Orlando Di Pino

Cristina es el medio, el mensaje y el todo

Comunicación política: la credibilidad que solo tienen quienes manejan con precisión quirúrgica el inefable bisturí del discurso único.

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El Cristinismo nació el mismo día que murió Néstor Kirchner (Ex presidente argentino). Mas allá de la conmoción, del luto constante, de tanta tristeza real y tanto luto protocolar, era inevitable y mítico cumplir con el mandato natural: si algo muere algo nace. Cristina (esposa de Nestor Kirchner y actual presidenta argentina) diseñó un relato cuya génesis comienza cuando «Él» (Néstor) nos rescató del purgatorio:

  • el primer día nos enseñó a no dejar los «principios en la puerta de la Rosada (la casa de Gobierno)»,
  • el segundó articuló una clara división de públicos a beneficiar,
  • el tercer día creó una estrategia de enemigos seleccionados, que antes fueron compañeros de ruta, socios ó amigos y que ahora serán castigados, juzgados y detractados.
  • En el cuarto día nos indicó la necesidad urgente de regresar a nuestra raíz latinoamericana,
  • el quinto día nos dio una verdadera enseñanza ética al rescatar la lucha de la Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo,
  • en el sexto día nos enseñó a enfrentar a los monopolios mediáticos, sojeros y corporativos y recuperar —y no expropiar como dicen los enemigos— para los argentinos fondos que permitieron Planes para todos desde salud, carne, fútbol, plasmas y viviendas que permitieron agregar al posterior relato indicadores más que favorables. Pero después
  • en el séptimo día, en lugar de descansar «Él» se murió.

Hoy, aquellas medidas de gestión, más las encaradas por Cristina en los últimos años —en la misma línea de las primeras, pero mucho mejor comunicadas—, le permiten administrar el poder desde el discurso y ponernos en el camino correcto y único que conduce al Paraíso. El relato decide. Los hechos puestos en discurso adquieren otra magnitud.

Siempre en política se privilegiaba el discurso a la gestión —a diferencia del mundo empresarial, en el cual esa ecuación se invertía—. Hoy Cristina altera el orden de los productos, los transforma, seduce, juega, lidera y logra el resultado previsto.

En cada interpretación cuando ella menciona a algún colaborador, o a un interlocutor pasivo, contiene el sentido de una condecoración. Es muestra, en definitiva, de consideración. Casi de afecto.

Esta semana pudo percibirse con claridad en la histórica comida de los industriales, cuando le dijo a José Ignacio De Mendiguren —el astuto presidente de la UIA—, después de su amigable discurso: «Vasco, desconocía tu vena poética».

Es clave que los ministros, como los gobernadores, o todos aquellos que tienen el privilegio de escucharla en vivo, deben estar concentrados. Porque, en cualquier momento, la cámara los enfoca. Entonces, por las dudas, tienen que asentir siempre, como complemento compacto de las genialidades que emanan de los monólogos presidenciales.

Debemos reconocer que la campaña electoral del oficialismo es bastante barata. Cristina debe utilizar, ante las cámaras, el admirable arsenal de su verborragia. Con el pretexto de la gestión, que legitima la rutina de inaugurar, de celebrar, anunciar algún plan ligado al democrático: «… Para Todos».

Es la forma escogida para mantener el diálogo permanente con la sociedad. Sin necesitar la «siempre molesta intermediación» del periodismo, ni del acosado periodismo crítico, ni del devaluado periodismo oficial, que apenas sirve para ejecutar las operaciones contra los adversarios; que son, por lo general, empresarios del propio periodismo. La elección arbitraria de la prensa, como el enemigo principal, resulta eficaz para convertir en subalternos al resto de los ingenuos opositores. Una vencido ejercito de ninguneados que no saben, en este juego perverso, cómo pararse.

Jaime Durán Barba, el máximo estratega del macrismo (Mauricio Macri es el Jéfe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, líder de un partido opositor al Gobierno), supo anticipar, en vibrante síntesis, los atributos republicanos de Amado Boudou (Ministro de Economía y candidato a Vicepresidente de Cristina), el último de los apóstoles: «Cristina eligió un excelente compañero de fórmula. Es joven, buen mozo, toca la guitarra, canta, anda en moto». Juntos, Cristina y Amado asoman, en la coyuntura, como una fórmula electoralmente imbatible. Juntos, aparte, y sin que esté técnicamente planificado, estimulan la fantasía de la sensualidad compartida. Los ratones, los «rulos», que favorecen la instalación del misterio, del rumor que se extiende en el imaginario, fortalecen, además, la perversión social; en definitiva terminan por cautivar a muchos millones. como quienes no se pierden un segundo de la novela mexicana de la tarde.

Lo que justifica la desesperación de algunos angustiados opositores a la racionalidad del cristinismo, en una cena reciente en un ambiente selectivamente emblemático, un pensador, con abismal seriedad, haya sugerido: «la necesidad de encontrar algún famoso de la televisión, que se disponga a dar la batalla, rodearlo de buenos técnicos, armarle un equipo de gente capacitada».

Ahora Cristina se muestra más segura, hasta simpática, sigilosamente dramática cuando se quiebra, ostensiblemente altiva cuando le da consejos a la humanidad. Con deslizamientos frecuentes en la cursilería que resulta irritante para pocos, pero ella supo devolver, con compostura, la revalorización que la sociedad le otorgó.
El relato se construye, si se lo escucha cuidadosamente, con programada naturalidad. Hoy, es la conductora, la Reina, la oradora, la locutora oficial. Derrocha el caudal seductor de la simpatía sobreactuada. Con los datos positivos que suele emitir en sus estudiadas presentaciones, con las oraciones hábilmente interrumpidas, con pausas para facilitar los aplausos del auditorio pasivamente domado, domesticado y preparado para la escenografía del lucimiento.

