Añadir un decorado a los objetos funcionales es un tema que los principios del movimiento moderno rechazaron claramente. Según estos, las cosas útiles no necesitan de elemento decorativo alguno: la forma se basta a sí misma. Desde ese enunciado magistral no entra en las miras del diseño que un objeto sea decorado. Es más, en el milieu del diseño, ocurre que se menosprecie un producto sólo por el decorado que luce, aun cuando su forma posea apreciables cualidades funcionales.
Las revistas y exposiciones de diseño jamás muestran un producto decorado, eso los descalifica sin más miramientos. Por mucho que su diseño sea excelente y el adorno discreto, incluso bello, ninguno se expone y aun menos se premia. La reacción espontánea es siempre "lastima que lleven este decorado" como si una simple serigrafía les privara de golpe de todas sus demás cualidades.
Este principio esencial, que muchos hemos compartido, creo merece hoy ser reconsiderado. Encierra un totalitarismo estéticorebasado. Un elitismo que los taste makers del diseño imponen a un público que consideran estéticamente analfabeto. Se ha impuesto como norma que ningún decorado debe mancillar las obras de diseño. Las que lucen algún adorno son vistas con cierto desprecio. Sin embargo, esta visión austera no ha llegado a imponerse en el mundo real. Lo que nos muestra la respuesta social, es que un gran sector de público, la mayoría, sigue prefiriendo productos decorados. Es un hecho comprobado que, por mucho que una vajilla blanca, inmaculada, sea bellísima, el 80% de las vajillas que se venden llevan decorado. Serán estas de fina porcelana, de loza o de vidrio, pero todas llevarán algún grafismo que las adorna. Hay que reconocer pues que preferir un objeto sobrio, sin adorno, sigue siendo una tendencia minoritaria que ni siquiera define a una clase especifica. El gusto por los adornos es de lo más interclasista. El estilo y la calidad de los materiales pueden variar pero esta tendencia al adorno la encontramos en todos los niveles de la sociedad.
Existe pues entre el público un anhelo que el diseño no atiende. ¿Es realmente algo tan aberrante decorar un producto bien diseñado? Mientras un adorno no interfiera con la eficacia de la función ¿cúal puede ser el argumento esgrimido para descalificarlo?
Mantener a ultranza ese veto al adorno vendría a demostrar que el racionalismo no sólo vela por la funcionalidad de las cosas, sino que también es un estilo. Un estilo estricto, de cariz puritano. Una estética monacal, que rechaza el decorado por razones subjetivas, no racionales. ¿Es esto realmente compatible con los enunciados tan objetivos del propio racionalismo? Tanto más cuanto vemos como lo que se rehúsa a ese decorado añadido se va supliendo con el ardid de los rasgos que le damos a la forma, con chaflanes, romos, estrías o texturas sabiamente distribuidas en la superficie. Recursos que viene a ser como una suerte de adornos integrados cuya sombra proyectada "decoran" de un modo sutil los mejores diseños sin ser tachados de decorativismo.
Si en una determinada época, después de años y siglos de derroche decorativo, se justificó la austera creatividad que propuso el racionalismo como un retorno a la esencia funcional de las cosas, quizás haya ahora que replantearse si no sería lícito abrir el diseño contemporáneo al adorno ponderado para así atender esa demanda que reclama la gente como medio de expresión de una identidad o de una diferencia. Una demanda que si no es atendida por el diseño, lo será como hasta ahora de todos modos. Y es que lo que rehusamos aceptar no deja por ello de existir y cabe preguntarse si no sería preferible controlar la situación en vez de ignorarla.
Publicado el 01/07/2005

muy interesante... precisamente estaba tratando de elaborar conceptos acerca de lo que la gente llama diseño, que objetos consideran que están diseñados... las «ferias de diseño», habituales cada fin de semana en Argentina, muestran los objetos «de siempre» pero con una estética o materiales renovados... ¿se puede considerar diseño, arte o decoración?...

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