Dar los primeros pasos como diseñador es todo un reto. Implica tomar muchas decisiones que pueden ser críticas a la hora de determinar las posibilidades de progreso. Además de las difíciles cuestiones económicas y de índole tecnológico, siempre surge el problema de definir la propia identidad ante la sociedad, la denominación que nos identificará ante una audiencia heterogénea y en permanente proceso de cambio. La idea de que vamos a lidiar con un mercado coherente, con una noción clara respecto de la comunicación, es en la mayoría de los casos, una mera fantasía. Aún persiste entre público y clientes un profundo desconocimiento de la profesión del diseño.
En ese contexto de acción, una aparente simple decisión como la elección del nombre que llevará el propio estudio se convierte en un juego aleatorio de posibilidades, arbitrado por la disponibilidad de nombres «.com» por un lado y un abogado de marcas y patentes por el otro. Así se comienza a tirar nombres, a jugar con listados aleatorios interminables de denominaciones simbólicas buscando «originalidad» hasta recurrir a la pura abstracción en la búsqueda de sonidos agradables al oído; todo parece valido, todo es factible de ser utilizado cuando «se es nuevo en la profesión», porque de eso pareciera tratarse, de pagar derecho de piso, de probar y errar, una y otra vez hasta salir bien parados.
Encontrar una buena denominación como nombre de marca frecuentemente suele transitar dos polos opuestos, el nombre de fantasía y la auto titulación, también llamada denominación patronímica (llamar al estudio personal con el propio nombre y apellido). Debo reconocer que en mi caso dudé mucho antes de usar mi apellido debido a su mala fonética (Pellizo), pero poco a poco fui descubriendo las ventajas de identificarme profesionalmente con mi propio nombre.
Gestionar un estudio de diseño implica entre otras cosas posicionarlo, generar y fidelizar una cartera de clientes, mantener un nivel de calidad en el servicio, todos aspectos claves que requieren de un esfuerzo constante, y que construyen invariablemente una imagen como profesionales ante nuestros interlocutores. En ese sentido, cabe preguntarse: ¿por qué no volcar todo ese capital de reconocimiento público en el propio nombre? Lo contrario, identificarse con un nombre de fantasía desde los primeros pasos, implica que todos nuestros logros serán absorbidos y asociados a una denominación que, en muchos casos, no nos diferenciará claramente de la competencia: es muy común que aparezcan estudios con nombres que ya están utilizando otros.
Experiencias propias y de colegas amigos, recopiladas en estos últimos años, dan cuenta de algunos puntos que sostienen las ventajas del uso del nombre propio como marca en el inició de la profesión como diseñador independiente. A continuación algunas de ellas:
Otra tendencia muy frecuente es el uso de seudónimos «artísticos» que, no son otra cosa que variantes del propio nombre como marca personal. Con un uso consistente, los seudónimos, a pesar de inscribirse en un estilo menos formal, pueden producir resultados similares a los de los nombres propios.
Con estas reflexiones no pretendo establecer un único camino, sino compartir experiencias que pueden ayudar en el proceso de inserción y posicionamiento profesional, en los primeros pasos de los nuevos diseñadores.
Publicado el 03/11/2008.
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