André Ricard

Diseño y medio ambiente

El diseño, lejos de «salvar al mundo», puede contribuir a paliar algunos de los problemas que lo aquejan. Aquí va un ejemplo concreto.

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Es absurdo pretender que «el diseño salvará al mundo» como alguno ha dicho en un momento de exaltación. Lo que sí es cierto es que un adecuado diseño de las cosas que componen nuestro entorno, es esencial para la mejora de nuestra calidad de vida. De hecho esa habría de ser la esencia misma de una creatividad bien entendida, en cualquiera de sus vertientes. Es en la medida en que nos son más «útiles» las cosas que usamos que se incrementa la calidad de nuestra relación con ellas. Esa mejora se consigue corrigiendo las deficiencias detectadas en los objetos existentes y aportando, aunque sea leve, una mejora. A veces basta con variar una forma para lograrlo. Sin embargo, la calidad de vida no depende ya únicamente del modo en que se configuran las cosas que nos rodean. Los problemas más importantes exceden la capacidad creativa del individuo, incluso no son ya propios de un país o de un continente. Hay factores globales que nos afectan a todos y que sólo pueden resolverse con la participación activa de todos. Tanto a nivel nacional como internacional, tanto a nivel profesional como individual.

Parece que, por fin, la sociedad se ha sensibilizado por los problemas que genera el cambio climático. Se constata el deshielo de los casquetes polares, el crecimiento del agujero de ozono y de la polución pero, al parecer, uno de los problemas más acuciante a los que se enfrenta el mundo, es el de la escasez de agua: un ingrediente esencial de la vida en la tierra. Y no se trata aquí de los problemas de sequía que afectan cíclicamente ciertas regiones, sino que no hay suficiente agua como para satisfacer una demanda en constante crecimiento. Nuestro planeta dispone hoy de la misma cantidad de agua que hace miles de años cuando, por otra parte, su consumo no cesa de crecer.

El modo de vida «occidental» (que suele ser el modelo al que todos aspiran) no sólo induce un mayor consumo, sino que derrocha el agua. No la valora como el elemento esencial e irremplazable que es. El progreso ha traído en sus bagajes, además de esos saludables principios de higiene, que ya de por sí generan más consumo, también una predisposición al derroche. Tanto a nivel personal como industrial, el agua se malgasta sin tener en cuenta el enorme valor que tiene.

El problema de su escasez es urgente y grave. Quizás podamos aún paliarlo si sabemos tomar, de inmediato, las medidas necesarias. Unas medidas que no sólo son urgentes, sino que han de enfocarse en múltiples direcciones. Es evidente que lo más apremiante es definir una política global para la protección de las reservas existentes de superficie y freática. Una política basada en evitar la polución del agua por todos aquellos agentes que la degradan y, a la vez, de reciclaje de las aguas usadas. Pero, incluso suponiendo que se llevara a efecto con éxito, sigue subsistiendo el hecho de que el agua de que dispone naturalmente la tierra va siendo insuficiente para atender las crecientes necesidades del planeta. Por ello una política global de futuro, debe comprender además, una acción encaminada a frenar ese consumo indiscriminado que se viene haciendo.

Nuestra sociedad opulenta carece de ese «culto del agua» que se aprecia en otras culturas. Es un problema cultural que ha de modificarse. Nadie jamás nos ha enseñado a «respetar» el agua del mismo modo que se nos ha enseñado a respetar una flor o un libro. Y es allí donde empieza el problema. Es esta falta de toma de conciencia del valor esencial del agua, la que influye en nuestro comportamiento cotidiano. Cuando dejamos un grifo abierto más tiempo del preciso no somos conscientes de que este gesto esta «desangrando» las limitadas reservas de algo tan vital.

Se habla en estos momentos de próximas restricciones de agua en ciertas áreas. No creo que esta sea la solución, si bien es la que única que se pueda tomar de inmediato. En efecto, sí es evidente que en las horas de corte, no habrá consumo, en cambio, en aquellas horas en que haya suministro, se seguirá consumiendo con el mismo derroche y, además, se hará acopio de agua llenando bañeras y recipientes, mucha de la cual no será luego utilizada. Puede acabar siendo un ahorro escaso a costa de crear engorro para miles de usuarios. Es una solución «parche».

Lo que realmente hemos de lograr es que se modere el consumo de agua sin que ello merme un uso racional. Esta seria la mejor solución. El objetivo es conseguir que toda el agua que se consume sea efectivamente «utilizada». Que se evite esa mucha agua que va directamente del grifo al desagüe sin utilidad alguna.

Esta falta de respeto por el agua está tan anclada en nuestra cultura, que se observa incluso en los ingenios que el hombre moderno ha creado para usarla. El propio concepto mecánico del grifo actual —que es el dispositivo de uso habitual de que disponemos— resulta hoy muy primario si lo contemplamos bajo el prisma ecológico. Un dispositivo que mediante un simple giro permite la salida ininterrumpida del agua, no es ya el adecuado para la situación presente. ¡Exige un replanteamiento total! Mientras no exista un uso ponderado del agua y me temo que ello tardará en producirse, entre tanto, hemos de usar nuestro ingenio para crear una nueva generación de dispositivos capaces controlar el derroche sin afectar el uso.

Este es el papel que le corresponde al diseño y a la creatividad en general: el de detectar las carencias y saber hallar el modo de mejorar las cosas para adecuarlas a las nuevas exigencias del presente. La mejora de la calidad de vida que permiten las nuevas tecnologías no ha de limitarse a avanzar sin reparar a los problemas que conlleva. Ha de compensar los efectos secundarios que ellas mismas generan. ¡De lo contrario no hay progreso!. Es necesario desarrollar nuevos ingenios que contrarresten las carencias provocadas por el propio crecimiento. En este caso concreto la investigación ha de centrarse en crear un nuevo concepto de grifos más perfeccionados que nos den el agua que necesitamos a la vez que eviten toda esa agua desperdiciada.

Existen hoy grifos que se activan automáticamente con una célula fotoeléctrica cuando se colocan las manos bajo el caño y otros con la presión de un pedal. Son dispositivos costosos y suelen usarse para instalaciones públicas y colectividades. De lo que se trata ahora es de desarrollar soluciones más simples que estén al alcance de la mayoría por precio y facilidad de instalación. El nuevo dispositivo ha de ser un producto simple y seriado, para que sea tan habitual en las instalaciones como los son los grifos de ahora. PEQUE

Author
André Ricard Barcelona

Published on 21/05/2007

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