Es curioso el interés que suele suscitar el tema. A pesar de la aparente seguridad de quienes dictaminan que es un tópico pasado, no deja de volver, como todo lo reprimido; y a pesar del sospechoso interés de algunos enterradores no deja de parecer insepultable. Su centralidad parece deberse a que en el fondo se toca una cuestión de identidad, en un momento en que el diseño corre el peligro de que cierta situación hegemónica lo integre y asimile, antes aún de poder alcanzar una madurez capaz de elegir entre la sumisión, la rebeldía o la simple autonomía.
Soy consciente de que el tema merecería un tratamiento más sistemático y de que no diré nada nuevo, pero el diálogo también se basa en matices, y espero aportar alguno.
Pretendo centrarme sólo en tres aspectos: templar cierto carácter esencialista, inventariar algunos distingos a términos empleados a veces de manera un tanto frontal o monolítica, y sobre todo interrogar sobre la razón del debate mismo. De momento señalaré objeciones y contradicciones causantes de aparentes desacuerdos, dejando los posibles puntos de vista constructivos tal vez para otra ocasión.
En la búsqueda de la identidad aludida parece detectarse con frecuencia cierta tendencia de tipo esencialista: de-finir, marcar los límites del diseño o del arte, sea mediante la enumeración de notas propias sea en comparación con diversos campos o disciplinas, cuando no recurriendo a la filología o incluso al diccionario. Aunque no se pueda prescindir de estos apoyos, eso puede llevar a acepciones estáticas y a veces dogmáticas, con poca flexibilidad ante los cambios y poca capacidad de asimilación de sucesos nuevos. También puede acarrear al debate la acusación de tema sobrepasado o demodé (sobre todo si se toma la moda como modelo de juicio), ya que estamos en una situación postmoderna, en cierto modo totalizadora, que parece haber desplazado la búsqueda de verdades hacia la de certezas. Pienso que las alternativas de tipo histórico-social son las más útiles en el momento presente. El análisis histórico («¡Historicemos!»)1 , no la mera descripción, y el diálogo crítico sobre los hechos presentes pueden aportar cierta dosis compensatoria y de serenidad, intentando detectar causas y líneas de fuga más que esencias, sin que se tenga que derivar hacia el relativismo (índice de pereza intelectual), sino hacia un más productivo «relacionismo» a lo Manheim2. Pienso que si algo se pudiera aprender del arte actual sería quizás que la propia identidad y su representación habrían de ser vistas más bien como un lugar desde el que mirar, de carácter político, y no como algo ya dado.
Para no caer en los wittgensteinianos malentendidos de lenguaje3, convendría considerar, desde un plano fenomenológico, la diversificación de los conceptos relativos al arte y al diseño.
La segunda—la más parecida a la versión actual— no se referiría a un nuevo decorativismo de mayor nivel o más creativo (en lo que finalmente terminó), sino que requería al arte como portador de una visión totalizadora de la vida, a semejanza de la filosofía o de la política. No se trataba de un revisionismo de las formas sino de un cambio de las tipologías de los objetos, dominantemente burgueses, lo que implicaba una nueva cultura a través de una nueva cultura material. La versión actual parece débil («liquida», diría Bauman10), publicitaria y mixtificadora. Frente a la vanguardista pretensión de sustituir los estilos por la técnica, hoy se pretende atender a «estilos de vida«, término acuñado y explotado desde las técnicas de marketing.
A pesar de la anterior inmersión en distinciones del tema arte-diseño, creo más importante situar el debate en un panorama más amplio. Se trata de un abordamiento pragmático: qué «hace» en el panorama del diseño la defensa del diseño como arte. ¿Qué interés tiene la distinción o asimilación? ¿Qué consecuencias? ¿Qué interés tiene incluso para quienes dicen que el tema no tiene interés? O —en el mejor estilo de telefilme norteamericano— ¿cuál es el móvil? Como problema de identidad se puede pensar que el diseño está aún (¿o ha regresado?) en una fase de espejo en la que se mira en el arte, en lugar de afrontar valores autónomos, simbólicos y convencionales en la interlocución social. Más aún: quizás haya, desde instancias exteriores a él mismo, un interés por situar el diseño en la dirección del arte, y la eventual aceptación o connivencia por parte del diseño no sería un acto crítico sino simple reflejo de una situación social. Por eso puede ser interpretable como un caso de patente ideología: una naturalización de intereses entendidos como comunes a través de la imposición de un estándar cognitivo hegemónico de ascendiente gramsciano11. Y puede que, finalmente, nos encontremos ante un caso típico de planteamiento mítico: una solución sublimada que liquida en superficie contradicciones no resueltas en su propio terreno. Mediante la discusión de la superficie estilística se hurta la discusión sobre lo que atañe a lo inamovible del sistema organizativo-productivo.
¿Tiene algo que ver con todo esto la discusión en torno al tema arte-diseño? Entonces pienso que la discusión no es banal.
Publicado el 10/09/2007

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