El título de este artículo propone un juego de palabras que evoca el legendario tema musical Dancing in the street, originariamente editado en los años 70. El single, que se proponía ser un exitoso tema dance, no sólo fue precursor del movimiento disco, sino que además tomo otro significado cuando empezó a ser usado en las marchas del orgullo negro, al interior de los ghettos. Jóvenes manifestantes citaban la mencionada canción como un himno de los derechos civiles al cambio social, ya que la letra llama a tomar las calles a través de la música, sin importar «cómo te vistas mientras estés allí».

En el marco del trabajo final para un Seminario escribí unas palabras que me gustaría compartir. Abordan un nuevo fenómeno al que he denominado en forma preliminar «street-branding». ¿De qué se trata? De street-art convertido en un consumo y en una estrategia de comunicación que excede a la anarquía propia del método, en cuyos fines últimos podemos encontrar la creación de una experiencia, una personalidad, una estética y de la fijación de signos —todos elementos propios de la construcción de marcas.
Este nuevo movimiento gráfico de intervención urbana que podríamos encuadrar como «arte callejero», en Buenos Aires, nace de la mano de grupos vinculados a las escuelas de diseño gráfico y bellas artes (en particular estudiantes y docentes de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la UBA). Este hecho se convierte en una constante que no puede ser descartada en el análisis, ya que brinda un punto de partida diferencial con respecto a los orígenes de los «graffiteros» de los ’70 y los ’80.

Con un conocimiento acabado de las técnicas y mejores indicios para construir signos efectivos, la nueva generación de artistas urbanos ha logrado capitalizar esta forma de expresión como un arte pop y glamoroso. Las formas estilizadas, la cuidada elaboración y la sistemática repetición de los mensajes —aquí nos referimos tanto a las técnicas de stencil como a las de mural— han logrado convertir a estos actores en referentes para muchísimos jóvenes que consumen sus producciones tanto en la calle como en las muestras organizadas; tanto en remeras (como las de Burzaco Stencil) como en los videos de Cerati, Plastilina Mosh, Babasónicos, etc. que transmite MTV.
Un elemento más se suma entonces a la discusión: el perfil comercial. Aún los grupos que comenzaron sus actividades movilizados por un deseo personal de expresión anárquica han encontrado maneras de generar consumos alrededor de sus producciones —muchas veces para auto-financiar sus proyectos, pero también como disparador de verdaderas empresas de diseño— elevando el status del arte callejero al rango de actividad publicitaria-promocional.

En el marco de una revalorización del diseño y del papel del diseñador en la creación y desarrollo de las marcas, este movimiento no parece casual. Quizás los diseñadores estén tomando conciencia de la real importancia que cobra su oficio y su vocación por comunicar en forma bella; por lo que han decidido resignificar su rol en la cadena de la producción de consumos y dar un paso al frente, demostrando el dominio que tienen de los códigos urbanos y su capacidad de marcar.
Si antaño los graffiteros hacían guerrilla a los poderes políticos y económicos desde la calle y con escasos recursos, los artistas urbanos de hoy en día parecen demostrar que estos poderes finalmente todo lo absorben, ya que su lógica comercial ha logrado implantarse en el territorio más rebelde y contestatario de las ciudades.

En la era digital, el seguimiento de estas prácticas puede realizarse online. Registrado por los propios autores y muchas veces por terceros, el «street-branding» ha capturado la atención de un público joven que busca formas de representación cada vez más exclusivas.1
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Publicado el 03/12/2007

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