Un día, paseando por la calle, vi una piedra en la acera. Siguiendo uno de esos gestos reflejo que guardamos de nuestra adolescencia, mi primer impulso fue darle un puntapié. Sin embargo no lo hice. Y no es que lo hubiera pensado, pero pasé de largo sin tocarla.
Este hecho banal hubiera podido pasar desapercibido como tantas otras cosas que nos suceden a diario, sin embargo, en esta ocasión me detuve a pensar en como se había tomado esa decisión. Desde luego mi yo conciente no había sido. Si él no lo había decidido ¿quién lo había hecho?, ¿cómo se había forjado esa decisión?, ¿qué conjunto de circunstancias había concurrido para adoptarla? En algún lugar de mi mente se había montado un proceso que enjuició el gesto compulsivo que me proponía acometer e hizo que lo detuviera.
Albergamos en alguna parte un sistema espontáneo y muy sensato, que juzga lo que vamos a acometer de modo «vegetativo». Se establece un juicio muy simple, sin matices. Como una suerte de semáforo binario que nos dice «adelante» o «detente». En esta ocasión consideró ese gesto inadecuado y lo freno. La orden era tajante, no obstante ¿qué datos debió tener en cuenta para adoptarla? Por muy instantánea que fuera, la valoración se habrá basado en los pros y los contras que ese impulso podía provocar. Unos datos que tuvo que extraer en un instante al percibir todo el contexto de lo que allí estaba ocurriendo. Ello supuso una rápida evaluación del calibre de la piedra: tamaño… densidad… peso… esa piedra era un proyectil de características dinámicas óptimas. También estimó la distancia entre mi pie y la piedra… la velocidad a la que me iba desplazando, algo que aumentaría la fuerza del golpe… un suelo liso seria una excelente zona de despegue… la piedra no encontraría obstáculo alguno que frenara su recorrido. Todo ello daba una idea del alcance del proyectil y de las direcciones de tiro posibles. La fugaz visión del reflejo de unos cristales y de gente acercándose dentro del polígono de tiro. Todo eso lo visualizo mi mente en un instante, como en una secuencia filmada de lo que podía ocurrir… y no le gusto. Es esta visión premonitoria de lo que puede acarrear un gesto, un acto o también una palabra, lo decide si conviene acometerlos o evitarlos. En este caso dictamino que ese impulso se refrenara y mi pie paso al lado de la piedra, como si nada, sin tan siquiera rozarla.
Pero estas visualizaciones premonitorias sólo son posibles porque disponemos de un nutrido banco de datos, fruto de experiencias anteriores. Este bagaje de vivencias nos ha adiestrado a valorar lo que vemos e intuir lo puede llegar a ocurrir según las circunstancias. Es esa multitud de pequeños incidentes que hemos vivido o presenciado que, por extrapolación, vamos aplicando al hacer valoraciones. No sólo las aplicamos a las impulsivas como en la anécdota que he contado, sino también a las valoraciones totalmente conscientes. Así, cuando creamos efectuamos operaciones similares, si bien entonces, a la inversa. Utilizamos esta misma capacidad de visualizar in mente cosas que no existen, viendo como pudieran comportarse si realmente existieran. Partimos entonces de los datos objetivos de que disponemos a la vez que sabemos exactamente qué acciones queremos conseguir. Sobre esta base vamos construyendo en nuestra imaginación el perfil de lo que ha de ser el diseño perfecto, aquel que conseguirá lo que estamos persiguiendo. Visualizamos, de este modo premonitorio objetos virtuales a los que vamos dotando de las formas y los materiales que han de permitir cumplir nuestro propósito. Son ideas incorpóreas que sometemos a todas las pruebas que habrían de superar si fueran una realidad tangible.
Podemos así diseñar en nuestra mente formas y mecanismos de modo que esa visualización imaginada nos permita pre-ver cómo se comportara cuando se materialice en un objeto concreto. En base a esa pre-visión imaginaria podemos descartar o retener alternativas, según demuestren tener aptitud para cumplir las prestaciones que perseguimos. Es extraordinario ver cómo, de un modo espontáneo e inconsciente o, por el contrario, muy presente, disponemos en nuestra mente de un plató en el que podemos rodar esas «películas» que pre-visionan lo que serían tanto impulsos como diseños que aun no se han producido. Siendo esto lo que nos permite, tanto evitar errores como posibilitar aciertos.
Publicado el 12/02/2007
Es increible como nosotros, podemos explorar y visualizar cosas en nuestra mente, y luego expresarlas en la realidad en forma fisica, en algo.
«Lo esencial de la tarea de diseñar reside en la capacidad de imaginar cómo se comportaran las cosas antes de que existan.» André Ricard
Me pongo de pie para aplaudirlo! No se necesitan mas explicaciones.
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