Martín Comoglio

Martín Comoglio

Sistémico compulsivos

La inexacta definición del concepto de sistema, virando riesgosamente hacia el de régimen autocrático, pone un acento excesivo en la consideración de supuestos logros sistémicos. El perjuicio: la desvalorización de la vital capacidad comunicativa y funcional de cada pieza o instancia individual constituyente.

El célebre director de cine Alfred Hitchcock (1899-1980), decidió aparecer unos segundos en sus películas. Al menos en varias de ellas. O bien cruzando la calle, o bien esperando fuera de una cabina telefónica que el protagonista dejara de hablar, incluso en un aviso para perder peso de un periódico que lee un sobreviviente a un naufragio.

¿Recordaríamos esta particularidad si sus películas hubiesen pasado desapercibidas?

«Muy buen proyecto, está muy bien sistematizado». Es corriente asistir a este tipo de juicio evaluativo, tanto sobre proyectos de cierto volumen en ámbitos universitarios del diseño, como sobre propuestas de identidad institucional, campañas diversas y piezas editoriales. Verdaderos programas1 de sistematización, traducidos a puntillosos y exhaustivos manuales de estilo normativo, que dejan en evidencia una palpable carencia de solidez comunicacional en sus individualidades funcionales. ¿Es el sistema el eje excluyente de consideración? ¿Puede hablarse de un sistema sólido cuando no se evalúa la capacidad de cada uno de sus constituyentes? ¿Se piensa con conciencia sistémica, o más bien se le confiere al supuesto sistema características de régimen autocrático?

Es usual que un sistema gráfico ancle casi exclusivamente en una lectura identitaria monocorde, a costo incluso de aplanar, de agrisar al conjunto de piezas y/o instancias que lo conforman. Se lo suele considerar más bien a modo de techo proyectual, de exagerado corset, coartando el vuelo comunicacional de sus individualidades funcionales: de ese afiche, de ese conjunto de tarjetas, de esos comienzos de secciones y sub-secciones editoriales. Si por el contrario, se lo entiende como una plataforma, como un modo de elevar el estándar de dichas piezas y distintas instancias en su singularidad, nos enfrentamos a un efectivo programa de sistematización de diseño, traducible a un manual de estilo normativo aún más efectivo.

La evocación sistémica no se consolida tan solo por impactar con similares elementos en espacios o áreas afines de un conjunto de piezas, sino por hacerlo con coherencia en los modos, a través de similares criterios de relación de los componentes visualizables, sin pecar de excesiva literalidad en el traslado: un sistema debe reasegurar no solo las semejanzas, los parentescos, sino fundamentalmente las diferencias, los matices, aquello que confirma la identificación y la necesidad de existir de cada instancia. Esta homologación de criterios de relación dentro de un sistema, devenidos de la indispensable esfera estratégico-conceptual que da pie y sustento al desarrollo en concreto del manual de estilo normativo, dan carácter lógico tanto a las similitudes que «relacionan» como a las diferencias que «individualizan»: el sistema visual como consecuencia de una planificación estratégica de constancias y eventualidades, y no como la mera manipulación de un juego de encastre.

Intelectualizar un sistema, racionalizarlo, plantearlo como una necesidad, no debería significar construir una arquitectura autocrática, sino dotar a un proyecto de verdadero carácter convergente. Es decir, el sistema como esa «fragancia» que se percibe recién cuando se está involucrado lo suficiente en el mensaje específico de cada pieza. Allí el receptor se conmueve actitudinalmente, dando paso a que el mensaje y el perfume sistémico se alojen en su memoria emotiva.

No recordaremos identidad ni sistematización alguna, si el mensaje que buscó persuadirnos, alarmarnos, hermanarnos, y otras tantísimas posibilidades, fue incongruente con la identidad sistematizada, banal desde las ideas, o inapropiado desde los códigos citados. Generar un programa visual obliga a prefigurar una buena cantidad de alternativas de mensajes específicos a emitir, tonos discursivos a emplear, o audiencias diferenciadas a impactar, incluso más allá de la requisitoria puntualizada por el comitente/emisor. «Aunque la mona se vista de seda, mona queda», solían afirmar ciertas abuelas chismosas. Bien cabe este refrán como paralelismo a las consideraciones expuestas: ninguna pauta sistémica de diseño es tal, si solo «viste» una realidad comunicacional sin favorecer el realce del mensaje específico y el uso y función de cada pieza y/o conjunto de instancias. Debe comprometerse con cada génesis individual.

Todo sistema bien entendido tiene conciencia de objetivos en paralelo. El error suele ser confundir esa polifonía en paralelo con un efecto simultáneo y jerárquicamente literal, o bien con una desacertada pauta de jerarquización. Si bien el proyectista en diseño considera los diferentes ángulos de incidencia de una particular necesidad comunicacional, no debe perder de vista que el perceptor selecciona y pone en valor, o distorsiona y trivializa en el peor de los casos, si estos patrones de selección, jerarquización y focalización no son brindados claramente por la propuesta. Propuesta que debe ofertar, además, una lógica de decodificación acorde a códigos, necesidades y expectativas de una audiencia predeterminada.

