lo «lindo» u «estetico» debe funcionar, no por que no sea una pieza tridimensional y podria notarse menos el echo de que no funcione no tiene una prioridad destacable el tener que buscar la simplicidad de resolver 1000 palabras de un cliente que quiere describir su identidad y como si fueramos una especie de Shamanes traspasar toda esa informacion, volver a re armarla y resolverla en una sola imagen que puede ser a simple vista resumida, pero es la concretacion de ese todo en algo realmente genuino... y no creo que realmente sea facil lograrlo.
Hola Avalus, yo creo que en DG existe, también, lo lindo y lo estético por lo menos ocidentalmente hablando jajaj. Por qué crees que no ??

Não penso que nossa tarefa seja desenhar para os clientes. Desenhamos para a sociedade. Também vejo que muitos comentários tem foco apenas na questão do design de comunicação, e não no design como um todo. Não sou defensor do racionalismo extremo da Bauhaus e de Basel em todos os momentos do design. Mas para mim é claro que toda a solução para um problema, quando for simples, acaba sendo a mais elegante. O texto aborda muito mais a idéia do excesso desnecessário, oposto à elegância, do que a questão da adequação do design ao publico a que se destina, que é algo básico no briefing de projeto.

Como ya lo dijo el maestro Gabriel Simón, esto depende de para quien diseñes (no tu cliente, sino el auditorio); si tienes un cliente con un vagaje cultural cargado, lo más coherente es que cargues tus contenidos; eso depende de la pluralidad y la facilidad que tengas para adaptarte; no siempre menos es más.

Agradeço todos os comentários. Envio um link de um projeto do meu escritório, que irá despertar diferentes reações em todos, justamente por ser referente a uma instituição com raízes na cultura latino-americana.
Penso que este é um trabalho onde complexidade e simplicidade caminham juntas. Seria muito bom ouvir a opinião de colegas latino-americanos sobre este projeto. Seguem os links para projeto de identidade da UNILA - Universidade da Integração Latino-Americana:
http://www.verdi.com.br/aguarde/#unila-1
http://www.unila.edu.br/
http://www.neossinapses.com.br/2009/04/a-marca-da-unila/

Creo que con el diseño gráfico, ocurre lo mismo que con la fotografía. Todos tenemos nuestro top ten estético, y la Instamatic permite hacer las imágenes que queremos. Papagayos o golondrinas todos vuelan.
Quiero decir, que así como la biodiversidad enriquece el hábitat, porqué cincunscribir y delimitar el gusto a una sola especie ?

buenísimo! soy artista y este es uno de mis ejes de trabajo, me gusta que mis obras reflejen eso y lo lleven a la mente y el alma. El razonamiento y el alma más simples nos hacen más libres! ¡viva la vida con menos adornos!


A veces me da la impresión que los diseñadores latinoamericanos hacemos cruzadas sin saber muy bien a quién y para qué adoctrinar a alguien. Nos convertimos en fundamentalistas miópes que repiten los viejos esquemas europeos cuando no es el tiempo ni el lugar adecuados. Decantar en un mensaje depurado que únicamente entienden los iluminados nos pone a predicar en el desierto. ¿A quién va dirigido nuestro diseño? ¿Diseñamos para los diseñadores? ¿Tenemos que adoctrinar a nuestros clientes para que acepten nuestras ideas? ¿Porqué no aceptar la pluralidad? Demasiadas preguntas que no son simples

Es como la eterna lucha entre el bien y el mal, parece que no tiene fin, estaremos obligados a ser docentes de nuestro propio trabajo explicando por que menos es más y mejor

Los diseñadores herederos de la larga tradición Bauhausiana de una asepsia formal y cromática, que supone el ornamento como delito (Adolf Loos) o pecado. Los latinoamericanos, producto del mestizaje español, portugués, africano e indígena, tenemos el síndrome del «horror al vacío», acrecentado por un clima y paisaje generosos. No estamos acostumbrados al «menos es más». Los diseñadores no podemos predicar como monjes franciscanos ante la exuberancia y lujuria de nuestras raíces. Tenemos que ser congruentes y diseñar para esta pluralidad étnica y no para la severidad monoracista europea.

El artículo me recuerda una de las primeras lecciones de fotografía que me marcó definitivamente (tiempos de la fotografía argéntica). Disuestas en una gran mesa, las 20 mejores fotos que había seleccionado de un trabajo de campo en los Andes centrales. La profesora nos dice, ahora rompan 19 fotos de las 20. Me tomó una hora hacerlo, dolor y rabia pero lo hice. Solo 1... lo decía todo. Simple, concreta, belleza, evocación, emoción, mensaje, significado... esencia. Llegar a lo simple toma muchas veces caminos complejos.

