A veces la mejor defensa es la mejor defensa. No es un error, sino una famosa máxima de Kasparov en referencia a otro compañero ajedrecista —Petrosian—, capaz de desesperar al oponente con sus sólidos planteamientos orientados a la conservación de las piezas en el tablero. Y es que siempre hay alternativas al modus operandi que conocemos. También las hay en diseño, especialmente en tiempo de crisis.
No me refiero al inmovilismo, ni a la reducción de la inversión orientada a la innovación, sino todo lo contrario: a la defensa del patrimonio industrial existente. El vivo, no el inerte. Ese que el no cuidarlo, no solo provoca una sensación de abandono y pérdida de memoria, sino también pérdida de puestos de trabajo, de capacidad productiva y también —aunque menos evidente para muchos— de referentes socio-culturales para un país. O, si se prefiere —por evitar la terminología geopolítica—, de un territorio.
En el siglo XXI, las empresas definen a un país tanto o más que su folklore, pese a quien pese. La riqueza de la cultura de la piel de toro es innegable, como lo es que no transmite justamente conceptos como eficiencia, ahorro, seriedad y solidez; términos ambiguos que hoy marcan las transacciones comerciales en prácticamente todo el globo.
Empresas con valores sólidos, tradición y productos reconocibles, sí que generan atractivo comercial e, indirectamente, refuerzan otros sectores que sí se sustentan sobre tópicos cuya mesura es menos objetiva y se rige más por el impulso y el ocio; factores que pujan poco en las bolsas. Evitar la pérdida de esas empresas que un día fueron fuertes y que hoy, con otra mentalidad, podrían recuperar los brillos del pasado, debe ser el objetivo de las políticas industriales. Pero parece que seguimos deslumbrados por términos tan vacíos como intangibles: innovación, desarrollo tecnológico y otros que carecen de traducción acertada al castellano como Smart, B2B, etc.
En ese camino de recuperación industrial —sin que esta requiera de una reconversión industrial acelerada, con lo que esto conlleva y significa—, el «diseño» tiene mucho que decir. Y entiéndase el término en su acepción industrial de «proceso de análisis y desarrollo para dar respuesta efectiva a una necesidad». Además podemos incluir las referencias a esta disciplina relacionadas con la mejora de la imagen y la identidad corporativa, y de los productos de esta.
Olvidémonos de customizar nuestro producto con nombres extranjeros o tiznados de maquillaje, y centrémonos en la sustancia. Tiene más sentido revisar esa mesa que ya no encuentra sitio en el mercado, con una intervención adecuada, que tratar de epatar1 con una novedad a cualquier precio, generalmente alto, cuya cuota de mercado y funcionalidad merma por minutos desde el mismo momento de su presentación.
Olvidémonos de sofisticados mecanismos ocultos, muebles que se iluminan o permiten escuchar música, porque eso no es el futuro, sino un presente mal entendido. Una solución válida de este tipo requiere mucho tiempo e inversión, y ahora necesitamos efectos rápidos que no alteren nuestros procesos. Liquidez, vaya. Y, entonces sí, inversión orientada a la Hi-Tech.
Claro que enviar a nuestros peones con una táctica que todos conocen de poco nos servirá. Es necesario revisar el planteamiento de juego en el mercado internacional. Llegamos tarde a coger las etiquetas de prestigio. Las políticas autonómicas impidieron una marca global fuerte. Y la guerra de guerrillas solo ha servido a unos pocos. Centrémonos en la Low-Tech. Esto es, aquellos procesos en los que es la propia forma la que facilita la función. Preguntemos al usuario qué quiere, y adecuemos nuestro producto a esas nuevas necesidades. Quizá sólo necesitamos una mirada fresca a nuestro catálogo de producto que aporte nuevos valores, pequeños matices que nos reposicionen en el mercado. No supone una inversión alta y puede sacar a flote parte de nuestro stock.
El problema es que la ceguera ajedrecística de algunos los lleva a enrocarse en posiciones indefendibles. Mantener el mismo catálogo, el mismo producto, o incorporar novedades que, o no lo son, o vienen armadas por la ocurrencia y la voluntad de sorpresa, no por la durabilidad y la función. Quizá, por ello, conocemos más a Kasparov que a Petrosian. Uno sabía combinar el ataque y la defensa. El otro era un maestro en solo una de las dos.
Publicado el 08/06/2012

No sé si estoy demasiado puntilloso, pero aunque comparto completamente lo esencial del artículo, me fastidia que para hacer un llamado a reafirmarnos en nuestra propia perspectiva se utilicen tantos galicismos. Por ejemplo, la frase: «Olvidémonos de 'customizar' nuestro producto con nombres extranjeros o tiznados de maquillaje...» es toda una paradoja.
Llámalo retórica :·) pero es un recurso eufemístico para describir la triste realidad de los profesionales en España. Nos reconocen fuera, nos ignoran -en muchas ocasiones- dentro de nuestras fronteras. No obstante, estoy seguro de que me has entendido.
Ya lo dije al principio: comparto lo esencial del artículo, pero me rafirmo: detesto la costumbre muy en boga en las agencias de publicidad de ponerlo todo en anglicismos (no galicismos, mea culpa) y peor aun: anglicismos en conjugación 'españolizada', como «customizar», «tipear», «accesar» y mil barbaridades más. Es un mal comienzo si de lo que se trata es de volorar lo propio.