Erróneamente, se deposita excesiva confianza en las características visibles de los elementos pretendidamente sistémicos (morfología y cromaticidad), y en el área constante en la que serán integrados (ocupación y espacio predeterminados). Pero la lógica identitaria sistematizada debe anclar fundamentalmente en el plano de los criterios, responder a los fundamentales «cómos», sin exacerbar tanto los «qués» y los «dóndes». Concretando así un programa visual flexible, adaptable, no redundante.

El mensaje y la funcionalidad, o lo que algunos teóricos definen en ciertos campos como la usabilidad, deben ser protagonistas indiscutidos sea cual fuere la necesidad sistémica planteada. Una adecuada conciencia sistémica exige trascender lo meramente mensurable y/o cuantificable. Vincula la estrategia conceptual, el real origen del programa, las causas, lo connotado, con las expresiones significantes, la materia visible, las consecuencias, lo denotado.

Por ello, el carácter asociativo, la evocación entre piezas pertenecientes a un sistema gráfico / comunicacional, puede potenciar la capacidad que por separado desarrollen sus «individuos constituyentes». Abona la lógica discursiva, genera atajos cognitivos. De allí que se haga referencia al sistema como plataforma y no como techo: ningún sistema podría sentirse saludable, óptimo, habiéndole pedido a tan solo uno de sus miembros que «no sea todo lo que podría». Efectivamente puede indicar un «instante» de menor verborragia gráfica, o bien un susurro dentro de un discurso pletórico. Pero claro, tanto ese menor amperaje visual debería ser el mejor para lucir dicho intersticio comunicacional, como ningún otro timbre, matiz ni cadencia debería permitir imaginar otro susurro más apropiado. Dejando en claro que se trata de una voluntad de «decir menos», para generar un ritmo consciente entre piezas o entre instancias de una misma realidad editorial.

Lo sistémico, pues, debería ser considerado desde lo visible como una consecuencia de un tránsito estratégico definido con anterioridad, y no como un fin excluyente que hace solo a la periferia del mensaje. Evaluando consideraciones más allá del tono meramente morfológico-cromático. Es muy sencillo caer en la trampa del «show-room» sistémico, del «composé diagramado», al ver en simultáneo toda una papelería, toda una campaña de producto, todo el desarrollo de una colección editorial. Sería como evaluar el profuso guardarropa de una dama, solo por la cantidad, gama cromática, espacios ocupados y alternativas de prendas, sin considerar quién es esa mujer, con qué actores sociales interacciona, en qué contextos se mueve, qué prendas se combinarán con cuáles otras, qué tipo de tela prefiere cuando siente excesivo calor, o cuántos cambios de vestuario se producirán a diario.

Debe pensarse en usos verosímiles, en verdaderas lógicas de circulación y consumo de los mensajes. En los ciclos, en las periodicidades del sistema. ¿Cuántas de estas piezas van a compartir un ámbito relativamente cercano? ¿Cuántas van a ser percibidas en áreas ajenas e incluso nunca tendrán contacto alguno? ¿Cuántas posibilidades de interacciones diferentes y complementarias pueden darse en un conjunto limitado de piezas de diseño?

Una pieza debe ser enviada al ruedo comunicacional, sólo cuando el programa sistémico del cual proviene tiene absolutamente considerado ese impacto preciso, quirúrgico, que esa y ninguna otra pieza va a brindar. Sin negar, desde luego, la necesidad que dicha pieza va a cubrir dentro del equipo sistémico integral, e incluso dentro de algún tándem funcional específico.

Una palabra clave, seguramente, es «prefigurar». Prever potenciales alternativas, tanto desde lo aplicable como desde lo no aplicable, previas incluso a la concreción de la primera pieza o conjunto de instancias del sistema. Lo ideal, lo preferible y lo no deseable. Hasta pueden contemplarse ciertas anomalías esperables dentro de la lógica predeterminada por el proyectista: en muchas ocasiones, la identidad y sus consecuencias suelen definirse tanto más por la certeza de lo que verdaderamente no se es, como por la seguridad de lo que efectivamente se es.

El objetivo principal de Hitchcock era, seguramente, hacer de cada película una muy buena película. Narrar cada historia con recursos nunca antes explotados en el cine. Sistematizar criterios particulares de mirar, de relacionar tomas, incluso de editar. De priorizar el relato de imagen por encima de los diálogos, o conferir total irrelevancia a esos diálogos producidos en una escena en donde el conflicto pasa por algo que los personajes ignoran, pero que el público conoce a través de sus ojos y no sus oídos. Lo sistémico como una forma de relacionar los recursos que potencian la particular necesidad narrativa de cada escena, de cada conjunto de escenas. No como un toque descomprometido, castrador y periférico.

Aunque para muchos, sin embargo, Hitchcock sea solo aquel personaje pintoresco, calvo y regordete, a quien se le ocurrió aparecer unos segundos en varias películas de suspenso.

  1. El término «programa», en este artículo, alude al planteo estratégico y secuenciado ligado a la planificación proyectual. Previo, incluso, al surgimiento de necesidades específicas en piezas y/o conjuntos de piezas asociadas.

Publicado el 29/10/2007

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