En una ocasión quise hacer una identidad visual completa a un color. El resultado me gustaba, era elegante, sobria, muy conceptual. Mis colegas alababan la ejecución y yo, más seguro que nunca, me fui a mostrarlo al cliente. La respuesta fue... «no me gusta, es simplón, no llama la atención». En ese momento, preso de una ira que me recomía por dentro abrí mi macbook, apliqué un degradado entre dos tonos del naranja más vibrante que encontré y le pregunté: ¿Y esto? ¿Le gusta ahora? En ese momento le cambió la cara y me dijo «Me encaaaaaanta». Soy Europeo, pero aquí también hay tropicolorismo.


Me gustó mucho este artículo. Acá en Medellín, Colombia, sí que sufrimos de ese mal. Como derivado de la cultura narcotraficante de los años 80, el modelo de belleza femenino es sobrecargado de cirugías estéticas, ropas estrambóticas y cuanta moda extraña se muestra en la zona de farándula de los noticieros. Es triste, pero solo pocas mujeres se percatan de la simplicidad que las hace ver bellas.

En Perú también tenemos ese problema producto de la inmensa diversidad.

Se busca una forma pura y racional derivada de la premisa «menos es más», haciendo especial énfasis en las cualidades abstractas y geométricas de los materiales y en el papel de la estructura y la construcción en el proceso de diseño. Dieter Rams opina que el buen diseño significa el menos diseño posible. Sin embargo la sencillez de la forma, propugnada por Gropius y sus seguidores, trajo consigo un «aburrimiento» generalizado, Ettore Sottsass dijo:»...con menos los italianos nos aburrimos».


En todo este discurso, a priori tan teoricamente asumido por todos los agentes del diseño desde hace décadas, no olvidar que lo diseñado trasmite también componentes simbólicos que, en ocasiones, son aún más relevantes que lis funcionales. Por favor, levanten la mano aquellos que compraron su auto atendiendo únicamente a sus valores de transporte y economía. Sí, algunos necesitan mostrar de lejos un hermoso plumaje y para ellos habrá también sus objetos de diseño adecuado.

La armonía de función es un principio del diseño. Un tornillo y una tuerca deben servir para lo que se diseñaron, deben embonar a la perfección, tener la resistencia necesaria, las especificaciones ergonómicas, etc. Lo más importante es que el diseño debe servir para un fin y así lograr la integridad en su diseño. Ya sólo le faltaría lo aparente, la estética, la elegancia, etc. Lo mismo sucede en el diseño gráfico, comunicar el mesaje es lo primero, lo bonito viene después. Cuantas veces se nos olvida eso. No olvidar también la influencia de lo subjetivo, lo subliminal, que nos hace ver bueno lo que no lo es o alrevés.

El tropicalismo no es exclusivo de Brasil, sino de muchos clientes a los cuales les gusta poner su última e ignorante palabra sobre el trabajo del otro, con no menos derecho por cierto, pero es ahí donde el diseñador debe saber equilibrar ambas opiniones en una propuesta que satisfaga ambas partes.
En muchos casos el diseñador deberá tomar el rol de educador para hacer ver al cliente el porqué ciertas decisiones que pudieran parecer antojadizas son en realidad códigos bien fundados que se manejan a la hora de comunicar.

Lo anterior nos lleva a reflexionar sobre la «ley de la parsimonia» o el «principio de la sencillez» contenido en el término «navaja de Ockham», planteado en el siglo XIII por el fraile franciscano Guillermo de Ockham. Sujeto a la pobreza extrema propia de su congregación religiosa, rechaza lo superfluo y exige la simplicidad en la formulación «no hay que multiplicar los entes sin necesidad» (entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem). En la navaja de Ockham yace implícita la idea que los elementos innecesarios provocan un descenso de la eficacia de un diseño y aumentan la probabilidad de que se produzcan consecuencias inesperadas.

Muy buen artículo, mas aún porque proviene de una auto-crítica de un brasileño. Parte del problema proviene de los clientes, quienes generalmente de jactan de tener «buen gusto» y aplican parámetros incorrectos de apreciación, es como si la visitar a un médico le dijéramos, «Dr, prefiero el Paracetamo a la Aspirina», el galeno sabe y estudió para recetar lo adecuado. Finalmente, lo simple generalmente es bueno, mas aún en comunicación visual.

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