Seguramente Ud. conozca la historia de los dos borrachos que iban por las vías del tren. Iban como podían, es decir, en cuatro patas. Uno de los borrachos le dijo al otro:
—El arquitecto que diseñó esto es medio bruto ¡esta es la escalera más larga que he visto en mi vida!
—Es bien bruto ¡mira la altura a la que puso los pasamanos!—, respondió el otro borracho.
Me pregunto ¿cuántas veces nos ponemos voluntariamente en el papel de estos borrachos? Es decir, ¿cuántas veces nos comportamos como ellos? Lastimosamente, creo que muchas. Con la diferencia de que no lo hacemos con vías y escaleras, sino con piezas de comunicación visual.
Pero primero ¿en qué se equivocaron los borrachos? Y antes que eso ¿estaban realmente equivocados?
Si lo que tenían bajo sus pies hubiera sido una escalera, hubieran tenido razón. Una escalera de esa longitud y con los «pasamanos» a esa altura sería absurda y la persona que la hubiera diseñado podría ser considerada incompetente. Pero no se trataba de una escalera sino de las vías del tren. En este caso, las vías «estaban bien». Eran muy largas, sí, pero tenían la longitud necesaria. Y los «pasamanos» (los rieles) estaban a pocos centímetros del piso… el lugar correcto.
El error de los borrachos fue simple pero craso: evaluaron un objeto creyendo que el objetivo del mismo era uno (facilitar el ascenso-descenso de personas) cuando en realidad era totalmente distinto (posibilitar el tránsito de trenes).
La gente en general a menudo —y los diseñadores con cierta frecuencia— hacen lo mismo que los borrachos de la historia: al ver una pieza gráfica emiten un juicio de valor sobre la misma. Y lo que es peor, muchas veces hacen un juicio de valor sobre la calidad profesional de la persona que la diseñó. Y cometen el mismo error que aquellos: evalúan o critican la pieza gráfica sin saber realmente cuáles son los objetivos que debe cumplir dicha pieza o, dicho de otro modo, qué es lo que ella se propone lograr.1 En el mejor de los casos hacen como los borrachos: adivinan los objetivos, basándose en preconceptos. En la mayoría de los casos, sin embargo, omiten todo proceso intelectual (pensar o imaginar) y hacen un juicio injusto y hasta caprichoso, un juicio basado en la fatídica dupla «me gusta» y «no me gusta».
Criticar una pieza gráfica sin conocer los objetivos que ésta persigue o las necesidades a las que responde es tolerable en una persona ajena a la profesión. Después de todo, probablemente no sepa —ni está obligada a saber— cómo se diseña una pieza gráfica y —por ende— no sabe cómo evaluarla. Además, no tiene ningún compromiso con esta profesión.
Sin embargo este tipo de acciones es más que reprobable viniendo de un diseñador gráfico, porque se supone que sí sabe cómo se diseña y se supone que no debería olvidarlo por momentos. Pero sobre todo es reprobable porque no condice con la actitud de respeto hacia su profesión (y hacia sus colegas) que se esperaría de un profesional.
Por otra parte, hacer ese tipo de comentarios livianos sobre el trabajo de los colegas en presencia de personas ajenas al diseño puede influir de manera negativa el posicionamiento de la misma profesión en la mente del público. Al hacerlo, el mensaje que se transmite es algo así como:
Las piezas gráficas son buenas o malas según me gusten o no me gusten; los objetivos o funciones no existen. Por lo tanto, realizar una buena pieza gráfica depende sobre todo de tener buen gusto y un poco de suerte de que la mire alguien a quien sí le guste.
Para nada depende de que se hayan definido (o no) —antes de su elaboración— sus características, para que cumplan con unos objetivos determinados.2
Ayudemos a posicionar correctamente a nuestra profesión educando a nuestros interlocutores, concretamente a los que nos preguntan «¿qué te parece este logo? está bueno ¿verdad?» o «¿qué te parece aquél afiche? es muy malo ¿verdad?», comentándoles que no se puede evaluar una pieza gráfica desconociendo qué debe lograr o, al menos, reservándonos nuestros comentarios.
Publicado el 18/02/2008
Me pregunto si aquellos «borrachos» habrán sido arquitectos, o si por lo menos sus «preconcepciones,» en aquel estado, habrían cambiado.
No estoy de acuerdo en acallar las opiniones de nadie, ni siquiera los «ataques» de los colegas diseñadores.
El problema es el enfoque. Si vivimos en una sociedad tan atententa a la estética, ¿no es lógico que se preste más atención a ese apartado? Después de todo, la mitad del trabajo de diseño debe satisfacer las necesidades estéticas del diseñador, de antemano lamento si su opinión es otra.
Es necesario un instrumento contractual que permita al arquitecto o al diseñador obtener remuneración por el trabajo intelectual que involucra el desarrollo del proyecto, sea este implementado o no.
Propongo una reflexión sobre cierto tipo de argumentos que muchos diseñadores gráficos utilizan para justificar sus trabajos.
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