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Isabel Campi

Lo funcional como categoría estética

Barcelona | 04/08/2008 | Sobre la consideración de la belleza de lo práctico en el diseño.

Isabel Campi

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Con éste ensayo me gustaría ayudar a los diseñadores a comprender que el funcionalismo en el diseño no es una simple valoración positiva de lo práctico, sino que es en realidad una categoría estética.

Como veremos se trata de una teoría muy antigua, cuya evolución Edward Robert de Zurko analizó muy bien en su obra Origins of Functionalist Theory1 (1957). Este autor emprendió la exploración de las teorías funcionalistas a través de las obras literarias de arquitectos, artistas, filósofos y moralistas. Aunque las teorías de Zurko se dirigen a los arquitectos son lo suficientemente abstractas como para poder ser aplicadas al diseño de cualquier objeto que, como los edificios, tenga que compaginar funciones de tipo práctico con funciones de tipo simbólico.

De acuerdo con el texto de De Zurko el funcionalismo es una gran tradición que ha interesado a los mejores filósofos de Europa y América. Se trata de una línea de pensamiento que implica un modo de ver las cosas y una percepción de la belleza que no es universalmente compartida. Si hablamos de un modo de ver y de pensar, de algo que se explora mejor en los textos de los filósofos que en los edificios de los arquitectos, luego entonces podemos concluir que el funcionalismo más que un estilo o un repertorio de formas es una predisposición mental. O mejor aún, un modo de ver.

El antropólogo, el historiador o el diseñador contemporáneo que descubre atributos de belleza en el diseño de los objetos de la cultura vernácula o proto-industrial y se empeñan en salvaguardarla, lo hacen porque han adquirido esta mirada. Para el campesino o el artesano rural, que no han sido educados en los principios del funcionalismo, la estricta adecuación de las formas al uso, la sinceridad constructiva y la restricción ornamental son el resultado de la necesidad y cuando la vida útil de un objeto ha concluido éste se deshecha sin mayores problemas. En cambio para las personas que han adquirido la mirada funcionalista, se trata de objetos cuya calidad estética es tal que las acerca al arte y las hace merecedoras de ser inmortalizadas en un museo.

El libro 300 Years of Industrial Design escrito por Adrian Heath, Ditte Heath y Aage Lund Jensen2 es una narración histórica que se aparta considerablemente de los relatos realizados por el stablishment de la historia del diseño cuyos autores son, en su mayor parte, historiadores o académicos formados en el ámbito de las humanidades y su mayor empeño ha sido explorar el fenómeno del diseño desde un punto de vista social, profesional, estético, técnico y económico.

En cambio en 300 Years of Industrial Design nos encontramos con tres profesores de arquitectura y diseño daneses que viajaron por toda Europa, en busca de utensilios e instrumentos fabricados en los últimos trescientos años, ejemplares por su relación forma-función-construcción y despojados de cualquier elemento ornamental. Cada obra seleccionada en este libro cuenta con una completa ficha que incluye una serie de datos históricos, un par de fotografías y un plano técnico. Más que una narración se trata de un libro-catálogo o de una especie de museo imaginario estructurado de acuerdo con los materiales constructivos tradicionales: metal, madera, cerámica y vidrio. Podríamos decir que esta historia no hace concesiones a la estética en la medida que los objetos no se han seleccionado por su vinculación con corrientes artísticas canonizadas, pero en realidad es una obra que responde a una teoría estética muy determinada: el funcionalismo. La mirada funcionalista no es universal, más bien lo contrario. En muchas épocas y culturas, que un objeto o un edificio estuviera óptimamente adaptado a su uso es decir, que fura práctico o funcional, no implicaba necesariamente que fuera bello.