Me gusta mucho tu razonamiento, creo que las ideas las buenas ideas en su estado más puro pueden tener el poder de cambio en cualquier contexto
Los creativos y los emprendedores somos los que podemos tratar de modelar el futuro. Guste más o menos somos una herramienta imprescindible. Una decidida apuesta por reconducir la situación permitiría albergar esperanzs de cambio.

Creo que esta propuesta tiene que ver con la actual realidad europea, está alineada con esa situación, y es respetable y congruente, habida cuenta de los esfuerzos de rescate de algunos países de la región. Sin embargo, creo que en América Latina tenemos que seguir apostando a la innovación, en servicios, procesos y productos; no para enriquecer a unos cuantos, sino para mejorar la calidad de vida de nuestras sociedades. Gracias por la reflexión.
Ciertamente, es así. Lo que ocuerre es que la globalización no admite fronteras. Innovar es esencial, como también lo es pensar en el usuario y en el «viaje completo» del producto o servicio concebido. El problema a mi juicio es que se abogó por el camino sencillo, el cortoplacismo... y, como siempre, esto supone que las respuestas sólo son provisionales. No obstante, coincido en que América Latina es el futuro, pero diseño y economía no suelen ir por el msimo camino casi nunca. Al menos, no en España.

ad portas de un TLC con USA y China, en mi país estamos (ahora más que nunca) necesitados de redescubrir los valores del diseño low-tech, como en la Bauhaus, re-encontrándonos con procesos más simples y acompañándolos por buenas soluciones que ofrezcan de una respuesta más cierta a las necesidades percibidas.
No temamos proponer, así nuestro objetivo sea aumentar las ventas y copiar y reducir costos parezca la salida más expedita, no podremos competir con las grandes fabricas de China. Tenemos que competir con talento y buen diseño, ofreciendo calidad y no cantidad. Buen artículo!
No tenemos otro camino. La globalización y el modelo económico hegemónico hasta la fecha impone que replanteemos el modelo actual. El corto plazo nos ha llevado a la situación actual.

Felicitaciones, las ideas son muy buenas, pero el texto es de difícil lectura. Creo que apuesta debe ser por un diseño racional, que sea un «proceso de análisis y desarrollo para dar respuesta efectiva a una necesidad», no un instrumento del consumismo usado para producir parafernalia inservible o maquillajes superficiales de productos sobrevalorados.
Totalmente de acuerdo. Esa es nuesta función como diseñadores, si bien, no hay que penalizar la apuesta por la estética, sino más bien encauzar las decisiones priorizando con sentido común. Por ello, conceptos como diseño social significan más que ecodiseño y no son una tendencia mal entendida.

Si el concepto Low cost es esto: Enlace, francamente, no me veo con ánimos de seguirlo. Ahora bien, si se trata de aprovechar al máximo los recursos, sin pretender hacer algo costoso para el cliente, ya te adelanto que vengo haciendo diseño Low Cost toda mi vida. Muy buen artículo.
Empezar el lunes con una sonrisa es agradable :·) Onviamente, coincido con la segunda idea. Lo del low-cost es uno de esos términos ambigüos y perversos que se usan en contra del diseñador y al que no tengo mucho cariño. Por tus trabajos observo que aportas más que una respuesta o solución... no dudo que coincidmos en el fondo y en al forma.

En tiempos de crisis hay un replanteo instintivo y automático de las necesidades de cada uno. En un proceso natural, se separan «deseo» y «necesidad» y lo deseado paza por otro filtro en el que decantan los deseos inmediatos y los de largo plazo.
Si las empresas llevaran a cabo un análisis similar, a conciencia y oportunamente, se evitarían muchas sorpresas, decepciones y guerras buscando culpables.
Gracias por este artículo. Saludos!
Nuestra labor pasa por encontrar el camino para que la solución a una necesidad cuente también con valores añadidos que satisfagan los deseos del consumidor. En este periodo de recesión, quien lo consiga, prevalecerá.

Gracias Jesús Mª. Entiendo la apuesta del low-tech como la explicaba André Ricard. Pensemos más que en crear unos cubiertos que busquen la «sorpresa» en la forma, en que sean colgables... Hay muchas sillas, pero en pocas se estudia que sean apilables... Esas ideas son las que, a mi juicio, hay que promover ahora. Ninguna idea es prescindible, pero el camino parece que está en repensar funciones, añadir valores... más que replicar con matices.

El diseño puede contribuir a recuperar la economía, pero es necesario evitar la salida de profesionales y que se produzca en el país lo que se diseña.
Cómo afrontar un cambio sin que nada cambie. La complicidad del diseño con las estrategias que rentabilizan y desactivan una emergente conciencia social.
No mercado de hoje é preciso ser inovador em vários aspectos e em grande velocidade, em cada ponto do processo de produção.
Para el diseñador independiente no es fácil saber cuánto cobrar por su hora de trabajo.
La tecnología permite desarrollar un nuevo modelo organizativo y de gestión para brindar servicios de diseño.
Con la irrupción de las distintas tecnologías algunas cosas se ganan y otras se pierden.
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