Martina Flor Arce

Martina Flor Arce

¿Dónde está la inspiración?

Un cuestionamiento del imaginario común acerca de la posesión de la creatividad.

Hace unos meses, una alumna de una academia holandesa me entrevistó como parte de su trabajo final. En cierto momento me preguntó de dónde venía mi inspiración. Me pregunté qué era lo que ella esperaba de mi respuesta: ¿una persona, un lugar, un momento del día?

Sé a qué software recurrir cuando quiero hacer tal o cual cosa, o puedo definir qué materiales son más apropiados para determinados proyectos, pero éstas son casi siempre etapas posteriores a la aparición de una idea. ¿Dónde busco inspiración? ¿Dónde nace una idea?

Viví un año en Holanda. Cielo gris, días lluviosos, inviernos crudos. Este no es un paisaje que yo, nacida en Sudamérica, llamaría «inspirador». Sin embargo, fue un año lleno de pulsión, lleno de necesidad de hacer cosas, lleno de vida interior. He pasado días encerrada por culpa del clima, y desde mi computadora hice proyectos mirando el cielo gris sobre mi terraza. Este entorno poco amigable fue, sin embargo, testigo de un año que quedará grabado en mi cabeza como uno de los más creativos de mi vida.

No puedo nombrar un entorno ideal, tampoco un estado mental. He conocido nuevas ideas propias en mis momentos de ocio, tirada panza arriba en una playa. Pero también en mis momentos de trabajo más intenso, con sueño, estrés y regresos a casa tardíos, cuentas de supermercado y pilas de platos en la cocina.

Me encuentro ahora mismo en Dessau, Alemania. La habitación en la que estoy escribiendo este texto queda justo frente al edificio de La Bauhaus, la famosa escuela de diseño que marcó la ruta del diseño moderno. Levanto la cabeza y desde mi ventana veo este edificio, y me sorprendo cada vez de que no sea más que un edificio. Me pregunto si debería sentirme inspirada, si los objetos transportan algo de este elixir, si esa energía creativa de principios de siglo XX está contenida en la materia y circula todavía por ese edificio.

Edificio Bauhaus

Usamos habitualmente frases como: «Hoy estoy inspirado», «me inspiré» o «no se me cae una idea», y sin saberlo ubicamos a las ideas allá arriba en algún lado, un mundo superior de donde caen y nosotros las atrapamos si estamos lo suficientemente atentos. También hablamos de «fuente de inspiración», un estanco en donde nos agachamos y bebemos el agua divina que traerá ideas a nuestras cabezas.

En relación a esto, un profesor de creatividad aplicada de una escuela de diseño de Barcelona sostenía, agitando sus brazos en el aire, que las ideas fluyen y nosotros, los creativos, debemos estar despiertos para atraparlas. Qué estresante me pareció cuando lo dijo, cuántas alteraciones del sueño podía traer eso a sus alumnos. A la vez, ¡qué reconfortante podía ser para otros!, pues la idea ya está escrita, no hay nada por construir, vendrá hoy o mañana. Sentémonos a esperarla.

Mantenemos a las ideas en este mundo superior, a donde sólo las mentes más despiertas pueden acceder, los creativos. Una idea mezquina de la creatividad, la de pensar que sólo algunos iluminados tenemos acceso a eso. Fuera los doctores, los abogados. Fuera lo conductores de trenes y las cajeras de supermercado. Solo los creativos están invitados a la fiesta de ideas.

Hace unos meses, llegó a mis manos un video sobre Andrew Wiles, un matemático inglés que resolvió el famoso teorema de Fermat. El Profesor en Ciencia contaba su proceso para resolver un problema que cientos de matemáticos habían fallado en demostrar. Hablaba de teorías pasadas, de curvas elípticas, de logaritmos, y se le llenaron los ojos de lágrimas cuando llegó al momento de contar cómo había dado con «LA» idea que resolvió el teorema. Me quedé helada. Eso que creía mío estaba también en manos de un hombre, que trabaja con números y calculadoras todo el día, en una habitación blanca sobre un escritorio repleto de papeles. También me impactó su descripción del proceso, tan parecido al de un proceso creativo: la prueba y el error, tomar algo de aquí y de allá, tener referentes anteriores, encontrar una solución, corroborar, corregir, reformular. La idea «cayó» en un segundo, llegar a ella llevó años de estudio, horas de trabajo duro, pilas de papeles, litros de tinta, períodos de frustración y efímeros momentos de alegría.

Las matemáticas son abstractas, las soluciones son tangibles. Las ideas ocurren en todas partes. Soluciones creativas existen en todas las areas y por lo tanto todos somos responsables de traerlas a la vida. Sin embargo, hay una disociación entre el trabajo y la inspiración. Parecen términos practicamente opuestos.

Apelando al imaginario común, la inspiración es habitualmente asociada con un acto espontáneo, un sorpresivo aparecer de una idea o una imagen. La clásica foto del artista frente al lienzo, cuasi poseído, pintura en la cara y en las manos, pinceladas ágiles y expresivas. Del otro lado, la no inspiración la asociamos con momentos en que no podemos pensar en una solución, la frustración: una persona refregando sus ojos frente a la computadora cuando el reloj marca las tres de la mañana.

Inserto la palabra inspiración en un buscador de Google. Los resultados refieren a dos tipos de acepciones del término, por un lado a la inspiración como evento artístico, por el otro como un fenómeno fisiológico.