En determinadas épocas y contextos la belleza se alcanzaba por otras vías, generalmente ornamentales y simbólicas. Éstas últimas eran muy importantes puesto que cuando es muy profusa la decoración significa esfuerzo, dedicación, sacrificio y, en último término, amor. Por esta razón los objetos destinados a la nobleza y al culto suelen ser tan elaborados ya que devienen una manifestación tangible de amor y veneración. E.H. Gombrich ha escrito algunas páginas memorables sobre el significado moral del ornamento y observa que éste es adecuado siempre y cuando sea merecido:

«La pompa se convierte en pomposidad y la decoración en mera cursilería cuando las pretensiones de decoración son infundadas. La “joya mas brillante” de la corona real nunca puede ser demasiado preciosa, pero precisamente porque es tan preciosa, su uso en otros contextos puede constituir un quebrantamiento del decoro».3

La condena al ornamento que «tienta y engaña a los sentidos» y los distrae de lo esencial siempre ha tenido un tono moralista. A ello volveremos más adelante.

La diferencia entre lo funcional y lo funcionalista es sutil y el ejemplo de los saleros puede aclararnos algunas ideas sobre el concepto de belleza aplicado a un mismo objeto de uso. Benvenuto Cellini diseñó en 1540-43 un salero (actualmente custodiado en el Kunsthistorisches Museum de Viena) que ha sido unánimemente considerado como el mejor trabajo de orfebrería que se conserva del Renacimiento italiano. El salero es una pieza muy escultórica, adornada con figuras humanas, que tiene un pequeño recipiente en el que se deposita la sal para que los comensales puedan pellizcarla. En este sentido la pieza es funcional y seguramente cumplía con su cometido pero no es funcionalista porque su función simbólica era mucho más relevante que su función práctica. La obra de Cellini debía expresar el rango de su comitente a dos niveles: primero contener la sal, que no era en aquella época un condimento barato, y segundo porque quien encargó el salero era el rey Francisco I de Francia. Hoy diríamos que un salero así no es nada práctico, entre otras cosas porque las figuras humanas que lo adornan representan la tierra y el mar configurando una bonita alegoría sobre el origen de la sal, pero no facilitan la comprensión de para qué sirve realmente.

En las antípodas del salero de Cellini podríamos proponer los saleros «Max & Moritz» diseñados por Wilhelm Wagenfeld en 1952-53, años después de su formación en la Bauhaus. Se trata de unos recipientes cilíndricos de vidrio, que presentan un estrechamiento en el centro con el fin de que al sacudirlos no resbalen. La tapadera es una simple plancha de acero inoxidable con agujeros. Hoy encontramos estos saleros en muchos bares y establecimientos públicos y una persona con una educación visual funcionalista los encontrará bellos además de prácticos. O sea que no tendrá inconveniente en ponerlos en la mesa de su casa incluso el día que vengan invitados. Estos saleros ni se usan en la mesa de los reyes ni contienen un producto caro pues ahora la sal está al alcance de todos los bolsillos. Todo ello nos indica que en cuatro siglos se ha producido un importante cambio social y cultural en la percepción de las relaciones entre belleza y uso.

Hasta hace poco las personas de una cierta edad se apoyaban en bastones cuya empuñadura se decoraba con adornos de plata, nácar, marfil o ébano. Actualmente se considera que estas decoraciones son innecesarias y en los establecimientos de ortopedia se pueden adquirir bastones con palo de aluminio y empuñadura de plástico que estabilizan mejor y son más económicos. Los bastones antiguos eran funcionales y los actuales son funcionalistas. Los diseñadores y los fabricantes creen que los ancianos actuales poseen una mirada lo suficientemente funcionalista como para aceptar encantados tan prácticas ayudas así como su aséptico y austero diseño. Pero los bastones antiguos, además de estabilizar, prestaban atención a una función simbólica que las empresas y los diseñadores actuales no tienen en cuenta: contribuían a la elegancia y a la definición del estatus social del que lo utilizaba. Los bastones de nuestros bisabuelos podían ser prácticos pero ello no les hacía inmediatamente merecedores de atributos de belleza y elegancia. Estas cualidades las aportaban los materiales y la decoración. Tanto es así que muchos señores de mediana edad o incluso actores de cine utilizaban el bastón, junto con los guantes y el sombrero, no como ayuda, sino como un elemento más en la composición de un atuendo elegante. Los adornos en la empuñadura de los bastones se consideran hoy en día un atributo innecesario. Basta con que tengan un look algo deportivo.

