Artículo escrito en co-autoría con Natalia Delgado.
En mi labor como docente en la licenciatura en diseño gráfico me he topado muchas veces con protestas de los alumnos, al pedirles que investiguen sobre el trabajo de algún diseñador o que visiten una exposición de un artista. Muchos manifiestan abiertamente su desinterés respecto a conocer el trabajo de otros. “No quiero influenciarme”, dicen. Resulta curioso ese enfoque, evidentemente basado en la creencia en una “idea pura”, surgida de un momento de iluminación creativa, que sería la génesis de las mejores soluciones de diseño.
Se trata de una idea muy difundida, tanto en el ámbito educativo como en la práctica profesional del diseño. Algunos rechazan con apatía el análisis de antecedentes y prefieren enfocarse a crear aquello que su corazón les dicta para evitar “contaminarse” de la producción que les precede. Es como si temieran perder su “virginidad creativa” al entrar en contacto con soluciones preexistentes a problemas similares.
La fantasía del instante creativo casi mágico suele ser reforzada en la mayoría de los congresos de diseño, donde muchos conferencistas provenientes del mundo profesional se limitan a mostrar sus portafolios con divertidas anécdotas de cómo se “inspiraron” para alcanzar esos resultados. De esta forma los estudiantes se enfrentan a un abismo infranqueable, entre las anécdotas presentadas por sus ídolos y los ejercicios del salón de clases, donde su tarea no siempre consiste en diseñar portadas de discos de música pop. Algo similar ocurre al joven profesional, que no tarda en darse cuenta de que en la práctica real, los márgenes y la exigencia de creatividad no son iguales en todos los casos.
La sobrevaloración del instante creativo no es otra cosa que un menosprecio del conocimiento y de la formación cultural, tanto general como específica (visual, musical, literaria, etc.): ¿para qué estudiar y comprender el funcionamiento de las variables culturales, si existe una fuerza mágica, la chispa imaginativa, que iluminará la mente del diseñador-creador?
La fantasía de la inspiración creativa está ligada una fuerte necesidad de expresión que muy a menudo deambula en las aulas de las escuelas de diseño. Muchos de los estudiantes tienen una verdadera vocación artística, y encuentran en el diseño un medio con relativas perspectivas de rentabilidad económica, que les permitirá matar dos pájaros de un tiro: tener un espacio para manifestar sus sentimientos y emociones, y forjarse un futuro. Como en el mundo del arte contemporáneo la originalidad es el principal valuarte, sienten el mandato de buscar siempre “la idea única” que les otorgará el ansiado reconocimiento que merecen.
Si bien el diseño es una disciplina que muchas veces apela a la movilidad emocional, esto no implica que el desarrollo de todos sus procesos requiera un compromiso sentimental del profesional diseñador. Poner el foco en el aura emotiva del creador distrae la atención del verdadero sentido de la intervención: resolver el problema de OTRO en TODOS sus aspectos. Es absurdo confiar en que la inspiración fortuita e incontrolable pueda ser el camino para lograrlo.
No pretendo desdeñar el valor de la creación: etapa fundamental e inevitable en todo trabajo de diseño; sino poner las cosas en su justo lugar. El instante creativo casi siempre tiene muy poco de mágico y muy poco de instante. Las soluciones suelen surgir como resultado de procesos en los que la destreza plástica y la inspiración creativa solamente cobran sentido en la medida en que estén bien orientados. Y para poder determinar el rumbo correcto es fundamental:
Muy poco de eso puede lograrse sin tener un conocimiento profundo de la cultura visual, la cultura objetual, la cultura comunicacional, la cultura del hábitat, etc., según corresponda a cada profesional.
En esencia la búsqueda de la originalidad es imposible. Estamos constantemente influenciados no sólo por el trabajo de otros diseñadores o artistas, sino por todo lo que nos rodea. Cada producto que utilizamos, cada calle que recorremos, la música que escuchamos, el café que bebemos, todo aquello con que interactuamos diariamente nos provee de un cúmulo de influencias que modifica nuestra manera de ser, de pensar y, por supuesto, también de diseñar. En ese sentido, nuestra producción no es estríctamente nuestra.
No se trata entonces de rechazar la creatividad, sino de comprender que ésta sólo cobra sentido en la medida en que ayude a resolver adecuadamente el problema del cliente. En general el "ser creativo" aporta cuando coincide con el "ser eficiente", cuanto más culto mejor. Al igual que en la escritura a mayor vocabulario y dominio de la lengua, más ricas y acertadas son las composiciones.
Publicado el 11/12/2006
Este artículo fue escrito en co-autoría con Natalia Delgado.
Ojalá la inspiración me encuentre trabajando.
Uno de los mejores momentos del diseño sucede cuando la idea original (que si existe) esta basada en quien eres como ser social y cultural.
Honestamente me desilusiona leer un artículo así. A mí me apasiona el diseño gráfico, sabemos que es una forma de vida para nosotros. En lo personal no puedo concebir a un «diseñador» sin la mínima de cultura general, literatura, música, cine. Mi enfoque es más hacia la ilustración, y día con día me la paso horas en internet y en los libros de texto y especializados viendo ilustraciones. Un amigo mío me dijo alguna vez «Para desarrollar buena ilustración, es necesario empaparse de lo ya hecho para no repetirlo y mejorarlo». Sin nada en la cabeza no hay nada en la parte esencial del diseño.
Algo importante es que la creatividad debe surgir de lo más simple, además de lo que el cliente necesita, teniendo simpre presente quién es y lo que quiere lograr; eso sólo se da paulatinamente cuando sabes VER...
Creo que uno de los mayores errores de los diseñadores es creer que tenemos la verdad absoluta a los problemas de diseño que se nos presentan. Si es bien sabido por todos que el influenciarnos de una o de otra manera no es solo acudiendo a exposiciones o viendo el trabajo de los demás, vivimos en un mundo de imágenes. Por lo cual el estar abierto a las nuevas propuestas y las cosas que se están haciendo es mas un trabajo de investigación y de enriquecimiento para todos y cada uno de nosotros no para mal influenciarnos si no al contrario para tener un nivel mas alto de cultura visual.
Definitivamente el diseño consta de un sinnúmero de «medios» para ser realizado, para mí, una de las más importantes y con la que siempre comienzo, es el aplicar sobre mi trabajo, el bagaje cultural que he venido adquiriendo a lo largo de toda mi vida; por lo que pienso, que sin una cultura basta, no se llegará a obtener el resultado tal cual se debería, aún, se tenga una gran inspiración.
A proposta de interatividade agrega a função lúdica ao calçado infantil.
¿Será posible, alguna vez, que los diseñadores y los clientes se relacionen sobre bases éticas?
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