En lo relativo a la lectura artística del término, los griegos llamaban inspiración a un momento de éxtasis o furor poeticus, asociado con lo divino, en donde el artista recibía la inspiración de las musas, los Dioses. Más tarde, el Cristianismo consideró a la inspiración como un regalo del Espíritu Santo. Probablemente fue en esos siglos cuando colgamos las ideas de algún lado allá arriba. Luego vino un cambio de paradigma, y del Teocentrismo pasamos al Antropocentrismo, y toda la responsabilidad cayó sobre nosotros. Así es como Sigmund Freud en el siglo XX, situó a la inspiración en la propia psyque del individuo, y la definió como un brote de creatividad irracional e inconsciente.

En lo relativo al fenómeno fisiológico la inspiración se define como el movimiento del aire del medioambiente, a través de conductos, hacia el alveolo pulmonar.

En la misma búsqueda de Google hago click en la solapa de imágenes y los resultados son imágenes oníricas, cielos en fuga, atardeceres, ídolos de fútbol sosteniendo una copa, mujeres hermosas y lamparitas de luz. Entre estos encuentro una pintura de Caravaggio de 1602, «La inspiración de San Mateo», que representa un momento de inspiración del apóstol. La inspiración de San Mateo Ahí está él, apoyado en su mesa de trabajo, pluma en mano, y por encima de él un ángel, descendiendo de una dimensión sublime, envuelto en un lienzo blanco y divino, que con sus manos enumera el trabajo por venir. San Mateo, con una expresión seria, parece atento a las instrucciones de la inspiración divina. Curiosa representación de la inspiración como tareas por hacer.

Como contrapunto, mi hermano mayor, que es médico, imagina que un día de trabajo mío equivale a estar el 80% del tiempo rodando en mi silla con rueditas, mirando al techo, esperando a que «aparezca» una idea. Nada de mails, nada de estrés, nada de trabajo duro. Mi oficina queda en algún lugar de la city, lo suficientemente cerca del cielo.

El ocio está estrechamente asociado a la creatividad. Las agencias de publicidad amueblan sus oficinas con sillones, pufs y mesas de ping pong para crear un entorno propicio para la creatividad, amén de las campañas exitosas. Y en este contexto los directores creativos se toman la licencia de tener almuerzos de dos o tres horas.

Como diseñadora me beneficio personalmente de este «marketing del ocio» en nombre del cual he podido trabajar en lugares muy bien decorados, con paredes de colores y cómodos sillones. No obstante, esto no tiene una influencia aparente en mi proceso de dar con una idea. Requiere de mi parte una búsqueda, una investigación, un estudio y conocimiento profundo del sujeto y de la disciplina. En mi caso, las ideas surgen del saber lo más posible acerca del área en la que estoy trabajando. Conocer qué se hizo, quiénes, cómo lo hicieron, cómo se hace, por dónde se empieza, y cómo lo cuento. Reconociendo aquellos lugares inexplorados, o reformulando los ya explorados, abriendo nuevos espacios en los que trabajar es donde encuentro el terreno para crear algo nuevo. Cuando he dado en conocer una parte nueva del conocimiento pude articular nuevas ideas, pensar en proyectos, hablar de ellos. No importó si el color de las paredes era blanco o azul.

Bauhaus habló al respecto hace tiempo atrás. En el manifiesto de la escuela, Walter Gropius escribió que «no hay una diferencia básica entre el artista y el artesano. El artista es un artesano exaltado». Sostenía que «en esporádicos momentos de inspiración […], el arte puede florecer de la labor de sus manos, pero el trabajo (artesanal) es esencial para cada artista. Es ahí en donde yace la verdadera fuente de la creatividad». El conocimiento era la fuente de inspiración, el contacto con los materiales era vital para entender su comportamiento y aprender su lenguaje.

El lenguaje es palabras y textos, pero también las imágenes, la acuarela y el papel, la madera, el metal, los números y el código HTML; es todo eso que nos permite interactuar con un área del conocimiento y generar uno nuevo. A través del lenguaje nos comunicamos, nos expresamos, podemos nombrarnos y nombrar a otros, pero más importante: pensamos, podemos ponerle una imagen lingüística a nuestros pensamientos. De la misma manera las disciplinas hablan determinando lenguaje, y conociéndolo podemos hablar de sus partes, sus protagonistas, criticarlo y más tarde podemos pensar en nuevas ideas.

La inspiración no es entonces un brote irracional e inconsciente, como decía Freud, y no está «allá arriba» en algún lado en donde lo ubicaron los griegos. Está aquí mismo entre nosotros, definido por nuestro lenguaje y cultivado dentro de los límites de nuestro conocimiento. Gracias a él tenemos ideas que ocurren en este mundo y por él, por su impacto en nuestros sentidos, efectos que se cuentan y transmiten con nuestro lenguaje. Sin ello, no existen.

Tomamos del entorno conocimiento para volver a reformularlo, para volver a crear conocimiento. Repetimos sus partículas en nuevas estructuras, como los cromosomas se organizan para formar individuos únicos e irrepetibles. Inspirar es el acto de tomar aire. Inspirarse es tomar aire para volverlo a soltar transformado. Es absorber y expulsar. Es modificar eso que conocemos, hacerlo nuevo, propio, para que vuelva a ser de otros. Inspirarse es estudiar, trabajar, leer, mirar, ver. Inspirarse es conocer, saber y tener la certeza de que eso, eso que acabamos de atrapar es una idea nueva.

Publicado el 28/01/2012

159 opiniones

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