Después del 14 de Agosto puesta ya en ganadora, Cristina enseña, ilustra, con altivez académica, brinda generosos consejos para todos. Nos ayuda a elevar los niveles de comprensión, los temas se vuelven gravitantes, tan sólo cuando ella los trata.

Ve más allá de la coyuntura, enorgullece, con su profundidad, al plantel de funcionarios que profesionalmente suelen emocionarse. Ellos no pueden exhibir fatiga. Escucharla forma parte del trabajo. «Es un cuadro impresionante» comentan en voz baja, fascinados por la efectiva locuacidad, tanto su gabinete como los ocasionales presentes, quienes no disimulan la alegría de ser conducidos por semejante joya.

Cristina diseña una Argentina idílica. Presenta el sueño argentino. Hoy, con su conducción, si «tiramos todos para el mismo lado», Argentina va a volver a ser, invariablemente, lo que fue. Aquella argentina que no conocieron más de la mitad de quienes hoy la habitan. De todos modos, las sobreactuaciones son indispensables para cautivar a los gobernados, a los que la aman, a los que la admiran y a la otra mitad que cada vez la odia menos.

La otra noche Cristina utilizó 45 minutos para lanzar triunfalmente el Plan Estratégico Agroalimentario, motivo por el cual debió demorarse la salida, hacia la cancha, de los jugadores de Chacarita, participantes involuntarios del Frente Futbolístico de la Victoria. Ese discurso de Cristina ha sido de antología, una pieza maestra del arte interpretativo. Un orgulloso y servil ministro Julián Domínguez, encargado de pasarle los papelitos. Cautivado la miraba Amado, el elegido; la mirada plena de admiración de Aníbal, el Premier que se está yendo y contrastaba el rostro visiblemente preocupado de Scioli, cruzado por el drama Candela.

Todos deben estar atentos y concentrados, en cualquier momento, Cristina puede condecorarlos con la mención. Como al Gobernador Kloss, el misionero, con quien suele hablar «de la yerba». O como a Capitanich. «¿No está por ahí el gobernador del Chaco?, ¿no está?, ¡ah!, faltó. Es que el Coqui tiene elecciones el domingo».

Cristina es el emisor, el medio y el mensaje. El relato es que si seguimos todos juntos «el mundo feliz» nos aguarda, el segundo testamento será cumplido.

Por si fuera poco, Cristina promete que se va a acabar la «subordinación cultural». Por si fuera poco, con Cristina se va a cuidar, estratégicamente, también la tierra, nadie de afuera podrá comprar lo que quiera. Cristina no solo nos quiere, también nos cuida. Tiene la certeza impune de saber que no tiene enfrente, nada que pueda preocuparla en exceso ó colocar, en situación de riesgo, lo más preciado: el poder.

La histórica capacidad de recuperación del Peronismo sumada a la impecable capacidad comunicativa del Cristinismo, convirtió en expedientes amarillentos en la memoria colectiva casos como Misiones, el Campo, Antonini Wilson, las Testimoniales, los Sueños Compartidos. Candela, la inseguridad y la inflación.

El Cristinismo crece a pesar de todo, se para por sobre todo y mira hacia adelante. Crecen los adeptos, se multiplican los fanáticos, dudan cada vez menos los nuevos conversos, mientras se fugan, por las dudas, las divisas.

Hoy Cristina carece de la contención que sólo Néstor podía proporcionarle. En su avanzada tarea de seducción, a Cristina se la puede ver saludablemente suelta. Despojada de algunos frenos inhibitorios. Hasta se identifica, incluso, como la hija del colectivero, en un acto en la Planta de Mercedes Benz, antes abrazó, besó y lloró con Maria, vecina de un barrio muy humilde —al cual llegaron las cloacas—, quien la miraba como a una aparecida y con la voz entrecortada le pidió un televisor nuevo.

Quien relaciona algo de esto con Evita 2.0 que se haga cargo. En la próxima semana, en plena campaña, y siempre con el pretexto de la gestión, Cristina traslada el colectivo de la seductora locuacidad hacia París. Es la ciudad que ofrece el maquillaje perfecto para interpretar las desventuras de la Europa críptica. Y luego se marcha hacia Nueva York a los efectos de exhibir, acaso ante el plenario de las Naciones Unidas, la pedantería académica de su recetario. Con la intención de transferirle, al planeta, la densidad de sus conceptos medulares, para bajarles línea, iluminarlos y cederle invalorables consejos a sus pares de otros países.

En París, Cristina va a acompañar otra consagración internacional de la señora Estela de Carlotto. A falta del Premio Nóbel de La Paz, se le pudo conseguir un premio consuelo, el del Fomento de Paz , otorgado por la UNESCO. El premio lleva el nombre de Felix Houphouet Boigny, un dictador que fue el africano ideal de los franceses. Gobernó Costa de Marfil con pulso —y sobre todo con palos— de hierro, durante 35 años, a través de un régimen escasamente democrático de partido único. No importa es un dato menor, un capricho de la historia, al regresar si alguien critica este detalle, se los atacará con un nuevo párrafo del inacabable relato perfecto. Lo que no se arregla con palabras y credibilidad no tiene arreglo. Y a Cristina le sobran palabras y hoy por hoy disfruta de la credibilidad que solo tienen quienes manejan con precisión quirúrgica el inefable bisturí del discurso único.

Author
Orlando Di Pino Buenos Aires

Published on 09/10/2011

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