Las prendas deportivas son tan prácticas y confortables que la gente las utiliza hoy en muchas situaciones en las que no se practica el deporte. Por ejemplo durante las vacaciones y fines de semana. La gente opina que son prácticas y bonitas.

Aunque de la impresión de que el pensamiento funcionalista es algo muy moderno, la valoración estética de lo práctico ha oscilado mucho a lo largo del tiempo y parece ser que es muy antigua en Occidente. En el libro de De Zurko se nos informa que ya en el siglo V A.C. aparece en los diálogos de Platón.

En Hipias mayor o de lo bello Platón reflexiona sobre el concepto de belleza y lo hace en forma de diálogo. Hipias y Sócrates se preguntan si la belleza es un concepto abstracto o material. ¿La justicia es belleza? o ¿la belleza se tiene que palpar mediante los sentidos? ¿Por qué hablamos de una bella mujer o de una bella yegua siendo cosas tan diferentes? Prosigue:

SOCRATES: —Y una hermosa marmita, querido amigo, ¿no es una cosa bella?

HIPIAS: —Verdaderamente Sócrates, ¿qué clase de hombre es ese? Es tan descortés y mal educado que se atreve a nombrar cosas que no hay que nombrar en una conversación seria.

SOCRATES: —Así es Hipias: mal educado, grosero, sin otra preocupación que la verdad. Sin embargo es necesario responderle, y he aquí mi manera de pensar sobre ello: supongamos una marmita fabricada por un buen alfarero, bien pulida, bien redonda, bien cocida, como esas marmitas que contienen seis congios y que son tan bellas; digo que si él pensara en alguna de ellas habría que admitir que es bella, ¿cómo negarle la belleza a lo que es bello?

HIPIAS: —Es imposible Sócrates.

SOCRATES: —Así pues dirá —él—, una bella marmita, según tu opinión también tiene belleza, ¿no?

HIPIAS: —He aquí, Sócrates, lo que yo pienso de ello: Sin duda que un objeto de este género, cuando está bien hecho tiene su belleza.4

La conclusión es que la marmita es bella porque está bien hecha y cumple con su cometido práctico. Para ser bella no le hace falta nada más. Este es un típico enunciado funcionalista.

Como hemos visto, lo práctico y lo bello son categorías distintas que pueden entrar en conflicto pero lo que las teorías funcionalistas pretenden hacer es armonizarla. Para los funcionalistas lo bello y lo práctico son una misma cosa.

Las tendencias funcionalistas ponen un gran énfasis en las funciones de tipo práctico y les asignan un papel muy importante. Es más, son un requisito indispensable en la búsqueda de la belleza y, como dice De Zurko, llegan a convertirse en la principal vara para medirla.5

Así pues, podríamos decir que son funcionalistas las producciones de aquellos diseñadores y arquitectos que proyectan de acuerdo con la idea de que las funciones prácticas están por encima de las simbólicas, ya que éstas últimas son innecesarias.

  1. Edward Robert de Zurko: Origins of Functionalist Theory, Columbia University Press, (Nueva York, 1957). En 1970 se publicó la versión española de este texto con el título «La teoría del funcionalismo en la arquitectura».
  2. Adrian Heath, Ditte Heath, Aage Lund Jensen: 300 Years of Industrial Design, Watson-Guptill Publications, (Nueva York, 2000).
  3. E.H. Gombrich, «Cuestiones de gusto. El aspecto moral» en «El sentido de orden», Ed. GG Arte, (Barcelona, 1979) pp.44-45.
  4. Platón, «Obras completas», Ed. Aguilar, (1977).
  5. Edward Robert de Zurko: Origins of Functionalist Theory, p.4.

Publicado el 04/08/2008.

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