En el año 2008 se cumple el 60 aniversario de unos hechos que cambiaron radicalmente el mundo. ¿Cómo destacar la importancia de este aniversario? Si me preguntan cuándo empezó el siglo XXI, diré sin dudarlo: ¡en 1948!
Por lo que este aniversario significa para nosotros, comunicadores, el siglo XXI se empezó a gestar a finales de los años 30. En la efervescencia transdisciplinar que había reunido a matemáticos, filósofos, biólogos, fisiólogos, sociólogos, lingüistas e ingenieros alrededor del filósofo y matemático Norbert Wiener. Al mismo tiempo, Claude Shannon intuía su teoría matemática de la Información, y Alan Turing, matemático, precursor y pionero de la inteligencia artificial, concebía, en 1935, la máquina computadora moderna.
Una década después de esos inicios científicos dispersos, los resultados habrían de coincidir. En efecto, en 1948 irrumpía un acontecimiento intelectual al que todos quienes nos enfrentamos a la transferencia de mensajes tenemos que referirnos desde entonces. Nacía la Ciencia de las Comunicaciones o de la Información.
En aquel momento —mediados del siglo pasado— el declive de la era industrial arrastraba consigo el sistema de la economía de producción hacia la nueva economía de la información, que iniciaba su ascenso imparable. El paradigma de la economía industrial, cuya base era la transformación de la materia por la energía, había caducado definitivamente.
Una voz nueva irrumpía. Era la de Norbert Wiener que nos advertía: «La información es información, no es materia ni energía». Desde entonces supimos que los humanos intercambiamos materia, energía e información. ¿Qué había sucedido? ¡1948!
Cuatro acontecimientos en los campos social, científico y tecnológico vinieron ese año a cambiar el mundo:
«Hace cuatro años, el grupo de científicos reunidos alrededor del Dr. Rosenblueth y yo habíamos llegado a reconocer la unidad esencial de la comunicación, el control y la mecánica estadística, bien en la máquina, bien en el tejido viviente... Decidimos denominar a toda la materia referente al control y teoría de la comunicación, ya sea en la máquina o en el animal, con el nombre de Cibernética».1
El concepto de comunicación ligado a las ciencias humanas, renace, en la génesis de los conceptos recientes, a partir del término más preciso y, al mismo tiempo más técnico, de «información», índice numérico que caracteriza una actividad nueva en sí misma: la intensidad de intercambio entre los seres humanos, la complejidad del colectivo constituido por una sociedad global repartida en el espacio y en el tiempo.
Las innumerables confusiones que ha comportado el uso y el abuso del término «comunicación» proviene de la falta de una doctrina rigurosa, de una suerte de «vacío epistemológico» en el inventario que una nueva tecnología requiere, situación en que el amigo Abraham Moles se esforzó en reparar en 1992. La comunicación nace con la fusión de tres doctrinas fundamentales:
Pero detengámonos en lo que quiere ser el mensaje de estas reflexiones y la lección que hemos de extraer de ellas. La clave está en esas dos palabras-fuerza que ahora poseen nuevos significados y sintetizan el sentido de la Revolución de 1948. Estas palabras son «Comunicación» e «Información». Ambas no se pueden separar en el mismo acto de comunicar e informar, porque una contiene la otra.

Comunicación, comunicar, del latín communicatio, communico, provienen de commune, que significa «bien común» o «bien público», y a su vez quiere decir «participación»; «compartir», «poner en común». El acto comunicativo implica relación entre un emisor y un receptor humanos. Ambos intercambian alternativamente sus roles a partir de lo que tienen «en común»: un lenguaje, una cultura, un entorno. La equidad de esta relación se encuentra en la naturaleza misma de los comunicantes humanos como seres sociales. Y como iguales, según lo recuerda la citada Declaración Universal de los Derechos Humanos.
La acción comunicativa es intercambio. Con independencia de cuál sea el carácter, la dimensión, la veracidad y el valor de lo que se intercambia. El instrumento comunicativo es neutro, y la calidad de lo que se comunica depende sustancialmente de la intencionalidad de los comunicantes.
Y en este punto precisamente interviene la noción de Información en el sentido de la teoría matemática de Shannon: H en bits.
Información, informar, en la etimología latina, tienen la raíz in que significa «dentro», y formatio e informo, que quieren decir «formación», «formar», «modelar». He aquí lo que significa informar. ¿Cuáles son sus efectos?: in-formar es intrínsecamente «formar o modelar dentro» del cerebro de otro u otros, datos, mensajes, conocimientos, convicciones.
La información es lo que circula en el acto de comunicación por los canales humanos y técnicos. En tanto que ellos son instrumentos de socialización, son neutros. Y por eso mismo pueden ser instrumentalizados. Lo que determina su uso es, pues, la intencionalidad de quien elabora y transmite esa información; es decir, de quien introduce en la mente de otros una forma (¿de pensar?, ¿de actuar?).
Pero la Información posee una condición específica. Es irreversible. Lo que ha sido modelado en nuestro cerebro ya no puede ser anulado. O sea, que cuando hemos informados de algo a alguien ya no le podemos des-informar, igual como los huevos revueltos no se pueden des-revolver.
Todo ese conjunto de propiedades «nuevas», que son intrínsecas al hecho de comunicar e informar tal como aquí hemos precisado, configuran un esquema paradigmático al cual nos hemos de referir. Un cuadro de valores que son propiamente «éticos». La Ciencia de las Comunicaciones o de la Información, una rama de las ciencias sociales nacidas con los Derechos humanos, nos viene a recordar, ahora que se cumplen 60 años de su nacimiento, el aspecto profundamente ético al que todos cuántos comunicamos información no podemos renunciar.
Publicado el 29/12/2008

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